Un revés
paralelo a la red cierra la final de Wimbledon.
Un error de Roger Federer que supone
la victoria de Novak Djokovic por 6-7(7)
6-4 7-6 (4) 5-7 6-4, tras un pulso de 3 horas y 57 minutos. Un duelo épico,
magnífico, a la altura de dos tenistas elegidos para la gloria y que forman
parte desde hace ya años de la leyenda de este deporte. Una victoria que
proporciona a Djokovic su séptimo Grand
Slam y le devuelve al número 1 del mundo, desplazando a Rafa Nadal.
La Catedral asiste a un partido con
sabor, con aroma a excelencia, a Clásico.
Federer, que aspira a su octavo Wimbledon y establecer un récord, se bate como
lo que es: un genio. A un mes de cumplir los 33 años, aún sueña con agrandar el
palmarés, llegar al 18º Grande, ser
el mejor de todos los tiempos. Sin límites de edad ni de físico. Se lo discute
Novak Djokovic, un jugador excepcional, inagotable, versátil y descomunal en múltiples
facetas. Por ejemplo, en su capacidad de reacción, de voltear las situaciones
de riesgo, de revertir las dificultades para convertirlas en ventajas. Es el Nole que se sobrepone a la pérdida del
primer set cuando cuenta con dos puntos para lograrlo en un tie break al que se llega tras doce
juegos a todo trapo. Federer ataca y ataca, busca la red con insistencia. Es la
vieja táctica de un tenista que ha hecho de la elegancia, de la simplicidad, el
paradigma de un sistema que nunca debió pasar de moda. La grada le apoya, ruge,
le impulsa. La mayoría absoluta, de su lado. Y Nole contra los elementos. El
serbio, que ha perdido cinco de las seis últimas finales de Grand Slam, exhibe su espíritu
competidor. Un titán al que las caídas (dos en este partido que le afectan a
una cadera y a un tobillo) no arredran para escalar hacia la meta.
Con el encuentro
de su lado, a Federer le llega el primer bajón. Sabido es su congénita
dificultad para administrar las ventajas. Djokovic está preparado, espera la
primera ocasión, la primera bola de rotura. Le llega con 2-1 en el segundo set, tras una doble falta del
suizo, que da alas a su rival para encaramarse al andamio. La noria gira a
favor de Novak, más en su terreno, más
consistente desde el fondo, capaz de cruzar disparos desde ambas esquinas y
sacar a Roger de los límites, de hacerle golpear en carrera y no ajustar. El
partido se iguala. Han transcurrido más de 90 minutos y nos aguarda una
eternidad. Para degustarlo, admirarlo, asombrarse con estos dos tenistas
privilegiados.
El ganador de
17 grandes se agarra a su saque, a promedios de 190 kilómetros por hora. Sin
importar la duración ni el esfuerzo desplegados. Pero encuentra respuesta.
Nole, un restador prodigioso, le hace jugar los puntos, le exige. Un examen
continuo al que Federer responde sin pestañear, gritando suave, alzando el puño
con cada punto ganado. Así se llega a otra muerte súbita, donde un error inconcebible
de derecha (con 4-3 abajo) condena al helvético.
Djokovic ha remontado, está por delante, tiene la conquista de Wimbledon al alcance. Otro set y será
suyo.
Así se disputa
el cuarto parcial, donde los dioses
parecen confabularse con el serbio. Los puntos de más mérito corren de su
cuenta. Roger se evade del partido, pierde la táctica, se le escurre la final
de las manos. Djokovic se dispara a un 5-2 que anticipa un desenlace rápido,
casi lógico por lo que aparece en la pista. El público anima al maestro, quiere
más. Un milagro al alcance sólo de un gigante. Y Federer lo es. A Djokovic se
le cruzan los cables, se le paralizan las piernas, no tiene golpes ganadores.
Dispara a ciegas y se deja sobrepasar. Una bola de partido se le va al limbo
con 5-4 al resto. Ahí Roger juega
valiente, incluso accediendo a la red con un segundo saque. Cinco juegos consecutivos
le dan el cuarto set y la posibilidad de vencer. Un quinto set a todo o nada. O el 18º Grand Slam para Federer o el 7º
para Djokovic. Wimbledon en estado puro. Una final sólo comparable a la
disputada entre Nadal y Federer en 2008, también perdida por el suizo.
El duelo se disputa
entre las dudas por el físico de Djokovic (pide asistencia médica tras el
tercer juego, con 2-1 a su favor) y la menor efectividad de Federer con el saque.
Un punto de break con 3-3 para el suizo, que será número 3 del ranking a partir
mañana, puede cambiar el curso de los acontecimientos. Novak, agresivo,
arriesgado, decidido, lo enmienda. Y eso le da la energía necesaria para morder
a su presa en el momento esperado. Federer, sin primeros servicios, sin aire en
los pulmones, sin piernas para combatir los restos de Djokovic, se inclina por
fin en el décimo juego. Como está escrito, con un revés paralelo al clavo. Es
la derrota de un gigante frente a un enorme competidor. Novak Djokovic regresa al escalón más alto. La cuenta arranca de
nuevo: 102 semanas. Rafa Nadal, que defiende todo en la gira americana de
agosto (Montreal, Cincinnati y Us Open), ya tiene objetivo. Gloria al tenis.

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