Entré en la habitación del hotel a la hora fijada y te encontré sumergida
bajo un imponente disfraz de gigantes plumas rojas. Cada centímetro de tu
cuerpo estaba oculto por el llamativo aderezo. Un antifaz otorgaba más misterio
al cuadro. Raudo, me aproximé y con voracidad empecé a desplumarte, complacido
por el juego que me planteabas. La moqueta azul recibió una nevada de penachos.
Mis manos se afanaban en la tarea, febriles, pero cuanto más desplumaba, más
parecía haber. Fatigado, sudoroso, desguarnecido, mi cuerpo ofrecía seguramente
un aspecto deplorable, impropio de la situación. No me di cuenta, encelado en
la búsqueda del maravilloso tesoro. La noche se desvaneció igual que el
disfraz. Desconozco cuántas horas pasaron. Eso sí, al despertar, me encontré
con una pequeña bola de plumas entre las manos. Solté una, dos, tres, cuatro,
cinco, cientos, hasta que desaparecieron todas. Como tú, mi reina del Carnaval.
viernes, 8 de febrero de 2013
Mi reina del carnaval
Entré en la habitación del hotel a la hora fijada y te encontré sumergida
bajo un imponente disfraz de gigantes plumas rojas. Cada centímetro de tu
cuerpo estaba oculto por el llamativo aderezo. Un antifaz otorgaba más misterio
al cuadro. Raudo, me aproximé y con voracidad empecé a desplumarte, complacido
por el juego que me planteabas. La moqueta azul recibió una nevada de penachos.
Mis manos se afanaban en la tarea, febriles, pero cuanto más desplumaba, más
parecía haber. Fatigado, sudoroso, desguarnecido, mi cuerpo ofrecía seguramente
un aspecto deplorable, impropio de la situación. No me di cuenta, encelado en
la búsqueda del maravilloso tesoro. La noche se desvaneció igual que el
disfraz. Desconozco cuántas horas pasaron. Eso sí, al despertar, me encontré
con una pequeña bola de plumas entre las manos. Solté una, dos, tres, cuatro,
cinco, cientos, hasta que desaparecieron todas. Como tú, mi reina del Carnaval.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario