—Señorita —le
digo para llamar su atención desde el fondo de la sala, pero ella se hace la
remolona, como si estuviera ausente desde hace varios siglos.
Detrás del
ejemplar del libro, que desde mi posición alejada no alcanzo a ver el título,
se encuentra ella, esa dama misteriosa. Oculta tras una avalancha de palabras y
páginas. A cubierto. Oculta para esquivar las miradas vacías, tan desconocidas
como el primer día, que le distraen del mundo, de su mundo, que le hieren si
osan penetrar en sus sentimientos. Durante unos instantes, finjo reconocerla,
pero sé que puede ser un sueño o una irresponsabilidad. O ambas cosas a la vez,
Observo sus pies bajo el pupitre, dos bastones recubiertos de nudos, y no puedo
imaginar un vergel que no haya conocido sus pisadas. Pies acostumbrados al
trasiego, a las intrigas, a confundirse con la clase social que se alimenta de
la carroña ¡Tiene que ser ella! Lo digo
para mis adentros, enmarañado por la duda que corroe al hombre inseguro.
—Señorita —insisto
con voz más nítida, mientras me aproximo sin dejar de mirar sus manos
depositadas sobre las tapas del libro, aferradas a él como si de un tesoro juvenil
se tratara. Se asoma por encima de unas lentes antiguas. Me traspasa con sus
ojos verdes, limpios, sinceros, sin decir nada. Y los regresa a la lectura. Su
determinación frena mi impulso, me detiene en mitad del camino, no soy el mismo
de hace unos segundos. Vuelvo a cubrirme de sombras que me hacen dudar. Llevo
un buen rato intentando reconocer un rasgo que la identifique, una seña.
Necesito un respiro, una reflexión. Parado en medio del pasillo, siento a los
presentes como hojas de navaja afiladas. Docenas de pensamientos dirigidos
hacia mí, que sólo soy un humilde bibliotecario recién llegado.
—Por favor, les
recuerdo que cerraremos en media hora —pronuncio al auditorio como para salir
del apuro. Una frase que me ayuda a alejar el fantasma del ridículo. Me acerco
al ventanal que acoge los últimos rayos de sol del día. Ante mí se despereza la
noche, venciendo la resistencia del astro rey. Las calles están repletas de
transeúntes, hormiguitas que van de un sitio a otro con aparente determinación.
Adivino sobre el horizonte la silueta de un ciprés alargado, tremendamente
alargado, que ahora no es más que una figura ennegrecida. ¿Por qué me obsesiona
tanto esa mujer? Me hago la misma pregunta cada mañana, al abrir la sala, a
sabiendas de que ella aparecerá al cabo de unos minutos, siempre la primera, y
ocupará el sitio de costumbre. Y se levantará para revisar las estanterías. Y
cogerá un ejemplar para leer allí, en el sitio de siempre. Y permanecerá horas
y horas inmersa en la lectura, abstraída para que nadie la perturbe.
—
¿Tienen el libro ‘La viuda
valenciana’? —me sorprende el día clave.
—
Ahora se lo busco, señorita
—acierto a responder balbuceando.
Voy a la zona
del Siglo de Oro y me coloco ante Lope de Vega, el autor solicitado. Veo Fuenteovejuna,
El Caballero de Olmedo, El castigo sin venganza, La dama boba, Novelas a Marcia
Leonarda. Ahí está: La viuda valenciana. Lo tengo. Se lo entrego y
me fijo durante unos segundos en su rostro, que trato de descifrar. Mas no lo
consigo. Tiene la mirada de la persona que protege entre desvelos sus amoríos. La
obsesión me invade, como el monstruo que penetra en la mente de un
esquizofrénico. Nunca me perdonaría no resolver el enigma.
“Tenía los ojos verdes, cejas y pestañas
negras, y en cantidad, cabellos rizos y copiosos, boca que pone en cuidado los
que la miran cuando ríe, manos blancas, gentileza de cuerpo, el don de la
poesía, la voz divina, la pureza del hablar cortesano, toda la gracia de la
danza y, por marido, un fiero Herodes”.
¿Y si fuera
ella? ¿De verdad su vida está incrustada en los libros? ¿Cuánto tiempo le queda sin percatarse de la
ceguera? ¿Es consciente de que morirá joven y loca? ¿Loca de amor? Son preguntas
que me abrasan.
—No se
inquiete, Doña Marta de Nevares, desde hoy todo irá mejor —le digo con el ánimo
encogido— Don Félix la ama hasta la locura.
“Y es la locura de mi amor tan fuerte, que
pienso que lloró también la muerte”.