Era un muchacho idiota, atolondrado y lenguaraz, al
que le importaba poco lo que sucediera a su alrededor. Vivía ajeno al mundo, un
mundo que quería comerse porque, eso sí, nunca le faltó ambición. No hacía caso
a nada ni a nadie, comenzando por los padres, de los que pensaba que no sabían
de la misa a la media. Los tenía por ignorantes, mientras que él era el ser más
inteligente de la tierra. Iba a clase con la suficiencia del joven que se
siente el centro del universo y no necesita lecciones ni consejos, por
descontado.
Pero un día sucedió algo terrible. Sucedió a sus 16
años y aquello le cambió el rumbo a su existencia. De la noche a la mañana, se
encontró con una pared enfrente que debía escalar, sí o sí. El suicidio de la
madre le pilló a contrapié —nadie espera algo así, por muchos casos que se
analicen— y tuvo que asumir una responsabilidad inédita. Se convirtió en el
hijo mayor que debe ejercer a la vez de padre y madre de sus hermanos, al
tiempo que asumir otras obligaciones que ni se le habían pasado nunca por la
cabeza. Aquello le hizo fuerte y le dio otro sentido a su vida. Le perdió el
miedo porque convivió con la muerte, la sufrió tan de cerca que se dijo que
nunca se dejaría arrastrar por ella.
Y así transcurrieron los años, hasta que apareció el
cáncer, una enfermedad que asusta y no se cura, sólo permanece dormida. Cuando
lo supo, pensó que era un reto, otro más, en su vida. Y como tal lo afrontó,
como cualquier otro tal vez, pero siempre firme. A veces se levantaba creyendo
que se estaba muriendo, pero otros días el mal le servía de estímulo. El cáncer
le ha ayudado porque no le concedió dramatismo. Al contrario, lo consideró una
anécdota más, algo poco importante. De algo hay que morir, incluso de cáncer,
bromea con asiduidad.
“Desde que naces empiezas a morir, comienza la cuenta
hacia el fin. Durarás más o menos, pero es tal cual. No me peleo con él,
convivo con él”, proclama a quien le escucha. Busca la normalidad, hacer las
cosas que hacía habitualmente. En un principio imaginó que la enfermedad le
cambiaría muchas cosas, pero no ha sido así. De hecho, se ha sentido más
creativo que nunca, pues ha sido para él una fuente de inspiración. Va al
gimnasio, compone, da conciertos, escribe, vive... Sus marcadores tumorales
están a cero, el cáncer descansa. Se ve bien, con pelo, y disfruta cada
instante.
En definitiva, disfruta y vive, así de sencillo.
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Relato
libre basado en la experiencia vital de Pau Donés.
#historiasdesuperación