Entreabro los ojos sin saber cómo he llegado
hasta aquí. Medio adormilado, deduzco que habré pasado la noche de jarana,
agarrado alguna curda de campeonato para celebrar la noticia y que tal vez
alguno de mis amigos o un buen samaritano me ha colocado en ese vagón de metro
rumbo a casa. No me duele la cabeza, sólo presento síntomas de cansancio.
Apoyado sobre la barra, ajeno al rumor insistente de conversaciones que flotan
en el ambiente, el sopor avanza a través de mi cuerpo. Poco a poco, envuelto en
un dulce éxtasis, se me aclaran los pensamientos. Pregunto a un muchacho con
gafas oscuras y gorro polar por dónde vamos, pero no me contesta. Pienso que
tal vez es sordomudo, hasta percatarme de los auriculares camuflados en sus
oídos.
Llevado por la curiosidad, decido matar el
tiempo descifrando los rostros de la gente. Hace tanto que no he podido
experimentarlo, que siento como un deseo irrefrenable. Siempre me ha gustado
escrutar las miradas, imaginar sus destinos a tan temprana hora, cuando la
ciudad acelera la marcha. Hoy más que nunca porque estoy de enhorabuena,
eufórico. Y descubro entonces a un anciano que reclama en silencio un asiento
libre donde depositar sus desnutridos huesos. Nadie parece percatarse. Le rodea
un grupo de turistas alemanes, que hacen dificultosa la visión más allá de sus
cabezas. Es sencillo adivinar: van al aeropuerto. Hablan como enfadados, aunque
más bien debe ser cosa del idioma. Cargados con maletas y mochilas voluminosas,
espero que se apeen cuanto antes.
Y entretanto llega ese momento contemplo a
decenas de estudiantes que no se dirigen la palabra, con la cabeza agachada,
pendientes sólo de sus móviles. Contemplo a hombres de todas las edades que
desprenden olor a colonia, señoras que van de compras y señoras que van al
trabajo, vendedores de pisos trajeados, jóvenes dependientas, inmigrantes que
vinieron a ganarse la vida a este país, mendigos cojos que recorren los vagones
suplicando una moneda, cantantes aficionados que también desfilan por los
vagones, por si les cae alguna moneda, vigilantes de seguridad con chalecos
reflectantes pendientes del orden… es decir, un surtido amplio de
representantes de la humanidad congregados bajo tierra. Viajeros de ida,
viajeros de ida y vuelta, viajeros de vuelta de todo… Veo a personas leyendo un
libro y apenas a dos o tres con periódicos, una costumbre en desuso. Veo un
mundo subterráneo que añoraba, con sus pros y sus contras, con los que hoy me
siento gratificado.
He llegado. Cuando salgo de la estación,
acompañado de una amplia sonrisa, primero suspiro y después alzo la vista para
contemplar el cielo, que surge más azul, más intenso, aunque sólo sea una
impresión idealizada. Estoy curado del cáncer —lo certifica la última revisión
clínica — y me convenzo a mí mismo de que hay luz al final del túnel. Bendita
metáfora. A mis espaldas quedan años de lucha contra el mal, de rebelarse contra ella, de exigir una prórroga de vida. Y una cosa tengo clara: ha valido la pena.
#historiasdesuperación
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