¿Dónde está? ¿Por qué me rehúye?, pregunté al Cierzo que todo
lo abarca, desde el Pirineo hasta los cuatro valles dibujados por la Madre Naturaleza.
¿Dónde la encontraré?, insistí con la urgencia de satisfacer mi ignorancia. Son soplos de gigante, soplidos que mueven
los molinos eléctricos, son caminantes perdidos entre las nubes, me respondió. Mas
yo no lo entendí.
¡Mira más allá, contempla el arco iris surgido en el
horizonte, lánzate a volar sin miedo y déjate llevar por el Moncayo! Rugió. ¿Te
lo imaginas? me dije a mí mismo reconfortado. Y entonces sí, entonces caí en la
cuenta de que ella, mi amada, no ha huido, tan solo se esconde. Porque el
viento la cubre con un manto enigmático y pasajero… hasta la próxima estación. Hasta
que resurja el sonido del viento.
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