Paperblog

lunes, 22 de junio de 2020

El mejor piloto del mundo


Andaba yo un poco distraído ese día. La noche antes había completado al fin la temporada última de Juego de Tronos y en consecuencia la fatiga se había instalado dentro de mi cuerpo. Por si fuera poco, mi compañero de curro me había pedido cambiarle el turno por no recuerdo qué motivo: una boda o un bautizo, qué más da. Así las cosas, una jornada más tomé posesión del Toyota Prius, el vehículo que se había convertido en mi vivienda habitual —me dan ganas de hacerlo constar en la próxima declaración de la renta—, dispuesto a quemar ruedas y sumar carreras por la capital. Me aguardaban al menos ocho horas, con alguna que otra escapadita para estirar las piernas, orinar, echar un pitillo y cumplir con la ordenanza laboral, que no están los tiempos para infracciones con derecho a multa.
Mientras aparecía el primer cliente —en la fila de la estación de autobuses— me puse a pensar en cuál sería el mejor piloto de carreras de la historia. Una idea como otra cualquiera porque de un tiempo a esta parte, desde que me dejó Sonia hace ya tres meses, me había dado por recuperar la afición juvenil por la Fórmula 1 que me llevó  a ser, pienso, un buen conductor. ¡Ay, aquellas interminables sesiones de F1 con la Play Station! Dudaba en mis elucubraciones entre los desdichados Ayrton Senna y Michael Schumacher cuando entró el primer pasajero.
—Buenas tardes, señora ¿adónde vamos? —le pregunté con exquisitos modales tirando de protocolo.
—Al infierno —respondió concisa —que me apetece conocer al diablo.
—Por dónde quiere que vayamos —le seguí la corriente—, ¿me indica usted el camino?
—Coja la ruta más larga, que no tengo prisa ni dinero.
Aquello me puso en guardia y retorcí el gesto. La mujer vestía blusa y pantalón a juego, le resaltaban unos colgantes en forma de estrella y el cabello, teñido, parecía de peluquería reciente. Es decir, no daba la impresión de ser pobre. Por el retrovisor le lancé una mirada de contrariedad que enseguida percibió al cruzarse con la suya.
—Señora, lo lamento, pero si no abona el trayecto, deberá apearse. Puede pagar con tarjeta si lo desea.
—En mi vida he utilizado tarjetas, muchacho —contestó malhumorada.
Durante los minutos siguientes entablamos una discusión con intercambio de frases que fueron subiendo de tono por culpa de la cerrazón de la mujer. A todo esto, la fila de compañeros se había alargado y comenzó una sinfonía de claxon que no ayudaba a calmarnos a ninguno de los dos.
—¡Por Dios, señora, salga del taxi! —le rogué desesperado.
—No me hable de Dios, mendrugo —exclamó fuera de sí.
Por fortuna, la presencia de una convincente policía municipal resolvió el asunto y la mujer que quería irse al infierno marchó —espero que allí—, no sin antes golpear con saña la luna trasera del taxi. Empezaba bien el día. Con bronca, sin moverme del sitio y tratando de dirimir entre Senna y Schumacher, a los que sumé a Niki Lauda. También había oído hablar de un tal Fangio, pero me quedaba lejos, así que tendría que documentarme. Enseguida aparecieron los siguientes pasajeros: una pareja de edad mediana. Repetí el saludo nada más acomodarse la mujer.
—Por favor, a Valladolid —dijo con voz afligida. El hombre se situó enseguida a su lado.
—¿A la Avenida de Valladolid? —pretendí aclarar antes de arrancar el motor.
—No, no, a Valladolid, a la ciudad de Valladolid —replicaron casi a la vez.
No pude por menos que extrañarme.
—Entendido. Por mí no hay problema, señores, pero sepan que ir a Valladolid les va a costar un buen dinero. ¿No han pensado en el tren o en el autocar de línea?
—No hay tiempo. Cueste lo que cueste. Y dese prisa, por favor.
—Perfecto, pues vámonos.
Esa carrera me salvaba la recaudación del día y me ocuparía unas cuatro horas, entre ir y volver, así que lo di por bien empleado. Puse buena cara y partimos con rumbo a las afueras. No habíamos salido de Madrid por la A-6 cuando oí gemidos atrás. Los dos lloraban.
—Perdonen, ¿puedo ayudarles? —me atreví a abrir la boca.
—Lo siento, no queríamos llamar la atención —respondió el hombre, algo más sereno— Vamos de entierro.   
Entonces comprendí las circunstancias y, sin más, me centré en la conducción mientras aquellas dos personas vestidas de negro riguroso mantenían el gesto compungido. En medio del silencio sólo acompañado por algún suspiro que otro, la curiosidad creció en mí hasta el punto de que opté por insistir.
—Les acompaño en el sentimiento. Algún familiar, imagino. ¿Son ustedes de Valladolid?
Fue como si no lo hubieran escuchado pues ninguno lo aclaró. “Maldito kamikaze”, me pareció oírles decir.
—Antes del cementerio pararemos en otro sitio. Ya le avisaremos.
Centrado en la conducción, lo siguiente que recuerdo es una luz cegadora y como si se produjera un salto en el tiempo. Mis manos sujetaban un volante distinto, más pequeño y con botones de varios colores. Me sentía encajonado, pero a gusto. Me percaté de que llevaba puesto un casco, guantes recortados y un mono rojo repleto de pegatinas. Una tras otra, fui metiendo marchas hasta perder la cuenta: quinta, sexta y séptima. Aquel bólido volaba por el asfalto. Durante un instante observé en el cuentakilómetros una cifra: 325 km/h. Y aún podía ir a más. El paisaje desfilaba ante mí de manera desenfrenada. Me sentía un privilegiado a los mandos del coche más veloz del circuito, adelantando a todos los rivales. Estaba en carrera, rumbo a una meta imaginaria. Y me aguardaba la gloria.
No sé cuánto tiempo después, reconocí el Pisuerga a lo lejos —he estado varias veces en Valladolid— y aminoré la velocidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Llegar hasta la ciudad castellana a toda pastilla resultaba una temeridad, pero podía más la idea de proseguir. Pasé de largo desde la Autovía de Castilla hasta la VA-20 y me detuve sin saber el lugar concreto. Salí del coche ligeramente aturdido, miré a mi alrededor mientras recuperaba el aliento, pero encantado de haber tenido en mis manos un Ferrari. ¡Qué pasada! me dije.
El cementerio del Carmen, el destino de mis pasajeros, quedaba a unos metros. De ellos, la pareja de atrás, no había ni rastro. Deduje que habrían entrado con suficiente antelación al entierro. Ni siquiera reparé en si abonaron el trayecto. Aún perplejo, me invadió una sensación rara, una mezcla de orgullo y arrepentimiento.
Mientras asimilaba lo ocurrido —me aguardaba el regreso a Madrid—volvieron las dudas: ¿Senna, Schumacher, Lauda…?
* Finalista en el 5º Concurso de Relatos Cortos Deportivos 

viernes, 5 de junio de 2020

Comerciales


No paran de preguntar por mí los comerciales que ofrecen contratos de luz y gas con tarifas de ganga. Mi mujer, todo un ejemplo de educación y paciencia, no sabe cómo quitárselos de encima. Yo le hago gestos pidiéndole que sea más dura, pero ella no se da cuenta. Les pone mil excusas que no les convencen de que desistan. Llaman todos los días, a cualquier hora, siempre con la misma cantinela. Hoy, por fin, he descolgado el teléfono y me he desahogado a gusto. Al acabar, he oído la voz serena de mi suegra: “¿Se puede poner mi hija?”.
  
* Microrrelato presentado al concurso Relatos en Cadena (REC) con la frase de inicio 'No paran de preguntar por mí'