Lucas, mastín del Pirineo de pelo cano, ya no
corre sino trasiega de un lado a otro. Pasa las jornadas el animal rozando el
lomo contra las lápidas o retozando sobre los hierbajos de las lindes. De vez
en cuando queda inmóvil, observando el infinito, y revive los días con su amo,
don Lorenzo. Apenas ladra, de lo muy mayor que está. También lo estaba don
Lorenzo, reputado jugador de truque, conocido en los comarcales del siglo anterior.
Interminables eran sus partidas a la sombra del casino, con Lucas tumbado a los
pies, desperezándose éste de tarde en tarde y alzando las orejas al oír cantar victoria.
Primero cayó Cipriano, el barbero —un cólico
miserere, dijo el galeno— y hubo de
buscársele sustituto en el tapete. Ahí no paró la maldad, pues no transcurrido
un mes feneció Remigio, el sacamuelas, de neumonía también diagnosticada por el
matasanos. Descabaladas las parejas, desatados los rumores, don Lorenzo temió
por el resto y por sí mismo, no era para menos. “El diablo se ha instalado en este
lugar”, propagaron las agoreras voces que siempre las hay. “Y elige entre los
viejos para rellenar el infierno que se ha quedado vacío”, creyeron los moradores
del valle.
Cuando murió Longino, no mucho después, quedó
convencimiento de la maldición y de que don Lorenzo, el último abuelo del lugar,
tendría los días contados. Mas pasaron los meses y no hubo más fallecimientos.
La gente se alegró de la suerte del anciano, atribuida a un pacto secreto con
el demonio a cambio de ‘mostrarle sus cartas’. Su hora llegó al cumplir 100
años. Y Lucas apenas ladra, de lo muy mayor que está, aunque eche en falta a su amo.