Paperblog

miércoles, 20 de enero de 2021

Don Casimiro

Yo era su alumno favorito. Ha pasado tanto tiempo, que me cuesta recordar ciertos detalles de su rostro, pero nunca olvidaré la mirada sincera que desprendían sus ojos. Una mirada que inspiraba confianza. Lo supe desde el primer día. Pura intuición. Ese día, como todos los demás días, pasó lista. “Miguel Moreno”. Presente. A continuación se hizo el silencio. Sus labios callaron durante unos instantes, unos segundos dedicados a observarme. En ese momento pensé que aquel hombre era una buena persona. Un pensamiento descrito desde la más tierna infancia. No me equivoqué.

Don Casimiro me cogió cariño, de eso no tengo duda. Desconozco las razones. Quizá fuera por recordarle a algún familiar o por simple afecto. Antes que nada, he de decir que su comportamiento fue siempre correcto, lejos de cualquier proposición deshonesta. Al contrario, fui yo quien abusó de él. Abusé de su confianza, aclaro, para procurarme sus favores y buenas notas. Yo le decía: “Don Casimiro, no entiendo esto”. Y él me lo explicaba con la paciencia de un santo. Hablaba bajo y pausado, utilizando los términos precisos. "¿Lo has entendido ya? Si no, te lo explico de nuevo". Nunca le advertí un mal gesto, pese a las burlas de muchos compañeros respecto a su nombre. Él lo sabía, pero hacía como si nada. De niños podemos ser crueles sin darnos cuenta.

“Miguelito, ¿qué se te ha olvidado hoy?”, me preguntaba a menudo en tono conciliador. “Nada, don Casimiro”, le mentía a sabiendas de que no me creería. Cuando regreso a los años de escuela, lo evoco a él, a su legado… a sus lecciones de humanidad. Cómo no hacerlo, si fueron los dos mejores años, sólo dos, antes de abandonar la escuela primaria. Con él aprendí que si te lo propones, puedes alcanzar las estrellas, que por encima de las nubes cabalgan cupidos a lomos de ponys alados o que más allá del horizonte se escucha cantar a las sirenas. Fantasías que conjugan mal con la realidad. Ojalá pudiera retornar a esa edad en la que te tomas la vida como un juego.

Hoy andará por los ochenta y pico, si es que aún vive. Le vi hace ya unos años, caminando solo, apoyándose en un bastón, con aire despistado. Envejecido, desaliñado, triste, no me reconoció ni yo le dije nada al cruzarnos. Le seguí hasta el banco del parque donde dejó caer su desgastado cuerpo y, a una distancia prudencial, le observé durante un buen rato. Le vi sacar un pequeño libro de un bolsillo, colocarse unas lentes a mitad de la nariz y leer. ¡Ay, don Casimiro, qué ciego estaba! Me hubiera gustado saber el título de aquel minúsculo ejemplar que sujetaba entre sus manos y que de vez en cuando dejaba para meditar sobre lo leído. Antes de irme, le di las gracias. No pudo oírme, sólo fue un susurro. Y ni siquiera sé si fue verdad o lo he soñado.

#MiMejorMaestro


lunes, 4 de enero de 2021

Como te lo cuento

La panadera me contó anteayer que en el barrio de su abuela Magdalena la Navidad pasa cada cuatro semanas. Más o menos, una vez al mes. Para compensar los gastos que ocasiona, los vecinos se apuntan a vender boletos de la rifa de la Asociación de Enfermos de Cuento (AEC), con los que consiguen fondos extraordinarios. A menudo, prosigue, les sobran unos cientos de euros que en lugar de sumarlos a la reserva, los emplean en adquirir farolas a precio de coste para combinar con los árboles. De momento, se compran sin bombillas, a propuesta del vicesecretario de la comunidad número 24, un tipo de pocas luces que en cambio tiene mucha capacidad de persuasión entre sus colegas.

Me confesó también la panadera que las calles del barrio de su abuela huelen a  incienso dos días antes y tres días después de Nochebuena, un olor que atrae a los niños que llegan del extrarradio, montados en patinetes y triciclos. Se les ve venir desde lejos tocando sus bocinas de forma estridente. Es lo malo de celebrar la Navidad cada cuatro semanas, que no a todo el mundo le puede caer bien. A ella le encanta el olor a incienso, pero reconoce que a veces el encargado de los perfumes se pasa de rosca esparciéndolo. Entonces es habitual que desde las ventanas sacudan las alfombras, como si fuera la mejor manera de alejar el asunto. Normalmente no se consigue, pero mientras tanto cotillean los adornos de las casas de enfrente.

Los meses pares se sortean camellos procedentes de América, en concreto seis, para mantener la costumbre heredada, dicen, de siglos atrás. A nadie le extraña que tengan tres jorobas ni que prefieran el vino al agua, al fin y al cabo están de paso hacia el desierto. La panadera cuenta que en abril hace dos años le tocó uno de color verde manzana, lo que le hizo especial ilusión. Lo colocó en el balcón para dar envidia a su amiga Angustias, a la que nunca le ha tocado nada, y por las noches la abuela lo entretenía con historias de Reyes sin reinos donde reinar. Eran cuentos tan tristes que el pobre camello no dejaba de llorar. Al tercer día lo desató, le acarició el lomo derecho y lo trasladó al garaje, donde se sintió más cómodo, asegura. 

Hoy he vuelto a la panadería con ganas de escuchar a la panadera, que en verdad me tiene embelesado. Es curioso, pero cuando ella habla, siento un cosquilleo en la punta de la lengua que me impide articular palabra. Después de detallarme el disfraz de domadora de renos que le ha diseñado su tío Moisés para la misa del avestruz, me ha mirado con gesto burlón  “¿Sólo una barra?” Entonces he caído en la cuenta de que es 24 de agosto y esta noche es Nochebuena en el barrio de la abuela Magdalena. Sólo se me ha ocurrido sonreírle y pagar. Eso sí, mientras repasaba la lista de allegados a los que podría invitar, han empezado a caer copos de nieve con forma de caballitos de mar. 

#unaNavidaddiferente

 
 

lunes, 12 de octubre de 2020

Adiós

 

Nos fuimos cuando las yedras tapaban las fachadas abandonadas y las piedras se ennegrecían de tristeza. Dejamos el lugar de la niñez, de los ardores de juventud, de decenas de manos encallecidas, mientras se agrandaban los surcos de una tierra yerma y estéril, a la que el hombre de la edad moderna niega el sudor. Dejamos el lugar para escapar del silencio que hiere y mancilla sin piedad. Partimos antes de borrarse el recuerdo de un pasado escrito sobre las lápidas del cementerio, donde descansarán nuestros huesos de regreso el día menos pensado.

Dejamos las calles donde transitan ahora los fantasmas del orgullo campesino, donde los pasos se pierden entre rincones desconchados, donde no quedan sonrisas en este siglo. Salimos con la mente ofuscada y el corazón inundado de dolor, dolor por un pueblo que clamaba auxilio sin que nadie atendiera su súplica. Buscábamos el futuro lejos de aquí.

Marchamos acompañados por la añoranza de un pasado mejor, de una infancia sin estigmas. Éramos ingenuos, éramos inocentes, demasiado inocentes. Éramos felices… a nuestra manera.

Y al contemplar el cartel de letras desgastadas, casi borradas, con la línea roja cruzándolo de parte a parte —la frontera que separaba el ayer del hoy—, un baño de lágrimas resbaló al unísono por las mejillas. Ni siquiera miramos atrás, sintiéndonos prisioneros de una traición.

Sólo dijimos “adiós, pueblo amado”, vacío de sus gentes, vacío de esperanza. Sólo dijimos adiós.     

 #historiasrurales



 

jueves, 6 de agosto de 2020

A donde llevan los sueños

Llegas temprano porque te pueden las prisas. Te consumen los nervios, incontrolables pese al transcurso de los años. Y te sientes mal. ¿Acaso es la primera vez? Siempre es como la primera vez, te respondes tú mismo, de ahí surge la inquietud. Has dormido poco o nada. Con este calor es imposible enlazar un par de sueños. Y eso que diste varias cabezadas en el sofá después de la cena. Sonríes por debajo de la mascarilla al recordarlo, consciente además de que nadie a tu alrededor sabrá que no te has afeitado, como si eso fuera importante. Los presentes parecéis personajes sacados de una novela de espionaje, un conjunto de ojos que miran de un lado para otro.

Como has llegado pronto, te da tiempo a serenarte —esta vez no se te escapa— y a echar a volar la imaginación. Y entonces piensas en la playa, o mejor aún, en el barco que te llevará a la isla donde aguarda la mejor playa del país. Sin agobios, sin extranjeros, sin riesgo. ¿Sin riesgo? ¡Bueno! Ves revolotear a las gaviotas a su alrededor como si se tratara de tu escolta personal. Escuchas la sirena del barco y te suena a música celestial. Te sientes flotar sobre un mar de espuma blanca que huele a salitre.  ¡Qué ganas de vacaciones!  

Regresas al presente cuando ves acercarse una luz que te resulta familiar y con el sonido incorporado, cada vez más agudo según se aproxima. Leíste alguna vez, no sabes dónde, que en ese momento el viajero siente una especie de hormigueo que le recorre el cuerpo de abajo a arriba y se mantiene hasta acceder al transporte. Entras y por un acto reflejo te contemplas en el cristal de la puerta. Son apenas unas décimas de segundo que te sirven para revisar tu aspecto. Todo en orden, te dices. Y prosigues en busca de asiento, como el resto de acompañantes. “Esto en mi descapotable no pasaría”, comentas por lo bajo tirando de ironía. Encuentras tu sitio y aguardas a que aquello se ponga en marcha. Tarda unos minutos que se hacen eternos, pero te sirven para pensar en positivo. Otro sueño.

Estás arriba y el corazón te arde. Te recuestas sobre el manillar y estiras los dedos enguantados y medio dormidos. Desde allí divisas un paisaje verde que cubre todo el valle. Te ha costado alcanzar la cima —el puerto se las trae— pero ha valido la pena. Te ves en forma, como el chaval, exageras, que se atreve con todo sin reparar en los peligros. “Ha sido buena idea esta escapada en bici”. Felicitas a tu cerebro, que te ha ayudado a coronar el alto, aunque te queda afrontar la vuelta, el descenso. Y amenaza lluvia, ojo, y entonces el firme se pondrá resbaladizo. Le dices al cerebro que adelante, que no hay tiempo que perder. Y comienzas a bajar con más miedo que vergüenza.

El ruido de las puertas al cerrarse te saca del atolladero —deberás inventarte un final más adelante— y todo indica que arranca la aventura. Sí, tu aventura diaria del viaje en metro. Miras el reloj. Son las seis y media de la mañana.   

#historiasdeviajes

 


lunes, 22 de junio de 2020

El mejor piloto del mundo


Andaba yo un poco distraído ese día. La noche antes había completado al fin la temporada última de Juego de Tronos y en consecuencia la fatiga se había instalado dentro de mi cuerpo. Por si fuera poco, mi compañero de curro me había pedido cambiarle el turno por no recuerdo qué motivo: una boda o un bautizo, qué más da. Así las cosas, una jornada más tomé posesión del Toyota Prius, el vehículo que se había convertido en mi vivienda habitual —me dan ganas de hacerlo constar en la próxima declaración de la renta—, dispuesto a quemar ruedas y sumar carreras por la capital. Me aguardaban al menos ocho horas, con alguna que otra escapadita para estirar las piernas, orinar, echar un pitillo y cumplir con la ordenanza laboral, que no están los tiempos para infracciones con derecho a multa.
Mientras aparecía el primer cliente —en la fila de la estación de autobuses— me puse a pensar en cuál sería el mejor piloto de carreras de la historia. Una idea como otra cualquiera porque de un tiempo a esta parte, desde que me dejó Sonia hace ya tres meses, me había dado por recuperar la afición juvenil por la Fórmula 1 que me llevó  a ser, pienso, un buen conductor. ¡Ay, aquellas interminables sesiones de F1 con la Play Station! Dudaba en mis elucubraciones entre los desdichados Ayrton Senna y Michael Schumacher cuando entró el primer pasajero.
—Buenas tardes, señora ¿adónde vamos? —le pregunté con exquisitos modales tirando de protocolo.
—Al infierno —respondió concisa —que me apetece conocer al diablo.
—Por dónde quiere que vayamos —le seguí la corriente—, ¿me indica usted el camino?
—Coja la ruta más larga, que no tengo prisa ni dinero.
Aquello me puso en guardia y retorcí el gesto. La mujer vestía blusa y pantalón a juego, le resaltaban unos colgantes en forma de estrella y el cabello, teñido, parecía de peluquería reciente. Es decir, no daba la impresión de ser pobre. Por el retrovisor le lancé una mirada de contrariedad que enseguida percibió al cruzarse con la suya.
—Señora, lo lamento, pero si no abona el trayecto, deberá apearse. Puede pagar con tarjeta si lo desea.
—En mi vida he utilizado tarjetas, muchacho —contestó malhumorada.
Durante los minutos siguientes entablamos una discusión con intercambio de frases que fueron subiendo de tono por culpa de la cerrazón de la mujer. A todo esto, la fila de compañeros se había alargado y comenzó una sinfonía de claxon que no ayudaba a calmarnos a ninguno de los dos.
—¡Por Dios, señora, salga del taxi! —le rogué desesperado.
—No me hable de Dios, mendrugo —exclamó fuera de sí.
Por fortuna, la presencia de una convincente policía municipal resolvió el asunto y la mujer que quería irse al infierno marchó —espero que allí—, no sin antes golpear con saña la luna trasera del taxi. Empezaba bien el día. Con bronca, sin moverme del sitio y tratando de dirimir entre Senna y Schumacher, a los que sumé a Niki Lauda. También había oído hablar de un tal Fangio, pero me quedaba lejos, así que tendría que documentarme. Enseguida aparecieron los siguientes pasajeros: una pareja de edad mediana. Repetí el saludo nada más acomodarse la mujer.
—Por favor, a Valladolid —dijo con voz afligida. El hombre se situó enseguida a su lado.
—¿A la Avenida de Valladolid? —pretendí aclarar antes de arrancar el motor.
—No, no, a Valladolid, a la ciudad de Valladolid —replicaron casi a la vez.
No pude por menos que extrañarme.
—Entendido. Por mí no hay problema, señores, pero sepan que ir a Valladolid les va a costar un buen dinero. ¿No han pensado en el tren o en el autocar de línea?
—No hay tiempo. Cueste lo que cueste. Y dese prisa, por favor.
—Perfecto, pues vámonos.
Esa carrera me salvaba la recaudación del día y me ocuparía unas cuatro horas, entre ir y volver, así que lo di por bien empleado. Puse buena cara y partimos con rumbo a las afueras. No habíamos salido de Madrid por la A-6 cuando oí gemidos atrás. Los dos lloraban.
—Perdonen, ¿puedo ayudarles? —me atreví a abrir la boca.
—Lo siento, no queríamos llamar la atención —respondió el hombre, algo más sereno— Vamos de entierro.   
Entonces comprendí las circunstancias y, sin más, me centré en la conducción mientras aquellas dos personas vestidas de negro riguroso mantenían el gesto compungido. En medio del silencio sólo acompañado por algún suspiro que otro, la curiosidad creció en mí hasta el punto de que opté por insistir.
—Les acompaño en el sentimiento. Algún familiar, imagino. ¿Son ustedes de Valladolid?
Fue como si no lo hubieran escuchado pues ninguno lo aclaró. “Maldito kamikaze”, me pareció oírles decir.
—Antes del cementerio pararemos en otro sitio. Ya le avisaremos.
Centrado en la conducción, lo siguiente que recuerdo es una luz cegadora y como si se produjera un salto en el tiempo. Mis manos sujetaban un volante distinto, más pequeño y con botones de varios colores. Me sentía encajonado, pero a gusto. Me percaté de que llevaba puesto un casco, guantes recortados y un mono rojo repleto de pegatinas. Una tras otra, fui metiendo marchas hasta perder la cuenta: quinta, sexta y séptima. Aquel bólido volaba por el asfalto. Durante un instante observé en el cuentakilómetros una cifra: 325 km/h. Y aún podía ir a más. El paisaje desfilaba ante mí de manera desenfrenada. Me sentía un privilegiado a los mandos del coche más veloz del circuito, adelantando a todos los rivales. Estaba en carrera, rumbo a una meta imaginaria. Y me aguardaba la gloria.
No sé cuánto tiempo después, reconocí el Pisuerga a lo lejos —he estado varias veces en Valladolid— y aminoré la velocidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Llegar hasta la ciudad castellana a toda pastilla resultaba una temeridad, pero podía más la idea de proseguir. Pasé de largo desde la Autovía de Castilla hasta la VA-20 y me detuve sin saber el lugar concreto. Salí del coche ligeramente aturdido, miré a mi alrededor mientras recuperaba el aliento, pero encantado de haber tenido en mis manos un Ferrari. ¡Qué pasada! me dije.
El cementerio del Carmen, el destino de mis pasajeros, quedaba a unos metros. De ellos, la pareja de atrás, no había ni rastro. Deduje que habrían entrado con suficiente antelación al entierro. Ni siquiera reparé en si abonaron el trayecto. Aún perplejo, me invadió una sensación rara, una mezcla de orgullo y arrepentimiento.
Mientras asimilaba lo ocurrido —me aguardaba el regreso a Madrid—volvieron las dudas: ¿Senna, Schumacher, Lauda…?
* Finalista en el 5º Concurso de Relatos Cortos Deportivos 

viernes, 5 de junio de 2020

Comerciales


No paran de preguntar por mí los comerciales que ofrecen contratos de luz y gas con tarifas de ganga. Mi mujer, todo un ejemplo de educación y paciencia, no sabe cómo quitárselos de encima. Yo le hago gestos pidiéndole que sea más dura, pero ella no se da cuenta. Les pone mil excusas que no les convencen de que desistan. Llaman todos los días, a cualquier hora, siempre con la misma cantinela. Hoy, por fin, he descolgado el teléfono y me he desahogado a gusto. Al acabar, he oído la voz serena de mi suegra: “¿Se puede poner mi hija?”.
  
* Microrrelato presentado al concurso Relatos en Cadena (REC) con la frase de inicio 'No paran de preguntar por mí'


lunes, 11 de mayo de 2020

Acordes

En aquel lugar donde habitan mis recuerdos, recordé los acordes de las canciones con que nos martirizaba cada tarde el vecino de arriba. Un tipo poco cuerdo que un día le dio por colgarse de la lámpara con una cuerda. En la comunidad acordamos un minuto por su eterno silencio.
#DesescaladaResponsable

#amarillo