Se
dejaba caer en el mismo banco, como si todo el peso fuera a reposar allí para
siempre. No había nadie más, nunca, en esa plaza mayor rodeada de soportales de
color sepia. ¿O tal vez fuera en blanco y negro?
De
vez en cuando se inclinaba hacia delante, en un gesto repetido, y miraba
insistentemente al suelo. Luego retrocedía, depositaba las manos en los
bolsillos del chaleco y removía los dedos haciendo chascar el aire. Sus ojos,
entreabiertos, apenas dejaban una rendija en la que pudiera adentrarse luz por
ellos.
Cuando
el sol espejeaba las piedras centenarias del consistorio, sacaba al fin las
manos de los bolsillos, liaba con especial esmero una papelina de tabaco y
simulaba volutas de humo inexistentes. Llenaba sus pulmones,
sostenía el aliento durante unos segundos y expulsaba gozoso una cadena de bocanadas
que acompañaba con la cabeza alta en su trayectoria hacia el cielo.
Así transcurría la mañana, entre efímeros dibujos. Hasta que el repiqueteo
de las tripas le indicaba la hora de partir. Y el pueblo desaparecía hasta el
día siguiente.
* Finalista en el II Concurso de Microrrelatos Hotel Montreal
No hay comentarios:
Publicar un comentario