Permítanme que les cuente un secreto. Me encanta el tenis, lo practico
habitualmente y soy admirador de Rafa Nadal desde octubre de 2003, cuando la
organización del Master Series de Madrid de tenis le concedió una invitación (wild
car) para intervenir en el torneo. Tenía 17 años y era una promesa en ciernes
dentro del panorama internacional. Antes del debut, MARCA promovió unas
sesiones de entrenamiento con el joven jugador de carácter promocional, en las
que logré incluir a mi hijo, unos meses más pequeño que Rafa y también jugador de tenis,
aunque con notables diferencias de nivel.
Unos minutos viendo pelotear a Rafa con mi vástago y el trato exquisito
que tuvo con él me convencieron de estar ante un grande de este deporte.
Intuición o evidencia, el caso es que los hechos me han dado la razón, lo cual
tampoco tiene demasiado mérito. Mucho antes lo apreciaron los técnicos en la
materia, según iba acumulando trofeos en categorías inferiores y daba ya algún
que otro repaso a jugadores mayores que él.
Por si no lo recuerdan, les diré que en aquel torneo, Nadal cayó en la primera ronda
ante Álex Corretja, al que arrancó un set. Pero empezaba a forjar la leyenda.
Al margen de sus virtudes deportivas, reconocidas a través de los títulos y
galardones cosechados, en Rafa destaca el aspecto humano, la ejemplaridad con
que se mueve dentro y fuera de las pistas. Asegura en un libro autobiográfico
que nunca ha roto una raqueta de rabia y que nunca lo hará. Está educado en
ello. Le creo.
Han pasado más de nueve años desde aquel ‘descubrimiento’ del mejor deportista
español de la historia. Para mí no hay discusión. En este tiempo, Rafa ha
sumado 11 títulos de Grand Slam, 22 Masters Series y una ristra de récords que
han forjado su imagen de héroe del siglo XXI. Ha convivido con las lesiones y
ha salido indemne de numerosas adversidades. El paréntesis de siete meses que ha vivido para superar el problema de la rodilla izquierda se ha hecho interminable. Pero el regreso ha merecido la pena. Tres títulos y una final en cuatro torneos. 17 victorias y una derrota. El mejor arranque personal de una temporada.
De él destacan los expertos su
fortaleza mental y el espíritu de superación constante que atesora. Afronta
cada partido con el máximo respeto al rival, por mucha diferencia de ranking
que exista. Eso le hace ser respetado y admirado por los compañeros del
circuito. Los duelos con Federer ya son históricos y los que mantiene con
Djokovic, cada vez más frecuentes, van camino de ello.
Las victorias le han servido para encontrar nuevos retos y las derrotas, para
rectificar en los errores cometidos. No tiene el mejor saque, ni la mejor
derecha ni un gran revés. No se prodiga en la red ni domina la volea. En cada
faceta concreta hay otro jugador que le supera. Pero no hay, en el global, un tenista
con una mente tan privilegiada. Por eso el rey indiscutible de la tierra batida
también ha triunfado en las demás superficies. Y lo seguirá haciendo, ahí está el ejemplo de Indian Wells 2013.
Las imágenes del pasado año en París, al término de la final contra Djokovic,
tras conquistar el séptimo título en Roland Garros, conmueven y reflejan la
trascendencia personal de esa victoria. El abrazo con su tío Toni, un hombre de
mi edad, me llegó al alma. Tal vez me estoy volviendo demasiado sensiblero. O
tal vez sea que compartimos algunas similitudes. En cualquier caso, con la que
está cayendo, agradezco a Rafa las alegrías producidas por sus éxitos, aunque
sean a base de un buen puñado de horas ante el televisor. Un beneficio impagable que de nuevo se ha repetido en este mes de marzo. Rafa ha vuelto para quedarse entre los grandes. Que sea por mucho tiempo.
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