Cuando el tronco cedió a
la sierra eléctrica, la mujer del Narciso, situada a pocos pasos, dijo aterrada:
“No sabía que los árboles tuvieran nervios como las personas”. El Narciso, que
llevaba una pipa en la boca como única indumentaria cuando el roble se
desplomaba, se aferraba a aquel ejemplar de arrugada corteza como una leona a
su presa. Comentan algunos que mientras trataban de soltarlo del quercus, aún
se podía oler el agradable aroma de su pipa.

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