Aquel sujeto
de la barra se giró como un resorte y me dirigió una mirada penetrante que me
descolocó. Llevaba cinco años acudiendo a la taberna y nunca me topé con un
cliente semejante. Era guapo, condenadamente guapo, y lucía un cuerpo musculoso
bajo una camiseta ajustada.
—Hace
cinco años que te espero— me dijo al pasar a su lado. Aturdida, no encontré
palabras con que responder. Él continuó hablando.
—Permíteme
que te invite a un vino.
Acepté,
llevada por la curiosidad y la atracción que me producía. Pedimos un par de
Riojas a Bautista, el camarero de siempre, y ocupamos una mesa del fondo. Me
contó que era poeta, que había publicado varios libros… pero que hacía un
lustro le abandonó la inspiración. Al tercer vino, me declaró su musa, lo que
me hizo sentir bien. Seguimos bebiendo —dos o tres copas— hasta que, chisposos
ambos, abandonamos la taberna. Al despedirnos, no imaginé que tardaría otros
cinco años en verle. La mujer con quien bebía era mi vivo retrato.
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