Para armarse de valor,
para afrontar el cara a cara, se ha grabado en la cabeza la misma frase.
“De
hoy no pasa, tengo que decírselo”, se repite Mª Antonia a sí misma una y otra
vez. Solo eso, que parece poco,
representa un muro infranqueable. Porque lleva semanas inflamándosele el
corazón y desistiendo en el último instante.
Mª Antonia es mi hija y
todo el mundo le llama Toñi. En breve alcanzará los 40 y la gente la sigue
llamando Toñi. Sabe que probablemente será así hasta que se muera, aunque yo no
lo veré. Toñi es una mujer excepcional —qué va a decir un padre, aunque en este
caso sea verdad— con un puñado de sueños en la cabeza, sueños que sigue
alimentando porque no los ha cumplido. Sueña, por ejemplo, con un viaje a
Egipto —lleva ahorrando toda la vida para ello— acompañada por alguien cercano.
“Papá, tú te vienes conmigo”, me insiste. También le hubiera gustado tener una
casa propia, pero desde que nos dejó Virtudes, creo que ha desistido de ello. ¡La
echamos tanto de menos! Sé que adora a este viejo viudo achacoso y sospecho que por
mí ha decidido quedarse soltera, aunque no lo diga.
Y así transcurre nuestro
tiempo, con la ilusión intacta por un futuro mejor, cercenado por la cruda
realidad. “Tienes que salir más, divertirte. Por mí no te preocupes, sé
cuidarme solo. Y olvídate del trabajo de vez en cuando, por Dios”, le aconsejo cada
mañana. Pero Toñi no contesta porque no quiere remover el tema tan temprano. “No
sé si vendré a cenar, papá, no me esperes levantado”, zanja. Me da dos besos,
agarra el bolso y se marcha con el semblante serio, preocupada, se lo noto.
“De hoy no pasa, tengo
que decírselo”, se convence una y otra vez. Toñi entra a las ocho de la mañana
y nunca sabe a qué hora saldrá. “Toñi, cariño, ¿te importa quedarte un rato más
para cerrar el balance?”. Palabras que suenan a orden más que a favor. Y Toñi
que calla y se queda hasta cerrar el dichoso balance mensual de la empresa,
mientras mastica su malestar. Otro día será por el informe tal o cual, o el
cuadrante de pagos... Y así acumula las horas extra sin cobrarlas.
Hoy me ha llamado
durante el almuerzo. “No pasa nada, papá. Te cuento. He hablado con él”. Le
pido pelos y señales de la conversación.
— Don Luis, ¿tiene un
minuto para hablar?” —pregunta asomando la cabeza por la puerta del despacho.
—Claro, cariño. Pasa y
siéntate—, responde él empalagoso—. ¿De qué se trata?
—Iré al grano, jefe —arranca
nerviosa— Es injusto que cobre menos que mis compañeros hombres haciendo
idéntico trabajo y quiero que lo resuelva.
El tipo, con una sonrisa
burlona, no dice nada, sólo sonríe.
—Y en adelante, ni se le
ocurra manosearme. ¿Le queda claro? Ni necesito sus piropos.
Toñi sale del despacho,
respira hondo y arde en deseos de hablar conmigo. Antes de colgar, me llega al
corazón.
—Papá, cuídate mucho,
pues creo que el viaje a Egipto tendrá que esperar.
#hombresyalgunasmujeres.