Paperblog

martes, 15 de octubre de 2019

El viejo Lucas


Lucas, mastín del Pirineo de pelo cano, ya no corre sino trasiega de un lado a otro. Pasa las jornadas el animal rozando el lomo contra las lápidas o retozando sobre los hierbajos de las lindes. De vez en cuando queda inmóvil, observando el infinito, y revive los días con su amo, don Lorenzo. Apenas ladra, de lo muy mayor que está. También lo estaba don Lorenzo, reputado jugador de truque, conocido en los comarcales del siglo anterior. Interminables eran sus partidas a la sombra del casino, con Lucas tumbado a los pies, desperezándose éste de tarde en tarde y alzando las orejas al oír cantar victoria.
Primero cayó Cipriano, el barbero —un cólico miserere, dijo el galeno—  y hubo de buscársele sustituto en el tapete. Ahí no paró la maldad, pues no transcurrido un mes feneció Remigio, el sacamuelas, de neumonía también diagnosticada por el matasanos. Descabaladas las parejas, desatados los rumores, don Lorenzo temió por el resto y por sí mismo, no era para menos. “El diablo se ha instalado en este lugar”, propagaron las agoreras voces que siempre las hay. “Y elige entre los viejos para rellenar el infierno que se ha quedado vacío”, creyeron los moradores del valle.
Cuando murió Longino, no mucho después, quedó convencimiento de la maldición y de que don Lorenzo, el último abuelo del lugar, tendría los días contados. Mas pasaron los meses y no hubo más fallecimientos. La gente se alegró de la suerte del anciano, atribuida a un pacto secreto con el demonio a cambio de ‘mostrarle sus cartas’. Su hora llegó al cumplir 100 años. Y Lucas apenas ladra, de lo muy mayor que está, aunque eche en falta a su amo.


martes, 5 de marzo de 2019

Toñi


Para armarse de valor, para afrontar el cara a cara, se ha grabado en la cabeza la misma frase. “De hoy no pasa, tengo que decírselo”, se repite Mª Antonia a sí misma una y otra vez.  Solo eso, que parece poco, representa un muro infranqueable. Porque lleva semanas inflamándosele el corazón y desistiendo en el último instante.
Mª Antonia es mi hija y todo el mundo le llama Toñi. En breve alcanzará los 40 y la gente la sigue llamando Toñi. Sabe que probablemente será así hasta que se muera, aunque yo no lo veré. Toñi es una mujer excepcional —qué va a decir un padre, aunque en este caso sea verdad— con un puñado de sueños en la cabeza, sueños que sigue alimentando porque no los ha cumplido. Sueña, por ejemplo, con un viaje a Egipto —lleva ahorrando toda la vida para ello— acompañada por alguien cercano. “Papá, tú te vienes conmigo”, me insiste. También le hubiera gustado tener una casa propia, pero desde que nos dejó Virtudes, creo que ha desistido de ello. ¡La echamos tanto de menos! Sé que adora a este viejo viudo achacoso y sospecho que por mí ha decidido quedarse soltera, aunque no lo diga.
Y así transcurre nuestro tiempo, con la ilusión intacta por un futuro mejor, cercenado por la cruda realidad. “Tienes que salir más, divertirte. Por mí no te preocupes, sé cuidarme solo. Y olvídate del trabajo de vez en cuando, por Dios”, le aconsejo cada mañana. Pero Toñi no contesta porque no quiere remover el tema tan temprano. “No sé si vendré a cenar, papá, no me esperes levantado”, zanja. Me da dos besos, agarra el bolso y se marcha con el semblante serio, preocupada, se lo noto.
“De hoy no pasa, tengo que decírselo”, se convence una y otra vez. Toñi entra a las ocho de la mañana y nunca sabe a qué hora saldrá. “Toñi, cariño, ¿te importa quedarte un rato más para cerrar el balance?”. Palabras que suenan a orden más que a favor. Y Toñi que calla y se queda hasta cerrar el dichoso balance mensual de la empresa, mientras mastica su malestar. Otro día será por el informe tal o cual, o el cuadrante de pagos... Y así acumula las horas extra sin cobrarlas.
Hoy me ha llamado durante el almuerzo. “No pasa nada, papá. Te cuento. He hablado con él”. Le pido pelos y señales de la conversación.
— Don Luis, ¿tiene un minuto para hablar?” —pregunta asomando la cabeza por la puerta del despacho.
Claro, cariño. Pasa y siéntate—, responde él empalagoso—. ¿De qué se trata?
Iré al grano, jefe —arranca nerviosa— Es injusto que cobre menos que mis compañeros hombres haciendo idéntico trabajo y quiero que lo resuelva.
El tipo, con una sonrisa burlona, no dice nada, sólo sonríe.
—Y en adelante, ni se le ocurra manosearme. ¿Le queda claro? Ni necesito sus piropos.
Toñi sale del despacho, respira hondo y arde en deseos de hablar conmigo. Antes de colgar, me llega al corazón.
—Papá, cuídate mucho, pues creo que el viaje a Egipto tendrá que esperar.
#hombresyalgunasmujeres.


miércoles, 2 de enero de 2019

Benigno


Cada noche, Benigno se acicala, a su manera, para conquistar la calle. Cada noche, armado solo con unas manos arrugadas, se gana la vida recorriendo el barrio. Benigno, a escondidas, rebusca en los contenedores y mete en una bolsa de lona la comida a punto de caducar. De cuando en cuando, si tiene necesidad de fumar, pide tabaco con educación a algún transeúnte, que le devuelve una mirada desconfiada y le niega el favor.
Benigno, sesenta recién cumplidos, se aloja en un mundo de miseria arrastrado por las circunstancias adversas. Un mundo que no siempre fue así. En estos días festivos, de guirnaldas, villancicos y buenas intenciones, de mensajes azucarados deseando felicidad, Benigno observa su envejecido rostro reflejado en cualquier escaparate y se pregunta qué hizo mal, y, sobre todo, hasta cuándo durará el castigo del destino. Benigno no quiere estar triste —siempre fue de sonrisa fácil— y tararea la misma canción, la que enamoró a su esposa, su difunta Carmen, mientras se afana en la búsqueda de sustento.
Cuando la madrugada progresa y las luces de la ciudad palidecen, vuelve al punto de partida, ordena con mimo las cajas de cartón donde expone su pobreza y se acurruca en ellas obviando el frío. Engaña al estómago con lo adquirido y al poco se deja vencer por el cansancio, mientras piensa en las vueltas que da la vida y en los regalos de Reyes para sus hijos no nacidos.
Y entre sueños, sin perder la sonrisa, Benigno dibuja un nuevo día.
#cuentosdeNavidad