Andaba yo un poco distraído ese día.
La noche antes había completado al fin la temporada última de Juego de Tronos y en consecuencia la
fatiga se había instalado dentro de mi cuerpo. Por si fuera poco, mi compañero de
curro me había pedido cambiarle el turno por no recuerdo qué motivo: una boda o
un bautizo, qué más da. Así las cosas, una jornada más tomé posesión del Toyota
Prius, el vehículo que se había convertido en mi vivienda habitual —me dan
ganas de hacerlo constar en la próxima declaración de la renta—, dispuesto a
quemar ruedas y sumar carreras por la capital. Me aguardaban al menos ocho
horas, con alguna que otra escapadita para estirar las piernas, orinar, echar
un pitillo y cumplir con la ordenanza laboral, que no están los tiempos para
infracciones con derecho a multa.
Mientras aparecía el primer cliente
—en la fila de la estación de autobuses— me puse a pensar en cuál sería el
mejor piloto de carreras de la historia. Una idea como otra cualquiera porque
de un tiempo a esta parte, desde que me dejó Sonia hace ya tres meses, me había
dado por recuperar la afición juvenil por la Fórmula 1 que me llevó a ser, pienso, un buen conductor. ¡Ay,
aquellas interminables sesiones de F1 con la Play Station! Dudaba en mis
elucubraciones entre los desdichados Ayrton Senna y Michael Schumacher cuando
entró el primer pasajero.
—Buenas tardes, señora ¿adónde vamos?
—le pregunté con exquisitos modales tirando de protocolo.
—Al infierno —respondió concisa —que
me apetece conocer al diablo.
—Por dónde quiere que vayamos —le
seguí la corriente—, ¿me indica usted el camino?
—Coja la ruta más larga, que no tengo
prisa ni dinero.
Aquello me puso en guardia y retorcí
el gesto. La mujer vestía blusa y pantalón a juego, le resaltaban unos
colgantes en forma de estrella y el cabello, teñido, parecía de peluquería
reciente. Es decir, no daba la impresión de ser pobre. Por el retrovisor le
lancé una mirada de contrariedad que enseguida percibió al cruzarse con la
suya.
—Señora, lo lamento, pero si no abona
el trayecto, deberá apearse. Puede pagar con tarjeta si lo desea.
—En mi vida he utilizado tarjetas,
muchacho —contestó malhumorada.
Durante los minutos siguientes
entablamos una discusión con intercambio de frases que fueron subiendo de tono
por culpa de la cerrazón de la mujer. A todo esto, la fila de compañeros se
había alargado y comenzó una sinfonía de claxon que no ayudaba a calmarnos a
ninguno de los dos.
—¡Por Dios, señora, salga del taxi!
—le rogué desesperado.
—No me hable de Dios, mendrugo
—exclamó fuera de sí.
Por fortuna, la presencia de una
convincente policía municipal resolvió el asunto y la mujer que quería irse al
infierno marchó —espero que allí—, no sin antes golpear con saña la luna
trasera del taxi. Empezaba bien el día. Con bronca, sin moverme del sitio y
tratando de dirimir entre Senna y Schumacher, a los que sumé a Niki Lauda.
También había oído hablar de un tal Fangio, pero me quedaba lejos, así que
tendría que documentarme. Enseguida aparecieron los siguientes pasajeros: una
pareja de edad mediana. Repetí el saludo nada más acomodarse la mujer.
—Por favor, a Valladolid —dijo con voz
afligida. El hombre se situó enseguida a su lado.
—¿A la Avenida de Valladolid?
—pretendí aclarar antes de arrancar el motor.
—No, no, a Valladolid, a la ciudad de Valladolid
—replicaron casi a la vez.
No pude por menos que extrañarme.
—Entendido. Por mí no hay problema,
señores, pero sepan que ir a Valladolid les va a costar un buen dinero. ¿No han
pensado en el tren o en el autocar de línea?
—No hay tiempo. Cueste lo que cueste.
Y dese prisa, por favor.
—Perfecto, pues vámonos.
Esa carrera me salvaba la recaudación
del día y me ocuparía unas cuatro horas, entre ir y volver, así que lo di por
bien empleado. Puse buena cara y partimos con rumbo a las afueras. No habíamos
salido de Madrid por la A-6 cuando oí gemidos atrás. Los dos lloraban.
—Perdonen, ¿puedo ayudarles? —me
atreví a abrir la boca.
—Lo siento, no queríamos llamar la
atención —respondió el hombre, algo más sereno— Vamos de entierro.
Entonces comprendí las circunstancias
y, sin más, me centré en la conducción mientras aquellas dos personas vestidas
de negro riguroso mantenían el gesto compungido. En medio del silencio sólo
acompañado por algún suspiro que otro, la curiosidad creció en mí hasta el
punto de que opté por insistir.
—Les acompaño en el sentimiento. Algún
familiar, imagino. ¿Son ustedes de Valladolid?
Fue como si no lo hubieran escuchado
pues ninguno lo aclaró. “Maldito kamikaze”, me pareció oírles decir.
—Antes del cementerio pararemos en
otro sitio. Ya le avisaremos.
Centrado en la conducción, lo
siguiente que recuerdo es una luz cegadora y como si se produjera un salto en
el tiempo. Mis manos sujetaban un volante distinto, más pequeño y con botones
de varios colores. Me sentía encajonado, pero a gusto. Me percaté de que
llevaba puesto un casco, guantes recortados y un mono rojo repleto de
pegatinas. Una tras otra, fui metiendo marchas hasta perder la cuenta: quinta, sexta
y séptima. Aquel bólido volaba por el asfalto. Durante un instante observé en
el cuentakilómetros una cifra: 325 km/h. Y aún podía ir a más. El paisaje
desfilaba ante mí de manera desenfrenada. Me sentía un privilegiado a los
mandos del coche más veloz del circuito, adelantando a todos los rivales. Estaba
en carrera, rumbo a una meta imaginaria. Y me aguardaba la gloria.
No sé cuánto tiempo después, reconocí
el Pisuerga a lo lejos —he estado varias veces en Valladolid— y aminoré la
velocidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Llegar hasta la ciudad
castellana a toda pastilla resultaba una temeridad, pero podía más la idea de
proseguir. Pasé de largo desde la Autovía de Castilla hasta la VA-20 y me
detuve sin saber el lugar concreto. Salí del coche ligeramente aturdido, miré a
mi alrededor mientras recuperaba el aliento, pero encantado de haber tenido en mis
manos un Ferrari. ¡Qué pasada! me dije.
El cementerio del Carmen, el destino de
mis pasajeros, quedaba a unos metros. De ellos, la pareja de atrás, no había ni
rastro. Deduje que habrían entrado con suficiente antelación al entierro. Ni
siquiera reparé en si abonaron el trayecto. Aún perplejo, me invadió una
sensación rara, una mezcla de orgullo y arrepentimiento.
Mientras asimilaba lo ocurrido —me
aguardaba el regreso a Madrid—volvieron las dudas: ¿Senna, Schumacher, Lauda…?
* Finalista en el 5º Concurso de Relatos Cortos Deportivos