La cuenta atrás comienza un mes antes; los
nervios, desde ni se sabe. Cada año aguardamos el mágico momento. Somos aún pequeños
y partimos todos en la bicicleta familiar. Mamá, papá y nosotros dos. Parecemos
una troupe circense. Papá y mamá pedalean sin desmayo, sonrientes, con su par
de hijos a ambos lados. Son felices por hacernos felices. En una ocasión nos
despistamos y llegamos hasta el mar. Al contemplarlo nos dieron ganas de
quedarnos, pero mamá se negó. “Tiempo habrá más adelante”, dijo firme. Así que
volvimos sobre nuestras rodadas hasta el pueblo. Casi nos perdemos el inicio de
las Fiestas de septiembre.
Los vecinos se giran al vernos. Cuatro
personas montadas sobre una bicicleta resulta cuanto menos curioso. Algunos se
ríen, muchos saludan —nos reconocen al atravesar la plaza Mayor— y los
municipales hacen la vista gorda. Disfrutamos durante siete días de fiesta y
jolgorio, empapados del bullicio de las atracciones y el olor a chorizo y
panceta.
El año pasado faltamos. El motivo, el
accidente de papá. Desolados, mi hermano y yo no encontrábamos consuelo. Mamá nos
explicó que con una pierna escayolada era imposible el viaje, pero el recuerdo
de las fiestas pesaba. Por fin, el 7 de septiembre papá nos sorprendió —siempre
ha sido un manitas— y es que en el jardín había instalado una verbena, nuestra
propia verbena. Y no era una verbena cualquiera. “Si nosotros no vamos a la
Feria, la Feria vendrá a nosotros”, pronunció solemne emulando al profeta. Pasamos
una semana montando en el tiovivo y la noria, saltando la cama elástica,
recibiendo escobazos en el tren de la bruja y comiendo algodones de azúcar.
Ya hemos comenzado la cuenta atrás para el
año que viene y la bici está engrasada, pero por si acaso hemos convencido a
papá de que no desmonte la verbena del jardín.
No hay comentarios:
Publicar un comentario