Desde que nací, hace ya tres décadas, vivo
en un barrio en el que suceden cosas, algunas de ellas ordinarias y otras diría
yo que extraordinarias, y donde es un privilegio ser testigo directo. Por eso
me agrada transitar por sus calles y empaparme de sus historias. Somos como un
pueblo, donde los vecinos siempre están predispuestos a pasarse las horas
frente a ti con tal de que les prestes oídos. Será porque les gusta sentirse
importantes, sea verdad o mentira lo que cuenten. Claro que también hay medias
verdades y medias mentiras. Hoy les hablaré de uno de ellos, de un vecino
singular, que no es otro que el tío Facundo, con el que los chavales —siempre
crueles— gastaban guasa tras hacerse famoso el anuncio de las pipas Facundo. Al
tío Facundo poca gracia le hacía, pero encajaba las bromas con especial salero.
Ya jubilado, gustaba de andar el hombre solo por el barrio, ensimismado como un
filósofo en busca de una nueva teoría. Frisaba los setenta y cinco años y aún
con todo representaba menos edad que los colegas de su generación que paraban
por la peña. Al tío Facundo, sepan ustedes, lo considero un viejete simpático,
soñador y fabulista, que se arrancaba sin freno después del segundo anís y era
capaz de restregarte hasta el mínimo detalle las cinco copas de Europa del Real
Madrid, las primeras, claro. Eso sí, con
abundantes dosis de imaginación. Nadie discutía con él esos episodios irreales
que relataba con castiza verborrea, ni siquiera el tío Antonio, un atlético
confeso y su enemigo declarado. Los dos formaban parte de la Peña Los Pegaso,
cuya sede social radica aún en el bar Casa Pepe. Allí, cada tarde se retaban los
carrozas alrededor de un tapete verde y una baraja de naipes o 28 fichas de
dominó. Las horas pasaban lentas para estos personajes, un club de ancianos que
se dejaron la vista y más de media vida en la fábrica más famosa de camiones
del Madrid del siglo pasado. Lo triste es que hayan ido menguando, conforme el
tiempo cobra su inexorable factura.
“Necesito desaprender”, dijo un día el
tío Facundo alegando sobrepeso en la cabeza. “Tengo la chaveta hasta los
topes”, repitió a cuantos le pedían una razón de fundamento. Aunque pocos le
creyeron, incluyéndome yo, el caso es que abandonó las charlas vespertinas y se
refugió en una afición hasta entonces desacostumbrada. Y es que el tío Facundo
se matriculó en el taller de costura de Doña Olga. “Para distraer la mente”,
explicó a sus íntimos. Yo más creo que se trataba de otra manera de aprender.
Viudo y con un hijo en Bilbao, del que poco se sabía, al tío Facundo le atrajo fundamentalmente
la necesidad de reparar las prendas de su exiguo armario, consistentes, a
grosso modo, básicamente en tres o cuatro camisas, un par de chaquetas y dos o
tres pantalones pasados de moda. Tal vez algún traje también. La noticia, por excepcional,
corrió como reguero de pólvora por el barrio y despertó la insana curiosidad de
muchos vecinos, que acudieron a comprobarlo. Pocos eran los días en los que no
menos de una docena de personas se dejaban caer por los alrededores del taller
para comprobar en vivo la nueva dedicación del tío Facundo. Situaba Doña Olga a
sus alumnas, las mujeres, tras una amplia cristalera, visible desde el exterior,
y en lugar preferente se colocaba a su vez el jubilado, ajeno al bullicio del
exterior. Aplicado a sus labores, resultó ser un aprendiz discreto, al que los
muchos años y los temblores de manos dificultaron la tarea, es decir, no daba
puntadas con hilo, visto lo cual él mismo desistió de proseguir en el corte y
confección al cabo de un par de semanas. Doña Olga se llevó un soponcio, pues
le había tomado cariño al viejo, del que apreciaba su fuerza de voluntad,
aunque ésta estuviera reñida con la eficacia. Para ella suponía un prestigio
contar entre el alumnado a una persona de avanzada edad y tan tenaz como el tío
Facundo. Sin él, el taller de Doña Olga recobró la rutina de antaño, con las
señoras del barrio otra vez como únicas alumnas, por más que la dueña intentara
captar a más hombres con ofertas de rebaja de matrícula.
El tío Facundo volvió a Los Pegaso con
renovados bríos y más historietas que desbrozar, como si en el intervalo
transcurrido se hubiera nutrido de ellas en algún bazar de cuentos al por
mayor. Los colegas, salvo el tío Antonio, le recibieron encantados, ansiosos
por oír de sus labios algunas de las aventuras más insólitas jamás descritas.
Poco importaba la veracidad si contribuían al entretenimiento. Una tarde de
canícula infernal de julio pasaba yo por su calle cuando coincidió que salía
del portal. “Eh, tío Facundo, qué andas tramando”, le grité con una amplia
sonrisa. Me la devolvió y me dijo:
“Venga, chaval, vente a Casa Pepe y charlamos, que me apetece”. El lugar estaba
fresquito —los ventiladores funcionaban a pleno pulmón— y ocupamos una de las
mesas del fondo. Paco, el dueño, nos saludó al entrar desde la barra. Paco es
un encanto, a diferencia de Pepe, el anterior propietario, un tipo antipático y
agarrado. Un mal bicho que en buena hora nos dejó en paz. A Paco le pregunto a
diario por qué no cambió el nombre del bar y él siempre me contesta, con
exquisita educación, que “por no hacerle un feo a Pepe. Además, a mí qué más me
daba”. Pedimos dos cafés y un par de anises, a los que Paco añadió unas pastas
para acompañar la velada. A los pocos minutos, el tío Facundo y yo nos
pegábamos unas risas tratando de descifrar cuestiones intrascendentes como el
color de ojos de Isabel Pantoja o si era mejor humorista Gila que Arévalo. Los
vapores alcohólicos empezaban a surtirnos efecto a ambos. Le pregunté por su
hijo y eludió la respuesta, no sé si por inoportuna o dejación. No insistí.
“¿Le gusta la vida que lleva, Facundo?”, me salió del alma. Sospecho que mi
intención era hurgar en su mundo interior. Tal vez me sobrepasé. Pero es que el
cuarto anís me ayudaba a ser impertinente. “Por supuesto, muchacho, ¿acaso no
lo parece?”, respondió con firmeza. “¿Sabes? —se irguió sobre la silla— yo he
visto la muerte de cerca, tan de cerca que la muy zorra, a un palmo de los
ojos, me exigía el último aliento. Pero no lo hice. Me negué en redondo,
tumbado como estaba en el catre y con el pijama dispuesto para dormir. Y ahora disfruto con esta prórroga que me he
ganado. ¡Por supuesto que me la he ganado! Y que me espere sentada la tía de la
guadaña, válgame el cielo”. Mudo quedé ante aquella confesión repentina, a la
que puso el colofón: “Tengo tantas cosas que hacer aún, que ojalá el día
tuviera 25 horas”. El sol del atardecer culebreaba entre sus arrugas y daba
movimiento a unas venas inflamadas. Sentado frente a mí, quizá ebrio, acababa
de desnudar sus sentimientos. Luego me miró a los ojos con dulzura y esbozó una
leve mueca de aprobación.
Al día siguiente, el tío Facundo
apareció montado en una bicicleta Orbea del año catapún, recién engrasada eso
sí, paseándose por las calles del barrio con el orgullo asomándole por debajo
del casco. Había incorporado al vetusto vehículo un cesto de metal en su parte
delantera, donde colocó un transistor de antigüedad casi pareja a la del dueño,
un aparato rectangular que abarcaba todo el habitáculo. De él surgía la música
de Cadena Dial, que podía oírse a corta, media y hasta larga distancia, tal era
su volumen, lo que atrapó las miradas
del vecindario y personas de paso, y provocó un chaparrón de risas. El tío
Facundo, vestido con un chándal azul fechado en los Juegos Olímpicos de Múnich
y un casco verde fosforito, pedaleaba sin fijarse en nada ni nadie, como si el
horizonte fuera su línea de meta. Avanzaba derecho, pinturero, emulando a
alguno de sus ídolos: Bahamontes, Julio Jiménez, quizá Luis Ocaña... Es verdad que nunca se olvida, pero apostaría
a que habrían transcurrido al menos treinta años desde su última etapa. Porque
yo nunca le vi hacerlo. Así empezó a devorar kilómetros y matinales, dando
vueltas alrededor de un mundo conocido pero distinto desde su sillín. Por mis
sienes creció un sentimiento de afecto que se repartía por el resto del cuerpo.
Lo juro. Su imagen desplazándose por las calles, con el viento traspasando su
cabello cano, su barba descuidada y su rostro enjuto, pudo verse durante varias
semanas. Perseverante, metódico y pausado, era obligado acudir a su encuentro,
saludarle y aplaudir su gesta. Primero se convirtió en un icono del barrio, a
continuación en un mito. Y el mito se hizo leyenda el día que le vimos
abandonar las calles de asfalto, levantar los brazos no sé si en señal de
saludo o de despedida, y perderse por el pavés y los senderos de tierra. Lo
último que recuerdo fue que en la radio, en su vieja radio, sonaba ‘Libre’, de
Nino Bravo.
En mi barrio suceden cosas, algunas de
ellas ordinarias.
* Finalista en el XII Certamen de Relato Breve José Luis Gallego (Una mirada de barrio)


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