Querido Manuel:
Acabo de terminar el inventario —me ha costado varias
semanas, no te creas—, donde he recopilado los bienes comunes de nuestra vida.
Me ha quedado una lista preciosa, creo yo, una opinión con la que estarás de
acuerdo porque está hecha bajo el prisma de la sinceridad más absoluta. La idea
se me ocurrió hace ya tiempo, ordenando la casa, pero los quehaceres diarios
—el trabajo en la tienda que me agota, más las labores domésticas— fueron
postergando el momento de comenzarlo. Yo quería, pero nunca hallaba la hora de
arrancar. Ya sabes que soy un poco dubitativa. Sinceramente, me daba bastante
apuro, pero por fin me decidí. Y cuando al fin me decido, lo cumplo, eso
también lo sabes perfectamente, ¿verdad Manuel?
Me pareció que no había mejor ocasión ni motivo que la
llegada del 40º aniversario, cuarenta años casados, se dice pronto, una
celebración muy especial para ambos. Así que me puse manos a la obra, repasé
cada rincón del alma, anoté su significado, fecha a fecha, palmo a palmo, y
poco a poco fue creciendo esta carta.
¿Qué es lo que mejor une a dos personas? ¿Un beso? Por
supuesto, o mejor aún, un puñado de besos. Eso es lo que veo en cada palabra,
en cada frase, en cada expresión. Veo un montón de besos. Tantos que hasta
llegué a temer quedarme sin espacio en el papel. Son besos que representan la
entrega de uno al otro. Como estarás impaciente, aquí está el recuento de lo
que compartimos y lo que me cautivó de ti para construir un romance
imperecedero:
— La mirada perturbadora que me lanzaste en el momento de
conocernos.
— El olor a jabón que desprendían tus manos y que
traspasaste a las mías.
— La soltura de tus movimientos, como si hubieras estudiado
en una escuela de teatro la manera de comportarte cuando estábamos juntos.
— El leve roce de tus labios antes del primer beso, que
invitaban a adentrarnos en un mundo de fantasía.
— Los detalles sorpresa con que llenaste cada uno de los
días de nuestro noviazgo.
— La cena en la que me pediste matrimonio, justo a los
postres, seguida de un brindis con cava.
— Las lágrimas derramadas aquella misma noche,
incontenibles por la emoción que me procuraba una solicitud tan especial.
— Las gotas de lluvia que empapaban nuestros corazones para
anunciarnos la llegada inminente de la primavera.
— Los bombones que aparecían por San Valentín en el lugar
de trabajo.
— Los ramos de rosas rojas anónimas con las que me
enamorabas de nuevo en cada cumpleaños.
— Las promesas viajeras que siempre se cumplieron, gracias
a las cuales recorrimos Europa entera.
— El sabor a chocolate con churros de las mañanas de
domingo.
— Las dedicatorias románticas a pie de página de las
docenas de libros que me regalaste.
— La alegría desbordada por el nacimiento del primer y
único hijo.
— El orgullo de unos padres que han visto crecer a la
persona que más nos quiere en el mundo.
— Las arrugas que asomaron a nuestros rostros a fuerza de
consumir años de felicidad.
— Los recuerdos imposibles que te alejaron sin remedio.
— Los silencios cada vez más prolongados que surgieron con
tu enfermedad.
Mejor lo dejo aquí, Manuel. Me supera la emoción y no
quiero emborronar las páginas con mis lágrimas. Lástima que aunque leas esta
carta, no llegues a comprenderla por culpa de la maldita memoria que te
abandonó.
Te sigue amando.
Tu esposa, Isabel.
* 2º Premio del II Concurso Nacional de Cartas de Amor de Mengíbar
