Paperblog

domingo, 16 de diciembre de 2018

Millonario


Nunca supuso que ser millonario pudiera traer consigo la felicidad. Desde pequeño le enseñaron que la riqueza acarrea problemas, que el rico es envidiado por el pobre y que, a su vez, el rico se cambiaría en ocasiones por el pobre. Le aseguraron que el amor no se compra con dinero, que no es mejor quien más tiene. Ahora que es millonario proclama con entusiasmo que sus educadores pasaron por alto el extenso significado de riqueza. 
Su fortuna empezó a crecer el día que viajó al Chad, uno de los países donde la pobreza es endémica desde siglos atrás. Hacerse cooperante cambió su vida, le proporcionó otra visión del mundo e incrementó su patrimonio. Han pasado cinco años desde entonces y en el inventario personal confiesa que falta espacio para enumerar sus posesiones.
Y es que ahora tiene una casita prestada desde la que en días despejados divisa el Emi Koussi. Tiene una acacia en el Sahel a la que recurre para cobijarse en los momentos de descanso. Tiene un tambor kodjo regalado que aún no ha aprendido a tocar. Tiene un lago que ha evocado miles de historias y que renuncia a desaparecer. Tiene a la vista por las mañanas un rebaño de ovejas que se dedica a pasear pacientemente. Tiene un cielo plagado de estrellas cada noche. Tiene…
Pero lo mejor, lo que más valora, es tener gratis las sonrisas de los niños, mujeres y hombres de esa acogedora tierra.


* 2º premio del IV Concurso de Microrrelatos Solidarios Ilumináfrica

viernes, 23 de noviembre de 2018

El Narciso


Cuando el tronco cedió a la sierra eléctrica, la mujer del Narciso, situada a pocos pasos, dijo aterrada: “No sabía que los árboles tuvieran nervios como las personas”. El Narciso, que llevaba una pipa en la boca como única indumentaria cuando el roble se desplomaba, se aferraba a aquel ejemplar de arrugada corteza como una leona a su presa. Comentan algunos que mientras trataban de soltarlo del quercus, aún se podía oler el agradable aroma de su pipa.


* Finalista en el II Concurso de Microrrelatos Noviembre Forestal 

jueves, 4 de octubre de 2018

Alas abiertas


El día indicado, sumido en un otoño eterno, me cité con mis miedos.
Acudí al lugar, aguardé con indisimulada calma
 y, desde mis entrañas, me dibujé desplegando las alas
como el águila surca el valle desde lo más alto.
Estaba destinado a ver el mundo desde otra atalaya.

Antes de tomar la decisión, ansioso por desprenderme de losas, una voz gritó:
“La soledad aguarda, abrid las alas y volad hacia el paraíso”.
Despegué del suelo, atento al sonido del viento que acompañaba mis jadeos.
Se escondió el sol a los ojos de las estrellas y éstas lloraron su ausencia.
Cayó la noche y nadie salió en busca de ellas.

Me vi perdido, invisible al resto de humanos,
tratando de recordar, de sentir, de reír,
mientras se desmadejaban las nubes.
Olvidé que sólo éramos el cielo y yo,
entrelazados en la esperanza de un final.



#otoño

sábado, 15 de septiembre de 2018

Cuenta atrás


La cuenta atrás comienza un mes antes; los nervios, desde ni se sabe. Cada año aguardamos el mágico momento. Somos aún pequeños y partimos todos en la bicicleta familiar. Mamá, papá y nosotros dos. Parecemos una troupe circense. Papá y mamá pedalean sin desmayo, sonrientes, con su par de hijos a ambos lados. Son felices por hacernos felices. En una ocasión nos despistamos y llegamos hasta el mar. Al contemplarlo nos dieron ganas de quedarnos, pero mamá se negó. “Tiempo habrá más adelante”, dijo firme. Así que volvimos sobre nuestras rodadas hasta el pueblo. Casi nos perdemos el inicio de las Fiestas de septiembre.
Los vecinos se giran al vernos. Cuatro personas montadas sobre una bicicleta resulta cuanto menos curioso. Algunos se ríen, muchos saludan —nos reconocen al atravesar la plaza Mayor— y los municipales hacen la vista gorda. Disfrutamos durante siete días de fiesta y jolgorio, empapados del bullicio de las atracciones y el olor a chorizo y panceta.
El año pasado faltamos. El motivo, el accidente de papá. Desolados, mi hermano y yo no encontrábamos consuelo. Mamá nos explicó que con una pierna escayolada era imposible el viaje, pero el recuerdo de las fiestas pesaba. Por fin, el 7 de septiembre papá nos sorprendió —siempre ha sido un manitas— y es que en el jardín había instalado una verbena, nuestra propia verbena. Y no era una verbena cualquiera. “Si nosotros no vamos a la Feria, la Feria vendrá a nosotros”, pronunció solemne emulando al profeta. Pasamos una semana montando en el tiovivo y la noria, saltando la cama elástica, recibiendo escobazos en el tren de la bruja y comiendo algodones de azúcar.
Ya hemos comenzado la cuenta atrás para el año que viene y la bici está engrasada, pero por si acaso hemos convencido a papá de que no desmonte la verbena del jardín.


martes, 3 de julio de 2018

Idilio


Cierto es que le prometió amor eterno —más allá de la muerte, repetía como un mantra—, que cuidaría de ella, en lo bueno y en lo malo, pero no siempre las cosas son tan simples para cumplirlas. Todos bendijeron el enlace, les dijeron que hacían buena pareja, que estaban hechos el uno para el otro, que les aguardaba un sinfín de alegrías. Pero no repararon en que el terreno también tiene baches.
“Serás mi amante”, sentenció en un tono que sonó algo presuntuoso la primera vez que se vieron. A su lado, él se sentía como un héroe, el deseo le desbordaba y actuaba con demasiado ímpetu. Era algo que necesitaba enmendar por el bien de ambos, aunque no le concedía excesiva urgencia.
Le gustaba emocionarla con su sola presencia, que viera en él a alguien más que un compañero de juego. Por entonces se cuidaba muy mucho de que ella pensara que la trataba a patadas, aunque a veces pareciera lo contrario. “Juntos lograremos lo que nos propongamos”, le susurraba al inicio del posible ‘noviazgo’. Y le recitaba las consignas de su padre y mentor: aunar esfuerzos, crear un ambiente propicio, un clima receptivo, un acercamiento sin miedo. Por él no iba a quedar, de entusiasmado que estaba. Veía en aquel ser la media naranja que cualquier persona busca para el resto de su vida. Sus padres estarían orgullosos, se decía.
Y así fue como poco a poco la atrajo. Ella también puso de su parte, hay que admitirlo. Fijado el objetivo, no había razones para que el asunto se desviara. Pero en ocasiones, durante lances concretos, sucedía. Y por momentos, la frustración le consumía, una frustración que no siempre podía sujetar. No era lo que había ensayado. Entonces renegaba en arameo y se echaba las manos a la cabeza o se tiraba de los pelos. Por suerte, se le pasaba rápido, pues no había tiempo para lamentaciones. Se jugaba mucho. A cambio, cuando ella se dejaba acariciar y él percibía que la relación ganaba enteros, se consideraba el hombre más feliz. Formaban un buen tándem, sólo había que mejorar los detalles.
Cuentan que en una ocasión, recién comenzado el idilio, al verla en la distancia, sin poder contenerse, corrió a su encuentro como un cervatillo por la pradera, ágil, resuelto, pero con la determinación de un león. Ella lo recibió como una mascota que obedece ciegamente a su amo. Esa compenetración quedó impresa en la memoria de quienes asistieron a lo que fue considerado un encuentro triunfal.
Aseguran que el roce hace el cariño, así que entre ambos aumentó la pasión como un globo que se hincha paulatinamente, hasta un punto máximo que él no supo advertir. Y a poco, sin causas que lo justificaran, le surgieron unos celos que consumían al personaje. Comenzó a desconfiar, creía ver infidelidad sin pruebas, se le agrió el carácter, se comportaba como un vulgar marido que se considera traicionado. La transformó en su obsesión. Sus amigos le advirtieron de que esa ofuscación no conducía a nada, mas no hizo caso. 
Aquella tarde apareció visiblemente alterado, con un semblante criminal. Parecía otro, un psicópata. “No dejaré que nadie más te toque”, proclamó bravucón ante miles de testigos presenciales que no daban crédito. “No estoy loco, sólo sé que la amo. La amo tanto que soy capaz de matar por ella”, se justificó momentos antes del suceso. 
Ella, la pelota, asumió que habían perdido el partido.




domingo, 24 de junio de 2018

Musa


Aquel sujeto de la barra se giró como un resorte y me dirigió una mirada penetrante que me descolocó. Llevaba cinco años acudiendo a la taberna y nunca me topé con un cliente semejante. Era guapo, condenadamente guapo, y lucía un cuerpo musculoso bajo una camiseta ajustada.
—Hace cinco años que te espero— me dijo al pasar a su lado. Aturdida, no encontré palabras con que responder. Él continuó hablando.
—Permíteme que te invite a un vino.
Acepté, llevada por la curiosidad y la atracción que me producía. Pedimos un par de Riojas a Bautista, el camarero de siempre, y ocupamos una mesa del fondo. Me contó que era poeta, que había publicado varios libros… pero que hacía un lustro le abandonó la inspiración. Al tercer vino, me declaró su musa, lo que me hizo sentir bien. Seguimos bebiendo —dos o tres copas— hasta que, chisposos ambos, abandonamos la taberna. Al despedirnos, no imaginé que tardaría otros cinco años en verle. La mujer con quien bebía era mi vivo retrato.

* Finalista del I Concurso de microrrelatos La Bodeguita de San Segundo

jueves, 29 de marzo de 2018

Plañideras

El tío Evaristo murió una madrugada de invierno, mientras la lluvia golpeaba con estrépito los tejados del pueblo. Consumido por el tabaquismo y la demencia, su última voluntad fue que le lloraran hasta que el sol secara las calles de aquel lugar donde naciera y viviera noventa años. Tiempo le dio en vida para amasar una considerable fortuna, de la que se guardó muy mucho de exhibir.
 Congregados en torno a su lecho la viuda, hijos, nietos y otros tantos familiares, comenzaron a cumplir su deseo, no fuera a ser que les sobrevinieran males mayores. Uno tras otro, rompieron a llorar desconsolados, componiendo una sinfonía desajustada. Los llantos se podían oír en la lejanía, más allá de los límites del pueblo.
Acudieron al duelo no menos de cincuenta plañideras para reforzar los vagidos y aquella estancia se convirtió en un coro de lamentaciones nunca visto. Lloraron día y noche, compungidas, con el agua fluyendo sin tregua por los arrabales. Se establecieron turnos donde el pueblo entero participó interesadamente en los quejidos. Aquel drama parecía no tener fin. Cuando cesaron las lluvias, al cabo de varios meses, el muerto estaba pútrido y su familia había dilapidado la herencia con las plañideras.
* Finalista del II Certamen literario 'La Redonda Te cuenta'

lunes, 19 de febrero de 2018

Inventario de una vida


Querido Manuel:
Acabo de terminar el inventario —me ha costado varias semanas, no te creas—, donde he recopilado los bienes comunes de nuestra vida. Me ha quedado una lista preciosa, creo yo, una opinión con la que estarás de acuerdo porque está hecha bajo el prisma de la sinceridad más absoluta. La idea se me ocurrió hace ya tiempo, ordenando la casa, pero los quehaceres diarios —el trabajo en la tienda que me agota, más las labores domésticas— fueron postergando el momento de comenzarlo. Yo quería, pero nunca hallaba la hora de arrancar. Ya sabes que soy un poco dubitativa. Sinceramente, me daba bastante apuro, pero por fin me decidí. Y cuando al fin me decido, lo cumplo, eso también lo sabes perfectamente, ¿verdad Manuel?
Me pareció que no había mejor ocasión ni motivo que la llegada del 40º aniversario, cuarenta años casados, se dice pronto, una celebración muy especial para ambos. Así que me puse manos a la obra, repasé cada rincón del alma, anoté su significado, fecha a fecha, palmo a palmo, y poco a poco fue creciendo esta carta.
¿Qué es lo que mejor une a dos personas? ¿Un beso? Por supuesto, o mejor aún, un puñado de besos. Eso es lo que veo en cada palabra, en cada frase, en cada expresión. Veo un montón de besos. Tantos que hasta llegué a temer quedarme sin espacio en el papel. Son besos que representan la entrega de uno al otro. Como estarás impaciente, aquí está el recuento de lo que compartimos y lo que me cautivó de ti para construir un romance imperecedero:
    La mirada perturbadora que me lanzaste en el momento de conocernos.
    El olor a jabón que desprendían tus manos y que traspasaste a las mías.
    La soltura de tus movimientos, como si hubieras estudiado en una escuela de teatro la manera de comportarte cuando estábamos juntos.
    El leve roce de tus labios antes del primer beso, que invitaban a adentrarnos en un mundo de fantasía.
    Los detalles sorpresa con que llenaste cada uno de los días de nuestro noviazgo.
    La cena en la que me pediste matrimonio, justo a los postres, seguida de un brindis con cava.
    Las lágrimas derramadas aquella misma noche, incontenibles por la emoción que me procuraba una solicitud tan especial.
    Las gotas de lluvia que empapaban nuestros corazones para anunciarnos la llegada inminente de la primavera.
    Los bombones que aparecían por San Valentín en el lugar de trabajo.
    Los ramos de rosas rojas anónimas con las que me enamorabas de nuevo en cada cumpleaños.
    Las promesas viajeras que siempre se cumplieron, gracias a las cuales recorrimos Europa entera.
    El sabor a chocolate con churros de las mañanas de domingo.
    Las dedicatorias románticas a pie de página de las docenas de libros que me regalaste.
    La alegría desbordada por el nacimiento del primer y único hijo.
    El orgullo de unos padres que han visto crecer a la persona que más nos quiere en el mundo.
    Las arrugas que asomaron a nuestros rostros a fuerza de consumir años de felicidad.
    Los recuerdos imposibles que te alejaron sin remedio.
    Los silencios cada vez más prolongados que surgieron con tu enfermedad.

Mejor lo dejo aquí, Manuel. Me supera la emoción y no quiero emborronar las páginas con mis lágrimas. Lástima que aunque leas esta carta, no llegues a comprenderla por culpa de la maldita memoria que te abandonó. 

Te sigue amando.
Tu esposa, Isabel.

* 2º Premio del II Concurso Nacional de Cartas de Amor de Mengíbar

lunes, 29 de enero de 2018

Lección de vida

Era un muchacho idiota, atolondrado y lenguaraz, al que le importaba poco lo que sucediera a su alrededor. Vivía ajeno al mundo, un mundo que quería comerse porque, eso sí, nunca le faltó ambición. No hacía caso a nada ni a nadie, comenzando por los padres, de los que pensaba que no sabían de la misa a la media. Los tenía por ignorantes, mientras que él era el ser más inteligente de la tierra. Iba a clase con la suficiencia del joven que se siente el centro del universo y no necesita lecciones ni consejos, por descontado.
Pero un día sucedió algo terrible. Sucedió a sus 16 años y aquello le cambió el rumbo a su existencia. De la noche a la mañana, se encontró con una pared enfrente que debía escalar, sí o sí. El suicidio de la madre le pilló a contrapié —nadie espera algo así, por muchos casos que se analicen— y tuvo que asumir una responsabilidad inédita. Se convirtió en el hijo mayor que debe ejercer a la vez de padre y madre de sus hermanos, al tiempo que asumir otras obligaciones que ni se le habían pasado nunca por la cabeza. Aquello le hizo fuerte y le dio otro sentido a su vida. Le perdió el miedo porque convivió con la muerte, la sufrió tan de cerca que se dijo que nunca se dejaría arrastrar por ella.
Y así transcurrieron los años, hasta que apareció el cáncer, una enfermedad que asusta y no se cura, sólo permanece dormida. Cuando lo supo, pensó que era un reto, otro más, en su vida. Y como tal lo afrontó, como cualquier otro tal vez, pero siempre firme. A veces se levantaba creyendo que se estaba muriendo, pero otros días el mal le servía de estímulo. El cáncer le ha ayudado porque no le concedió dramatismo. Al contrario, lo consideró una anécdota más, algo poco importante. De algo hay que morir, incluso de cáncer, bromea con asiduidad.
“Desde que naces empiezas a morir, comienza la cuenta hacia el fin. Durarás más o menos, pero es tal cual. No me peleo con él, convivo con él”, proclama a quien le escucha. Busca la normalidad, hacer las cosas que hacía habitualmente. En un principio imaginó que la enfermedad le cambiaría muchas cosas, pero no ha sido así. De hecho, se ha sentido más creativo que nunca, pues ha sido para él una fuente de inspiración. Va al gimnasio, compone, da conciertos, escribe, vive... Sus marcadores tumorales están a cero, el cáncer descansa. Se ve bien, con pelo, y disfruta cada instante.
En definitiva, disfruta y vive, así de sencillo.  
·         Relato libre basado en la experiencia vital de Pau Donés.
#historiasdesuperación

viernes, 26 de enero de 2018

Al final del túnel

Entreabro los ojos sin saber cómo he llegado hasta aquí. Medio adormilado, deduzco que habré pasado la noche de jarana, agarrado alguna curda de campeonato para celebrar la noticia y que tal vez alguno de mis amigos o un buen samaritano me ha colocado en ese vagón de metro rumbo a casa. No me duele la cabeza, sólo presento síntomas de cansancio. Apoyado sobre la barra, ajeno al rumor insistente de conversaciones que flotan en el ambiente, el sopor avanza a través de mi cuerpo. Poco a poco, envuelto en un dulce éxtasis, se me aclaran los pensamientos. Pregunto a un muchacho con gafas oscuras y gorro polar por dónde vamos, pero no me contesta. Pienso que tal vez es sordomudo, hasta percatarme de los auriculares camuflados en sus oídos.
Llevado por la curiosidad, decido matar el tiempo descifrando los rostros de la gente. Hace tanto que no he podido experimentarlo, que siento como un deseo irrefrenable. Siempre me ha gustado escrutar las miradas, imaginar sus destinos a tan temprana hora, cuando la ciudad acelera la marcha. Hoy más que nunca porque estoy de enhorabuena, eufórico. Y descubro entonces a un anciano que reclama en silencio un asiento libre donde depositar sus desnutridos huesos. Nadie parece percatarse. Le rodea un grupo de turistas alemanes, que hacen dificultosa la visión más allá de sus cabezas. Es sencillo adivinar: van al aeropuerto. Hablan como enfadados, aunque más bien debe ser cosa del idioma. Cargados con maletas y mochilas voluminosas, espero que se apeen cuanto antes.
Y entretanto llega ese momento contemplo a decenas de estudiantes que no se dirigen la palabra, con la cabeza agachada, pendientes sólo de sus móviles. Contemplo a hombres de todas las edades que desprenden olor a colonia, señoras que van de compras y señoras que van al trabajo, vendedores de pisos trajeados, jóvenes dependientas, inmigrantes que vinieron a ganarse la vida a este país, mendigos cojos que recorren los vagones suplicando una moneda, cantantes aficionados que también desfilan por los vagones, por si les cae alguna moneda, vigilantes de seguridad con chalecos reflectantes pendientes del orden… es decir, un surtido amplio de representantes de la humanidad congregados bajo tierra. Viajeros de ida, viajeros de ida y vuelta, viajeros de vuelta de todo… Veo a personas leyendo un libro y apenas a dos o tres con periódicos, una costumbre en desuso. Veo un mundo subterráneo que añoraba, con sus pros y sus contras, con los que hoy me siento gratificado.

He llegado. Cuando salgo de la estación, acompañado de una amplia sonrisa, primero suspiro y después alzo la vista para contemplar el cielo, que surge más azul, más intenso, aunque sólo sea una impresión idealizada. Estoy curado del cáncer —lo certifica la última revisión clínica — y me convenzo a mí mismo de que hay luz al final del túnel. Bendita metáfora. A mis espaldas quedan años de lucha contra el mal, de rebelarse contra ella, de exigir una prórroga de vida. Y una cosa tengo clara: ha valido la pena.    
#historiasdesuperación


martes, 2 de enero de 2018

Le llamaron Juanito

John C. Goodman, piloto experimentado del ejército estadounidense, se estrelló a las afueras de Estepa, en la zona del polígono industrial, próximo a la autovía A-92, en la noche de un 24 de diciembre del siglo pasado. Iba a los mandos del F-6969, un revolucionario modelo de avión de combate en pruebas.
Un vecino del pueblo fue el primero en percatarse del accidente, que no ocasionó víctimas aunque sí algunos daños en una de las fábricas de polvorones y mantecados de la localidad. Avisados los equipos de emergencia, sólo pudieron comprobar los destrozos en el aparato, sin que hubiera rastro del piloto.  Las autoridades españolas se pusieron en contacto con las americanas, quienes tras comprobar la autenticidad de la aeronave, el mismo día de Navidad se hicieron cargo de la recogida de los restos del F6969. También se organizaron con urgencia batidas de reconocimiento en busca de John C. (Cookie) Goodman, del que se suponía habría saltado en paracaídas y podría estar por los alrededores.
La noticia del suceso se extendió como la pólvora por la villa y fue portada en los telediarios durante esas Fiestas, mientras proseguían las labores de rescate. Pocos fueron los vecinos del pueblo que quedaron sin entrevistar por los reporteros enviados por las televisiones, radios y periódicos nacionales e incluso extranjeros. Más que si hubiera caído el Gordo de la lotería. Sin embargo, perdida la pista del militar, sólo quedó el misterio. De tarde en tarde, algún lugareño aseguraba haber visto a un personaje extraño por los alrededores, rumores sin fundamento que se difuminaban transcurridas unas cuantas semanas.
Pasó el tiempo y una mañana, durante la ronda habitual, el vigilante de una de las empresas de mantecados de la comarca descubrió una mochila abandonada junto a la zona de descarga de proveedores. Avisada la policía local, se comprobó que no contenía explosivos sino ropa usada de color caqui, una biblia católica y un cepillo de dientes. Al día siguiente, la encargada de la visita guiada a la fábrica encontró en un rincón de la sala de almacenaje, adormilado, a un individuo de casi dos metros, cabello largo, vaqueros desgastados y gafas de sol de una conocida marca americana en la cabeza. Hablaba como si mascara chicle y parecía feliz. Uno de los turistas, profesor de inglés en un colegio de Granada, advirtió que se trataba de un yanqui y se prestó a traducir sus palabras. El tipo recordaba sólo llamarse ‘John algo’ y, además de algunas incoherencias, aseguró que en su vida había probado mejores dulces que los de ese sitio, lo que causó hilaridad entre los presentes.
Según las investigaciones llevadas a cabo con posterioridad, el oficial estadounidense conocía la fábrica como la palma de su mano y había frecuentado las salas de elaboración durante un tiempo indeterminado —se calcula que desde poco después del suceso del avión— para su secreto disfrute. Absuelto de los delitos de allanamiento de morada y hurto, John Cookie Goodman se quedó a vivir en Estepa, donde obtuvo trabajo en el departamento de pruebas y degustación de productos. Se decía que tenía un don especial para mejorar los sabores, en especial los de chocolate, y no fueron pocas las aportaciones que realizó para nuevos mantecados y polvorones. Los lugareños acogieron a ‘Juanito’ con agrado, pues les caramelaba con su forma de hablar y su exquisita educación. Fue un personaje fácilmente reconocible por aquellos lares sevillanos. Cubría siempre la cabeza con un típico sombrero texano, paseaba su larga figura por las calles Mesones y Santa Ana, entre otras, y comía de restaurante para no tener que cocinar, según confesaba él mismo con su inconfundible acento guiri.  Siempre llevaba repletos los bolsillos de mazapanes para repartir entre los niños.

Dicen que con el tiempo se reconcilió con su familia, a la que enviaba grandes cajas de productos típicos por Navidad. Que se sepa, ni Linda, su esposa, ni sus dos hijos salieron de Estados Unidos. Tampoco consta que John regresara a su país ni siquiera de turismo. Falleció viejito, de muerte natural, un 31 de diciembre, lo que causó gran pesar en todo el pueblo, que lo había acogido como un hijo predilecto. El entierro fue una demostración enorme de afecto. En su tumba quedó escrito este epitafio: “Mi vida en Estepa fue una permanente dulce Navidad. Gracias”.
#cuentosdeNavidad