Al mirarme
al espejo, con los ojos bien abiertos, descubro mi cuerpo y compruebo que ya no
soy joven. Que el paso del tiempo ha alterado poco a poco un físico que te
cautivó años atrás. Ni siquiera sé el porqué de esta reflexión. Me hiciste
feliz, fuimos felices, nuestros corazones se enredaron durante los
incontenibles momentos de pasión que compartimos. Ya no tengo la piel tersa, ni
las manos de terciopelo, ni los muslos ardientes. Soy una mujer madura, sin
ataduras, que te escribe esta carta con el propósito de recuperar la verdad,
aunque quizá sólo sea mi verdad.
¿Recuerdas
cómo nos conocimos? Yo lo hago cada día, cada mañana, nada más salir el sol.
También lo sueño a menudo y recreo aquellas escenas primerizas. Ese encuentro
casual, en la tienda donde yo trabajaba. Sabes, aún está abierta, sobreviviendo
a la crisis. Pero ya no acuden hombres como tú. Me pareciste atractivo,
inteligente y hablador, pero sobre todo presuntuoso y altivo. Suficiente para
no caer rendida allí misma en tus brazos. Supiste conquistarme con tus mejores
armas. Fue una gran interpretación que mereció el premio de mi amor. Surgió la
pasión entre dos personas mayores y eso nos llevó a ser amantes, a prodigarnos
en encuentros furtivos, donde el riesgo de ser vistos no impedía consumar
nuestro deseo más encendido y carnal. Jugar con fuego era una bendita aventura.
Cómo no
pensar en aquella tarde de otoño en la habitación del hostal. Sin preámbulos,
desatados, esclavos de la pasión. Tú y yo. Noté tu respiración, excitada y
profunda, que avanzaba por el cuello, produciéndome un leve y continuo cosquilleo. No cesaba de estremecerme. El reloj se detuvo por unos segundos, los suficientes para controlar el impulso de la ansiedad. Suspiré discretamente y me entregué al deseo. Hubo escalofríos, gemidos, roce… Mis entrañas se
abrieron y permitieron que liberaras tus instintos más primarios. Encubiertos
en la sombra, oí palpitar con fuerza tu corazón y reparé en el temblor
repentino que me invadía apenas unos minutos antes. Me susurraste algo al oído,
pero lo omití. Temía que se rompiera el hechizo y avanzara la luz del día.
Entonces te abracé, como si en verdad fuera una esposa fiel. Así, absorta,
intenté que no se perpetuara el extravío.
“¿Volveré a
verte?”, me dijiste, y más que una pregunta fue una despedida. Ahí advertí que
el cielo se me escapaba, tan esquivo como la frágil memoria de un anciano. Al
verte partir, resurgieron en mi cerebro las imágenes del comienzo de aquella
relación, cuando unos ojos de fuego, intensos y penetrantes, cautivaron mis
sentidos y dieron paso a una historia arrebatadora, ahora derruida. Permanecí
impasible ante la ventana y lloré.
No hubo más
instantes sublimes. No hubo más noches de pasión. Hubo, sí, distancia,
silencios, remordimiento, qué sé yo. Nos dimos mucho a cambio de todo, fuimos
cómplices de un romance con fecha de caducidad, improrrogable. Hasta que llegó
el vacío. Ojalá hubiéramos podido cambiar el destino, ser fieles al idilio
durante más tiempo, un amor sin fronteras. Sé que viviré el resto de mis días
aferrada a tu rostro, del que sólo la demencia me apartará definitivamente. Por
eso, antes de que suceda, en el epílogo de esta carta quiero proclamarlo:
‘Gracias, mi amor’.
