Llegas temprano porque te pueden las prisas. Te consumen los nervios, incontrolables pese al transcurso de los años. Y te sientes mal. ¿Acaso es la primera vez? Siempre es como la primera vez, te respondes tú mismo, de ahí surge la inquietud. Has dormido poco o nada. Con este calor es imposible enlazar un par de sueños. Y eso que diste varias cabezadas en el sofá después de la cena. Sonríes por debajo de la mascarilla al recordarlo, consciente además de que nadie a tu alrededor sabrá que no te has afeitado, como si eso fuera importante. Los presentes parecéis personajes sacados de una novela de espionaje, un conjunto de ojos que miran de un lado para otro.
Como has llegado pronto, te
da tiempo a serenarte —esta vez no se te escapa— y a echar a volar la
imaginación. Y entonces piensas en la playa, o mejor aún, en el barco que te
llevará a la isla donde aguarda la mejor playa del país. Sin agobios, sin
extranjeros, sin riesgo. ¿Sin riesgo? ¡Bueno! Ves revolotear a las gaviotas a
su alrededor como si se tratara de tu escolta personal. Escuchas la sirena del
barco y te suena a música celestial. Te sientes flotar sobre un mar de espuma
blanca que huele a salitre. ¡Qué ganas de vacaciones!
Regresas al presente cuando
ves acercarse una luz que te resulta familiar y con el sonido incorporado, cada
vez más agudo según se aproxima. Leíste alguna vez, no sabes dónde, que en ese
momento el viajero siente una especie de hormigueo que le recorre el cuerpo de
abajo a arriba y se mantiene hasta acceder al transporte. Entras y por un acto
reflejo te contemplas en el cristal de la puerta. Son apenas unas décimas de
segundo que te sirven para revisar tu aspecto. Todo en orden, te dices. Y
prosigues en busca de asiento, como el resto de acompañantes. “Esto en mi
descapotable no pasaría”, comentas por lo bajo tirando de ironía. Encuentras tu
sitio y aguardas a que aquello se ponga en marcha. Tarda unos minutos que se
hacen eternos, pero te sirven para pensar en positivo. Otro sueño.
Estás arriba y el corazón
te arde. Te recuestas sobre el manillar y estiras los dedos enguantados y medio dormidos. Desde
allí divisas un paisaje verde que cubre todo el valle. Te ha costado alcanzar
la cima —el puerto se las trae— pero ha valido la pena. Te ves en forma, como
el chaval, exageras, que se atreve con todo sin reparar en los peligros. “Ha
sido buena idea esta escapada en bici”. Felicitas a tu cerebro, que te ha
ayudado a coronar el alto, aunque te queda afrontar la vuelta, el descenso. Y
amenaza lluvia, ojo, y entonces el firme se pondrá resbaladizo. Le dices al
cerebro que adelante, que no hay tiempo que perder. Y comienzas a bajar con más
miedo que vergüenza.
El ruido de las puertas al
cerrarse te saca del atolladero —deberás inventarte un final más adelante— y
todo indica que arranca la aventura. Sí, tu aventura diaria del viaje en metro.
Miras el reloj. Son las seis y media de la mañana.
#historiasdeviajes