Paperblog

lunes, 12 de octubre de 2020

Adiós

 

Nos fuimos cuando las yedras tapaban las fachadas abandonadas y las piedras se ennegrecían de tristeza. Dejamos el lugar de la niñez, de los ardores de juventud, de decenas de manos encallecidas, mientras se agrandaban los surcos de una tierra yerma y estéril, a la que el hombre de la edad moderna niega el sudor. Dejamos el lugar para escapar del silencio que hiere y mancilla sin piedad. Partimos antes de borrarse el recuerdo de un pasado escrito sobre las lápidas del cementerio, donde descansarán nuestros huesos de regreso el día menos pensado.

Dejamos las calles donde transitan ahora los fantasmas del orgullo campesino, donde los pasos se pierden entre rincones desconchados, donde no quedan sonrisas en este siglo. Salimos con la mente ofuscada y el corazón inundado de dolor, dolor por un pueblo que clamaba auxilio sin que nadie atendiera su súplica. Buscábamos el futuro lejos de aquí.

Marchamos acompañados por la añoranza de un pasado mejor, de una infancia sin estigmas. Éramos ingenuos, éramos inocentes, demasiado inocentes. Éramos felices… a nuestra manera.

Y al contemplar el cartel de letras desgastadas, casi borradas, con la línea roja cruzándolo de parte a parte —la frontera que separaba el ayer del hoy—, un baño de lágrimas resbaló al unísono por las mejillas. Ni siquiera miramos atrás, sintiéndonos prisioneros de una traición.

Sólo dijimos “adiós, pueblo amado”, vacío de sus gentes, vacío de esperanza. Sólo dijimos adiós.     

 #historiasrurales



 

jueves, 6 de agosto de 2020

A donde llevan los sueños

Llegas temprano porque te pueden las prisas. Te consumen los nervios, incontrolables pese al transcurso de los años. Y te sientes mal. ¿Acaso es la primera vez? Siempre es como la primera vez, te respondes tú mismo, de ahí surge la inquietud. Has dormido poco o nada. Con este calor es imposible enlazar un par de sueños. Y eso que diste varias cabezadas en el sofá después de la cena. Sonríes por debajo de la mascarilla al recordarlo, consciente además de que nadie a tu alrededor sabrá que no te has afeitado, como si eso fuera importante. Los presentes parecéis personajes sacados de una novela de espionaje, un conjunto de ojos que miran de un lado para otro.

Como has llegado pronto, te da tiempo a serenarte —esta vez no se te escapa— y a echar a volar la imaginación. Y entonces piensas en la playa, o mejor aún, en el barco que te llevará a la isla donde aguarda la mejor playa del país. Sin agobios, sin extranjeros, sin riesgo. ¿Sin riesgo? ¡Bueno! Ves revolotear a las gaviotas a su alrededor como si se tratara de tu escolta personal. Escuchas la sirena del barco y te suena a música celestial. Te sientes flotar sobre un mar de espuma blanca que huele a salitre.  ¡Qué ganas de vacaciones!  

Regresas al presente cuando ves acercarse una luz que te resulta familiar y con el sonido incorporado, cada vez más agudo según se aproxima. Leíste alguna vez, no sabes dónde, que en ese momento el viajero siente una especie de hormigueo que le recorre el cuerpo de abajo a arriba y se mantiene hasta acceder al transporte. Entras y por un acto reflejo te contemplas en el cristal de la puerta. Son apenas unas décimas de segundo que te sirven para revisar tu aspecto. Todo en orden, te dices. Y prosigues en busca de asiento, como el resto de acompañantes. “Esto en mi descapotable no pasaría”, comentas por lo bajo tirando de ironía. Encuentras tu sitio y aguardas a que aquello se ponga en marcha. Tarda unos minutos que se hacen eternos, pero te sirven para pensar en positivo. Otro sueño.

Estás arriba y el corazón te arde. Te recuestas sobre el manillar y estiras los dedos enguantados y medio dormidos. Desde allí divisas un paisaje verde que cubre todo el valle. Te ha costado alcanzar la cima —el puerto se las trae— pero ha valido la pena. Te ves en forma, como el chaval, exageras, que se atreve con todo sin reparar en los peligros. “Ha sido buena idea esta escapada en bici”. Felicitas a tu cerebro, que te ha ayudado a coronar el alto, aunque te queda afrontar la vuelta, el descenso. Y amenaza lluvia, ojo, y entonces el firme se pondrá resbaladizo. Le dices al cerebro que adelante, que no hay tiempo que perder. Y comienzas a bajar con más miedo que vergüenza.

El ruido de las puertas al cerrarse te saca del atolladero —deberás inventarte un final más adelante— y todo indica que arranca la aventura. Sí, tu aventura diaria del viaje en metro. Miras el reloj. Son las seis y media de la mañana.   

#historiasdeviajes

 


lunes, 22 de junio de 2020

El mejor piloto del mundo


Andaba yo un poco distraído ese día. La noche antes había completado al fin la temporada última de Juego de Tronos y en consecuencia la fatiga se había instalado dentro de mi cuerpo. Por si fuera poco, mi compañero de curro me había pedido cambiarle el turno por no recuerdo qué motivo: una boda o un bautizo, qué más da. Así las cosas, una jornada más tomé posesión del Toyota Prius, el vehículo que se había convertido en mi vivienda habitual —me dan ganas de hacerlo constar en la próxima declaración de la renta—, dispuesto a quemar ruedas y sumar carreras por la capital. Me aguardaban al menos ocho horas, con alguna que otra escapadita para estirar las piernas, orinar, echar un pitillo y cumplir con la ordenanza laboral, que no están los tiempos para infracciones con derecho a multa.
Mientras aparecía el primer cliente —en la fila de la estación de autobuses— me puse a pensar en cuál sería el mejor piloto de carreras de la historia. Una idea como otra cualquiera porque de un tiempo a esta parte, desde que me dejó Sonia hace ya tres meses, me había dado por recuperar la afición juvenil por la Fórmula 1 que me llevó  a ser, pienso, un buen conductor. ¡Ay, aquellas interminables sesiones de F1 con la Play Station! Dudaba en mis elucubraciones entre los desdichados Ayrton Senna y Michael Schumacher cuando entró el primer pasajero.
—Buenas tardes, señora ¿adónde vamos? —le pregunté con exquisitos modales tirando de protocolo.
—Al infierno —respondió concisa —que me apetece conocer al diablo.
—Por dónde quiere que vayamos —le seguí la corriente—, ¿me indica usted el camino?
—Coja la ruta más larga, que no tengo prisa ni dinero.
Aquello me puso en guardia y retorcí el gesto. La mujer vestía blusa y pantalón a juego, le resaltaban unos colgantes en forma de estrella y el cabello, teñido, parecía de peluquería reciente. Es decir, no daba la impresión de ser pobre. Por el retrovisor le lancé una mirada de contrariedad que enseguida percibió al cruzarse con la suya.
—Señora, lo lamento, pero si no abona el trayecto, deberá apearse. Puede pagar con tarjeta si lo desea.
—En mi vida he utilizado tarjetas, muchacho —contestó malhumorada.
Durante los minutos siguientes entablamos una discusión con intercambio de frases que fueron subiendo de tono por culpa de la cerrazón de la mujer. A todo esto, la fila de compañeros se había alargado y comenzó una sinfonía de claxon que no ayudaba a calmarnos a ninguno de los dos.
—¡Por Dios, señora, salga del taxi! —le rogué desesperado.
—No me hable de Dios, mendrugo —exclamó fuera de sí.
Por fortuna, la presencia de una convincente policía municipal resolvió el asunto y la mujer que quería irse al infierno marchó —espero que allí—, no sin antes golpear con saña la luna trasera del taxi. Empezaba bien el día. Con bronca, sin moverme del sitio y tratando de dirimir entre Senna y Schumacher, a los que sumé a Niki Lauda. También había oído hablar de un tal Fangio, pero me quedaba lejos, así que tendría que documentarme. Enseguida aparecieron los siguientes pasajeros: una pareja de edad mediana. Repetí el saludo nada más acomodarse la mujer.
—Por favor, a Valladolid —dijo con voz afligida. El hombre se situó enseguida a su lado.
—¿A la Avenida de Valladolid? —pretendí aclarar antes de arrancar el motor.
—No, no, a Valladolid, a la ciudad de Valladolid —replicaron casi a la vez.
No pude por menos que extrañarme.
—Entendido. Por mí no hay problema, señores, pero sepan que ir a Valladolid les va a costar un buen dinero. ¿No han pensado en el tren o en el autocar de línea?
—No hay tiempo. Cueste lo que cueste. Y dese prisa, por favor.
—Perfecto, pues vámonos.
Esa carrera me salvaba la recaudación del día y me ocuparía unas cuatro horas, entre ir y volver, así que lo di por bien empleado. Puse buena cara y partimos con rumbo a las afueras. No habíamos salido de Madrid por la A-6 cuando oí gemidos atrás. Los dos lloraban.
—Perdonen, ¿puedo ayudarles? —me atreví a abrir la boca.
—Lo siento, no queríamos llamar la atención —respondió el hombre, algo más sereno— Vamos de entierro.   
Entonces comprendí las circunstancias y, sin más, me centré en la conducción mientras aquellas dos personas vestidas de negro riguroso mantenían el gesto compungido. En medio del silencio sólo acompañado por algún suspiro que otro, la curiosidad creció en mí hasta el punto de que opté por insistir.
—Les acompaño en el sentimiento. Algún familiar, imagino. ¿Son ustedes de Valladolid?
Fue como si no lo hubieran escuchado pues ninguno lo aclaró. “Maldito kamikaze”, me pareció oírles decir.
—Antes del cementerio pararemos en otro sitio. Ya le avisaremos.
Centrado en la conducción, lo siguiente que recuerdo es una luz cegadora y como si se produjera un salto en el tiempo. Mis manos sujetaban un volante distinto, más pequeño y con botones de varios colores. Me sentía encajonado, pero a gusto. Me percaté de que llevaba puesto un casco, guantes recortados y un mono rojo repleto de pegatinas. Una tras otra, fui metiendo marchas hasta perder la cuenta: quinta, sexta y séptima. Aquel bólido volaba por el asfalto. Durante un instante observé en el cuentakilómetros una cifra: 325 km/h. Y aún podía ir a más. El paisaje desfilaba ante mí de manera desenfrenada. Me sentía un privilegiado a los mandos del coche más veloz del circuito, adelantando a todos los rivales. Estaba en carrera, rumbo a una meta imaginaria. Y me aguardaba la gloria.
No sé cuánto tiempo después, reconocí el Pisuerga a lo lejos —he estado varias veces en Valladolid— y aminoré la velocidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Llegar hasta la ciudad castellana a toda pastilla resultaba una temeridad, pero podía más la idea de proseguir. Pasé de largo desde la Autovía de Castilla hasta la VA-20 y me detuve sin saber el lugar concreto. Salí del coche ligeramente aturdido, miré a mi alrededor mientras recuperaba el aliento, pero encantado de haber tenido en mis manos un Ferrari. ¡Qué pasada! me dije.
El cementerio del Carmen, el destino de mis pasajeros, quedaba a unos metros. De ellos, la pareja de atrás, no había ni rastro. Deduje que habrían entrado con suficiente antelación al entierro. Ni siquiera reparé en si abonaron el trayecto. Aún perplejo, me invadió una sensación rara, una mezcla de orgullo y arrepentimiento.
Mientras asimilaba lo ocurrido —me aguardaba el regreso a Madrid—volvieron las dudas: ¿Senna, Schumacher, Lauda…?
* Finalista en el 5º Concurso de Relatos Cortos Deportivos 

viernes, 5 de junio de 2020

Comerciales


No paran de preguntar por mí los comerciales que ofrecen contratos de luz y gas con tarifas de ganga. Mi mujer, todo un ejemplo de educación y paciencia, no sabe cómo quitárselos de encima. Yo le hago gestos pidiéndole que sea más dura, pero ella no se da cuenta. Les pone mil excusas que no les convencen de que desistan. Llaman todos los días, a cualquier hora, siempre con la misma cantinela. Hoy, por fin, he descolgado el teléfono y me he desahogado a gusto. Al acabar, he oído la voz serena de mi suegra: “¿Se puede poner mi hija?”.
  
* Microrrelato presentado al concurso Relatos en Cadena (REC) con la frase de inicio 'No paran de preguntar por mí'


lunes, 11 de mayo de 2020

Acordes

En aquel lugar donde habitan mis recuerdos, recordé los acordes de las canciones con que nos martirizaba cada tarde el vecino de arriba. Un tipo poco cuerdo que un día le dio por colgarse de la lámpara con una cuerda. En la comunidad acordamos un minuto por su eterno silencio.
#DesescaladaResponsable

#amarillo

miércoles, 6 de mayo de 2020

Juliana


Se levanta siempre a la misma hora y sube la persiana de la cocina hasta bien arriba. Mientras prepara el desayuno, tararea alguna canción, ajena a cualquier otra consideración. Desde mi ventana, al otro lado del patio, la veo mojar las galletas en el café con parsimonia, temblorosas las manos al sujetar la taza. Sus dientes blanquecinos se me antojan postizos, una suposición como otra cualquiera. Me gusta su manera de observar calmado, como si el tiempo no tuviera razón de ser para ella. Observa con unos ojos desgastados pero vivaces, que indican los muchos años transcurridos por su cuerpo. Eso me hace reflexionar sobre porqué a su edad no caben las prisas ni en el quehacer ni en la soledad. Porque vive sola, circunstancia que descubrí al principio de la pandemia, cuando las medidas de confinamiento nos abrieron las puertas de los vecinos. No había hablado con ella antes, distraída entre mis ocupaciones y mi desinterés por la comunidad a la que he llegado hace poco más de un año. La ciudad nos alejó de lo que tenemos tan próximo, razono ahora medio arrepentida, que ha tenido que aparecer un virus para darnos cuenta.
Levanta la persiana  y me digo que bien podría ser mi abuela, que en paz descanse, o la abuela de Carlos, mi pareja, a la que tampoco pude conocer. Una abuela como las de antaño, dedicada desde siempre a las labores de ama de casa, o como las de épocas recientes, o sea cuidadora de nietos y sostén de los hijos en paro gracias a una mísera pensión. ¡Ay, la crisis de 2008! ¡Cuánto dolor a golpe de pobreza!  ¿Qué clase de vida habrá llevado esa mujer? me pregunto. Se llama Juliana —lo he visto en el buzón, donde aparece junto al nombre de Juan— y supongo que debe ser viuda. Le calculo más de ochenta años, lleva el pelo teñido por donde asoman las canas, recogido en un moño, y viste colores alegres, nada que se le parezca a un luto.
Desde hace un par de semanas, conversamos de ventana a ventana. El primer día me lanzó una sonrisa y yo se la devolví. Como el que no quiere la cosa, comenzó a interrogarme por mi vida. Que si estoy casada, algún hijo, qué profesión tengo, si me gusta cocinar, si salgo a comprar… Es una mujer curiosa, desde luego, pero transmite confianza. Le respondí a todo sin darme tiempo a yo preguntarle. Ahora ya sé más de ella. Juliana está separada —asegura que hace años que no ve a su marido, que cree que vive en otra ciudad— pero lo lleva bien. Su único hijo le trae comida y lo que necesita una vez por semana. “Juanito es un buen muchacho, que conste, pero nunca me gustó mi nuera”, confiesa bajando la voz, como si estuviera desvelando un secreto.
No echa de menos la calle, aunque me promete que saldrá a pasear un día de estos y me ofrezco a acompañarla. “Eres un encanto”, responde agradecida. Ayer me contó que ha sido matrona durante cuarenta años hasta la jubilación y que ha visto nacer a miles de niños. “De todos los colores”, bromea. “Con estas manos que ahora no podrían sujetar un bebé he ayudado a esas mujeres a dar a luz. Nada hay comparable a esos momentos, te lo juro”, añade con la seguridad de muchos años de experiencia. “Me va a hacer llorar, Juliana”, le reprendo con mi sonrisa más sincera. “Ni se te ocurra, mi niña, espérate al parto”.
Y entonces me pregunto cómo sabe Juliana que acabo de quedarme embarazada. Y yo misma me respondo: porque es una extraordinaria matrona. 
#NuestrosMayores



sábado, 18 de abril de 2020

Santa Justa


“Ya ha sido suficiente”, fue mi reacción inesperada. ¿Podría así convencerme de que el destino había dicho basta para escribir esta historia? Una historia que arranca cuando obtuve plaza de profesora en un instituto de Sevilla y alquilé un piso con vistas al parque de María Luisa. Un piso pequeñito, con un solo dormitorio, pero luminoso. Acostumbrada al pueblo, me costaba adaptarme a tan reducido espacio, así que cada tarde, al salir del trabajo, adquirí la costumbre de acercarme a la estación de Santa Justa dando un paseo para hacer tiempo.
El trasiego de viajeros con sus equipajes de un lado a otro, la megafonía anunciando la salida y llegada de trenes y la presencia agobiante de carteles publicitarios debieron trastocar mi cerebro, pues me dio por sustraer maletines a ejecutivos despistados, proseguí con maletas de menor tamaño y continué con maletas para largos recorridos. ¡Cielos, cómo disfrutaba con el riesgo y la impunidad de vuelta a casa! Cuando se llenó el dormitorio pasé a ponerlas en la cocina, el baño y el salón.
Ahora apenas queda espacio para moverme y el confinamiento me mantiene encerrada entre estas cuatro paredes. Y he comenzado a creer que llevo el virus dentro. 
* Relato presentado al blog Esta Noche Te Cuento Tema: coleccionismo
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viernes, 10 de abril de 2020

Entre cartones


Aunque parezca extraño, hay momentos en que echo de menos el cajero. Un día más aquí, un día menos allí, me digo con añoranza. Y no es porque nos traten mal, sino todo lo contrario. Ayer mismo hubo música y baile para agradecer al personal lo que está haciendo por nosotros, los sin techo, en este amplio pabellón que a ratos, en mi desvarío, me recuerda a un campo de concentración o de exterminio. No quiero ponerme pesimista, pero comprenderán que cuesta.
Echo en falta los cartones, mi par de mantas del pasado invierno, las litronas y hasta el humo de los coches circulando a unos pocos metros. Aquí no pasamos frío ni falta comida, pero noto en las miradas de los colegas un aire triste. Flota en el ambiente una sensación de nostalgia de la calle que se contagia. Yo, sin ir más lejos, llevo siete años deambulando de aquí para allá por la ciudad. ¡Puta crisis! Me he alojado en soportales, bajo escaparates, en parques públicos y la pandemia me ha pillado en un banco nacionalizado. Acostumbrado a la soledad, a escatimar palabras, a desconfiar del compañero de fatigas que te quiere birlar el hueco, aquí me encuentro desubicado, pese a las semanas transcurridas. 
No hay disputas por la comida ni por el aseo. Nadie se queja en voz alta, tal vez sólo para sus adentros. Nunca asistí a tanta camaradería en mi desdichada existencia. En realidad, pienso que es el miedo el que provoca esta plaga de solidaridad entre el gremio de los sin techo. Miedo a caer, miedo a ser el próximo, miedo, en suma, a perder lo único valioso que nos queda: la vida. Una vida que, por muy asquerosa que sea, no queremos dejar. Nunca me perdonaría, bromeo conmigo mismo, que un virus te venza. “Tú no has nacido para esto”.
A diario salimos a las ocho a aplaudir a los sanitarios, a los policías, a las limpiadoras, los transportistas, las cajeras de supermercados, los reponedores, los cocineros y todas esas personas que están trabajando para nosotros. Y en especial, a nuestros cuidadores. El otro día, uno de ellos, un médico jubilado, se dirigió a mí. “Tú también eres un héroe”, me dijo con la voz temblorosa a punto de la lágrima. “Hago lo que puedo, doctor”, farfullé. Poco faltó para besarle.    
Es todo tan distinto. Anoche vi en la televisión a un chico que decía estar viviendo en la Plaza Mayor de Madrid. Explicaba que le han despedido y no tiene ni para el alquiler, así que ha decidido instalarse allí, en esa emblemática plaza. Lo escuché embobado cuando afirmaba que poco a poco se está haciendo al lugar, un lugar que la cámara mostraba completamente vacío.  Me dieron ganas de pegarme al aparato y decirle: “Me voy contigo ahora mismo, chaval, hazme sitio en el soportal”. Pero no lo hice. Callé y me cobijé en la silla renegando de mi cobardía.
Es la hora de la cena.
#NuestrosHéroes


lunes, 6 de abril de 2020

Una vida nueva


Se llama Esperanza. Tiene los ojos grandes, el cabello negro, aunque escaso, y las manos diminutas. Es una valiente, pues sólo los valientes se abren paso en circunstancias adversas. Ella lo ha conseguido, salvando dificultades, con la ayuda de unos profesionales que se esfuerzan a diario en los hospitales. Ojalá pudiera estar a su lado, abrazarla y besarla. Ver sus ojos grandes, su poco pelo negro y estrechar sus manos diminutas. Conocerla.
Ha nacido cuando el mundo sufre, cuando la gente llora y aplaude, cuando un virus —ya sabrá lo que es dentro de unos años —nos tiene confinados en casa y todo es distinto desde hace nada, apenas dos meses. Esperanza ha nacido cuando el miedo se cuela por las ventanas, cuando salir a comprar es una aventura, cuando la población se queda sin trabajo, cuando las abuelas como yo se mueren solas. Cuando el futuro pinta oscuro.
Está aquí y lo celebro hasta emocionarme a moco tendido. Los viejos somos así, tenemos la lágrima fácil. Es una heroína, es mi nieta. Como lo es también su madre, hija mía, a la que estoy deseando mandarle un millón de besos por el teléfono. Como leí el otro día, a lo mejor Esperanza ha llegado para que todo sea menos malo.
#NuestrosHéroes



lunes, 30 de marzo de 2020

Testigo


Prometo renacer entre las ascuas cuando la noche dibuje destellos imprecisos y las llamas apuren sus últimas esperanzas. No existen las heridas, no existe el dolor, sólo hay imágenes envueltas en rojo y pasión. Siento cómo el calor desaparece de mi cuerpo, percibo una sensación placentera que no acierto a saber de dónde procede. Da igual.
Me siento vivo, feliz, trascendente, y eso me colma de energía. Veo más fuegos, cánticos, alborozo. Escucho risas contagiosas, besos sumergidos en la arena, brazos salpicando el agua. Palpitan los corazones, mientras rompe el mar sobre la abarrotada orilla.
Es noche de luces centelleantes, luces que se cobijan entre las sombras y los claroscuros. Noche de San Juan, la gran noche. Sí, noche de San Juan. La más larga, la más festiva. Y al amanecer, cumpliendo la promesa, renacido, me veréis partir con la sonrisa amplia, la mirada sincera y el sueño aplazado. Y volverá el silencio.    


* 3º Premio del VII Concurso de Microrrelatos Fogueres de Sant Joan Port D'Alacant 2020

domingo, 29 de marzo de 2020

Solteros

Él ya estaría tomándose un daiquiri en el Malecón, esperando el amanecer junto a una bella mulata, mientras suena una y otra vez el estribillo en la vieja radio: “Hasta que se seque el Malecón, hasta que se seque el Malecón”.
Lo imaginaba con los ojos encendidos, rodeándola por la cintura y una sonrisa cómplice de satisfacción en la foto que nos enviaría a los compañeros. A saber cuándo vuelve.
Y pensar que yo, soltero y sin compromiso, tendría que haber viajado en su lugar. ¡En qué hora se me ocurriría coger el coronavirus!
* Concurso microrrelatos 'Viajes encadenados' del Club de Escritura Fuentetaja

sábado, 28 de marzo de 2020

Desengaño

El veintidós ya es historia desde hace exactamente cinco segundos, justos los que he necesitado para lanzar tu maleta por el balcón. Supongo que la tendrías preparada para largarte con él, ese tipo de pelo teñido al que asoman las canas por el pescuezo y modales refinados que me presentaste como tu nuevo jefe. Imagino que vuestro destino será París, la ciudad del amor, alojados a orillas del Sena. No siento rencor, ni siquiera odio, sólo me culpo de no haberme dado cuenta antes. Veintidós años de matrimonio, sí, para que tu marido se líe con un francés.

* Concurso de microrrelatos 'Viajes encadenados' del Club de Escritura de Fuentetaja

viernes, 27 de marzo de 2020

Si lo dice la abuela

A esta gatita aún le quedan muchas vidas por vivir, dijo la abuela en presencia del resto de la familia. Papá la miró con ojos desorbitados y mamá sólo hizo una mueca de aprobación. Mi hermana y yo nos cruzamos unas sonrisas cómplices. Nadie se atrevió a pronunciar palabra. En realidad, estábamos todos de acuerdo, así que proseguimos la cena sin más. Al concluir, le dimos un par de besos y regresamos a la abuela al ataúd.

* Concurso de microrrelatos 'Viajes encadenados' del Club de Escritura Fuentetaja

jueves, 26 de marzo de 2020

Toda una vida

Pensé mientras el coche se lanzaba contra el muro que no era una mala forma de morir. Seguro que las hay mucho peores, me consolé. Tal como había leído en diversas ocasiones, durante esos momentos te da tiempo a ver pasar ante ti, a cámara súper rápida, toda tu vida. La mía duró apenas cinco segundos y había sido una mierda, concluí, pero era la mía, qué carajo. Así que antes de chocar, apreté el botón de propulsión del asiento del descapotable.

* Concurso de microrrelatos Viajes encadenados del Club de Escritura Fuentetaja 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Detective

Lástima que no haya billetes para maniquíes, hubiera sido más fácil, pensó mientras sujetaba el arma escondida en la gabardina. Se ajustó el sombrero y volvió a echar un vistazo a la estación repleta de viajeros. Aquello era como identificar a un chino en una rueda de reconocimiento.
—Maldita sea, ese tipo sabe como escabullirse— lamentó antes de deshacerse del cigarrillo consumido entre sus labios.
Cuando la megafonía anunció la salida del tren con destino a Londres corrió hacia la taquilla. Su olfato de viejo detective le decía que debía cogerlo, al menos podría comprar una petaca en Camden Town.
* Concurso microrrelatos 'Viajes encadenados' del Club de Escritura Fuentetaja

miércoles, 19 de febrero de 2020

Sonrisa

Cuando Cantalejo contempló el cadáver calcinado e irreconocible que reposaba entre los neumáticos también chamuscados, comprendió que se hallaba ante un nuevo caso para su colega Gerard. Lo había descubierto un ciclista despistado de su ruta, al que sorprendió un aguacero de principios de verano, de los que suele haber en esta época por acumulación de calor. El hombre, algo aturullado, no supo dar detalles precisos del hallazgo durante el interrogatorio del veterano policía.
Cuando Ana Simarrosa, que así se llamaba la víctima, fue enterrada, tan sólo acudieron al acto tres personas: su madre, Cantalejo y Gerard. Ni siquiera la esquela publicada en un periódico local tuvo repercusión. ¡Y no quedaba tan lejos! Ana Simarrosa era una atractiva mujer sin profesión concreta que servía copas en un bar de alterne, donde cada noche, de martes a domingo, se congregaban personajes de baja estopa y diversa calaña. Coincidieron los testigos que la trataron en que la camarera siempre iba muy arreglada, incluso demasiado para el lugar. Ni alta ni baja. Ni rubia ni morena. Eso sí, con carácter y simpática, dijeron. Ana se desenvolvía bien tras la barra, manteniendo a raya a los pervertidos que intentaban acosarla. Le sobraba genio. Uno de los clientes aportó la pista clave para avanzar en la investigación. Su boca. “Tenía unos preciosos dientes nacarados”. Y muy risueña, vino a detallar. Atando cabos, Cantalejo fue desgranando su curriculum hasta tener casi completa la ficha.
La asesinaron un 24 de junio, festividad de San Juan, aunque esto fuera lo de menos. Gerard, un eminente dentista forense no sólo a juicio de Cantalejo, recurrió a sus capacidades para la identificación. Como tantas otras veces, resultó infalible. Aquellos dos incisivos centrales superiores contenían la verdad y le sirvieron para rastrear en los registros dentales de las clínicas y hospitales más próximos. Cuando parecía que la investigación se encallaba, saltó la liebre. Ana Simarrosa era paciente del doctor Gutiérrez, en cuya clínica se guardaba el historial odontológico de la fallecida. Pero había más. “También era su amante”, le reveló la auxiliar al despedirse. Una relación secreta que derivaba las sospechas hacia la esposa, con motivos para vengarse de la querida del marido por una infidelidad que era conocida en su círculo.
Esa noche de junio, cuando la asesinaron, no hubo lluvia, sólo hogueras. Bastó que el asesino rodeara su cuello con fuerza desmedida y apretara hasta dejarla inconsciente. Luego procedió a quemar su cuerpo, que se retorció hasta convertirse en un amasijo. Lo descubrieron lejos del bar y la autopsia determinó que llevaría allí unas 72 horas. Identificada la víctima por sus dientes, dar con el autor no se demoró. El día del funeral, el doctor Gutiérrez se acercó a la madre para darle el pésame. Compungido, le dirigió unas palabras que Cantalejo pudo oír.
—Siento mucho lo de su hija. Nunca olvidaré su preciosa sonrisa.
Esa misma semana, la auxiliar del doctor fue detenida y acusada de perpetrar el crimen.
—No soportaba su sonrisa mostrando los dientes— confesó. 


* 1º Premio Concurso de Relato Corto de Gaceta Dental 2019