Salgo
a tomar el fresco al balcón. El cielo se muestra apacible, despejado, hermoso.
En el ambiente flota un extraño y fascinante sosiego. Dedico los siguientes
minutos a observar el mar en calma, sopla sólo una ligera brisa, y la
curiosidad me lleva a coger unos prismáticos para deleitarme con el paisaje del
anochecer. Durante un buen rato intento encontrar el horizonte, pero no surge.
Ni rastro de esa línea que delimita el final de lo que el ojo humano puede
distinguir. Espero con ilusión, espero con paciencia, espero, nada más… Cuando
me canso, me digo a mí mismo: “Qué bonita Nochebuena para pasarla con la
familia, al calor del hogar”.
Vuelvo
a mirar. Entonces, a lo lejos, diviso algo que se mueve lentamente, por debajo
de las estrellas. Una luna llena, plateada y lisa, ilumina la escena
proyectándose sobre el mar. Un montón de cabezas asoma tímidamente y al compás
de las olas, aparece y desaparece, como si de un juego infantil se tratara.
Poco a poco se van acercando. Son ellos, los mismos, los que siempre lo
intentan. Los que buscan un mundo mejor atravesando el Estrecho en pateras, los
que provocan la aerofobia de los insensibles. Muchos saltan al agua todavía
alejados de la orilla, que ganan a nado. Los focos iluminan sus rostros, los
señalan como protagonistas del descubrimiento. No tienen escapatoria. Uno a
uno, son recogidos exhaustos. Los tapan con mantas —hace un frío que pela— y
los tumban en la arena. Al resto acuden a rescatarlos con lanchas. Han
sobrevivido y ese es el principal motivo de alegría. Me quedo absorto, pensando
en no sé qué. Sí lo sé, claro que lo sé. Pienso en sus caras asustadas, pienso
en el mañana, en dónde estarán mañana.
Como si la vida tuviera desenlaces tan bonitos como describen los cuentos de
Navidad.
La llamada de María me saca del trance.
Regreso al salón, con la familia, es Nochebuena y comenzamos a cenar, mientras
no muy lejos se oyen villancicos.
#cuentosdeNavidad
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