Paperblog

sábado, 18 de abril de 2020

Santa Justa


“Ya ha sido suficiente”, fue mi reacción inesperada. ¿Podría así convencerme de que el destino había dicho basta para escribir esta historia? Una historia que arranca cuando obtuve plaza de profesora en un instituto de Sevilla y alquilé un piso con vistas al parque de María Luisa. Un piso pequeñito, con un solo dormitorio, pero luminoso. Acostumbrada al pueblo, me costaba adaptarme a tan reducido espacio, así que cada tarde, al salir del trabajo, adquirí la costumbre de acercarme a la estación de Santa Justa dando un paseo para hacer tiempo.
El trasiego de viajeros con sus equipajes de un lado a otro, la megafonía anunciando la salida y llegada de trenes y la presencia agobiante de carteles publicitarios debieron trastocar mi cerebro, pues me dio por sustraer maletines a ejecutivos despistados, proseguí con maletas de menor tamaño y continué con maletas para largos recorridos. ¡Cielos, cómo disfrutaba con el riesgo y la impunidad de vuelta a casa! Cuando se llenó el dormitorio pasé a ponerlas en la cocina, el baño y el salón.
Ahora apenas queda espacio para moverme y el confinamiento me mantiene encerrada entre estas cuatro paredes. Y he comenzado a creer que llevo el virus dentro. 
* Relato presentado al blog Esta Noche Te Cuento Tema: coleccionismo
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viernes, 10 de abril de 2020

Entre cartones


Aunque parezca extraño, hay momentos en que echo de menos el cajero. Un día más aquí, un día menos allí, me digo con añoranza. Y no es porque nos traten mal, sino todo lo contrario. Ayer mismo hubo música y baile para agradecer al personal lo que está haciendo por nosotros, los sin techo, en este amplio pabellón que a ratos, en mi desvarío, me recuerda a un campo de concentración o de exterminio. No quiero ponerme pesimista, pero comprenderán que cuesta.
Echo en falta los cartones, mi par de mantas del pasado invierno, las litronas y hasta el humo de los coches circulando a unos pocos metros. Aquí no pasamos frío ni falta comida, pero noto en las miradas de los colegas un aire triste. Flota en el ambiente una sensación de nostalgia de la calle que se contagia. Yo, sin ir más lejos, llevo siete años deambulando de aquí para allá por la ciudad. ¡Puta crisis! Me he alojado en soportales, bajo escaparates, en parques públicos y la pandemia me ha pillado en un banco nacionalizado. Acostumbrado a la soledad, a escatimar palabras, a desconfiar del compañero de fatigas que te quiere birlar el hueco, aquí me encuentro desubicado, pese a las semanas transcurridas. 
No hay disputas por la comida ni por el aseo. Nadie se queja en voz alta, tal vez sólo para sus adentros. Nunca asistí a tanta camaradería en mi desdichada existencia. En realidad, pienso que es el miedo el que provoca esta plaga de solidaridad entre el gremio de los sin techo. Miedo a caer, miedo a ser el próximo, miedo, en suma, a perder lo único valioso que nos queda: la vida. Una vida que, por muy asquerosa que sea, no queremos dejar. Nunca me perdonaría, bromeo conmigo mismo, que un virus te venza. “Tú no has nacido para esto”.
A diario salimos a las ocho a aplaudir a los sanitarios, a los policías, a las limpiadoras, los transportistas, las cajeras de supermercados, los reponedores, los cocineros y todas esas personas que están trabajando para nosotros. Y en especial, a nuestros cuidadores. El otro día, uno de ellos, un médico jubilado, se dirigió a mí. “Tú también eres un héroe”, me dijo con la voz temblorosa a punto de la lágrima. “Hago lo que puedo, doctor”, farfullé. Poco faltó para besarle.    
Es todo tan distinto. Anoche vi en la televisión a un chico que decía estar viviendo en la Plaza Mayor de Madrid. Explicaba que le han despedido y no tiene ni para el alquiler, así que ha decidido instalarse allí, en esa emblemática plaza. Lo escuché embobado cuando afirmaba que poco a poco se está haciendo al lugar, un lugar que la cámara mostraba completamente vacío.  Me dieron ganas de pegarme al aparato y decirle: “Me voy contigo ahora mismo, chaval, hazme sitio en el soportal”. Pero no lo hice. Callé y me cobijé en la silla renegando de mi cobardía.
Es la hora de la cena.
#NuestrosHéroes


lunes, 6 de abril de 2020

Una vida nueva


Se llama Esperanza. Tiene los ojos grandes, el cabello negro, aunque escaso, y las manos diminutas. Es una valiente, pues sólo los valientes se abren paso en circunstancias adversas. Ella lo ha conseguido, salvando dificultades, con la ayuda de unos profesionales que se esfuerzan a diario en los hospitales. Ojalá pudiera estar a su lado, abrazarla y besarla. Ver sus ojos grandes, su poco pelo negro y estrechar sus manos diminutas. Conocerla.
Ha nacido cuando el mundo sufre, cuando la gente llora y aplaude, cuando un virus —ya sabrá lo que es dentro de unos años —nos tiene confinados en casa y todo es distinto desde hace nada, apenas dos meses. Esperanza ha nacido cuando el miedo se cuela por las ventanas, cuando salir a comprar es una aventura, cuando la población se queda sin trabajo, cuando las abuelas como yo se mueren solas. Cuando el futuro pinta oscuro.
Está aquí y lo celebro hasta emocionarme a moco tendido. Los viejos somos así, tenemos la lágrima fácil. Es una heroína, es mi nieta. Como lo es también su madre, hija mía, a la que estoy deseando mandarle un millón de besos por el teléfono. Como leí el otro día, a lo mejor Esperanza ha llegado para que todo sea menos malo.
#NuestrosHéroes