El descenso a Segunda División
del equipo español de Copa Davis ha reabierto
la caja de los truenos. La polémica sobre la ausencia de los jugadores más
importantes de nuestro tenis se ha llevado consigo al capitán, Carlos Moyá, en su primer año al frente
de la selección. El mallorquín ha tenido un estreno fatídico, saldado con
sendas derrotas a domicilio ante Alemania
y Brasil, que han costado la categoría. Moyá ha renunciado al cargo y en cuestión
de poco más de una semana, desde ahora, la Federación Española tendrá que
decidir sobre el sucesor.
La primera reacción del órgano federativo, diplomáticamente eso sí, consistió
en resaltar su confianza en Moyá y ofrecerle la continuidad, que el ex tenista
declinó. Su convicción de que España necesita
un impulso para afrontar la renovación que se avecina y el peso de la familia
le han hecho alejarse del puesto para dar paso a otro. Juan Carlos Ferrero es uno de los postulantes más significativos.
El inicio de la reconquista (ascenso al Grupo
Mundial donde España ha permanecido 19 años) tendrá lugar frente al
vencedor de la eliminatoria Dinamarca-Rusia.
Será en cuartos de final, como visitantes, allá por el mes de julio, tras el
torneo de Wimbledon. Un largo
recorrido aguarda.
Carlos Moyá se ha encontrado con enormes dificultades como capitán de
Copa Davis. Sucedió a Alex Corretja,
que logró la permanencia el año anterior tras lograr el compromiso de Rafa Nadal en la eliminatoria decisiva
ante Ucrania, en septiembre, que se
disputó en la Caja Mágica de Madrid.
Nadal aterrizó en la capital de España con el trofeo del US Open bajo el brazo, pero con un cansancio notable. Aún así,
disputó el primer partido individual y formó el doble con Marc López al día siguiente. Sus triunfos, junto al de Verdasco, sellaron la confrontación por
la vía rápida. Corretja, ya
sentenciado pese a la victoria, le agradeció eternamente su gesto. Rafa, sin
embargo, no se mordió la lengua para criticar el sistema de competición, un
sistema que se antoja obsoleto y apenas despierta el interés del aficionado un
par de veces al año.
El calendario de competición de nuevo ha tenido mucho que ver en el
desarrollo de los acontecimientos para España. Además del factor cancha, que a
todas luces convierte a los jugadores españoles en rivales de menor entidad.
Ante Alemania faltaron Nadal y Ferrer,
lo que unido a la pista rápida, minimizó casi todas las opciones de victoria.
Emparejados por la permanencia contra Brasil,
el desplazamiento en septiembre otra vez supuso un drama para confeccionar el
equipo, tal vez incluso mayor que en otras ocasiones. Uno a uno, según confiesa
el propio Moyá, fueron rechazando su participación siete de los doce tenistas
españoles del top-100. Sólo Granollers y
Bautista accedieron. “No era lo que esperaba, y menos con el equipo a punto
de bajar a Segunda. Les entiendo, porque fui jugador, pero he visto lo difícil
que es montar la estructura para el equipo de la Davis, y eso me ha llevado a
tomar esta decisión”, comenta en la entrevista publicada en El País.
Con coartada o sin ella, el caso es que el equipo que afrontó la ronda
decisiva en Sao Paulo distaba mucho
de ser potente. Pablo Andujar, que
acudió a última hora por el lesionado Marcel, tuvo bola de partido contra Bellucci, que hubiera supuesto el 2-0
en la eliminatoria. Allí varió el rumbo y la suerte de España, abocada al
descenso con las derrotas en dobles y de Bautista en el cuarto partido ante el
número 1 brasileño. Un fracaso que supone el adiós durante al menos dos años a
cualquier aspiración de conquistar la Ensaladera.
El relevo generacional se presume inminente y necesario, lo que aumenta las
dificultades. Así se mueve en estos momentos el tenis español, con el río
revuelto a la espera de que se tranquilicen las aguas. Sin caer en el pesimismo
más profundo, más allá de Nadal y Ferrer se atisba un vacío que cuesta
rellenar. Moyá se resiste: “No creo que se haya acabado, pero cada año que pase
será más difícil ganar. Eso le interesa más al público que a los propios
jugadores, que tienen sus prioridades, sus campeonatos, su ránking”. E insiste en que jugar en casa es clave.
España, con la excepción de la final de Mar
del Plata, ha cimentado sus éxitos en cancha propia, un detalle
significativo. Unos tiempos de gloria que ahora se antojan ya lejanos.
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