Cada noche, Benigno se
acicala, a su manera, para conquistar la calle. Cada noche, armado solo con unas
manos arrugadas, se gana la vida recorriendo el barrio. Benigno, a escondidas,
rebusca en los contenedores y mete en una bolsa de lona la comida a punto de
caducar. De cuando en cuando, si tiene necesidad de fumar, pide tabaco con
educación a algún transeúnte, que le devuelve una mirada desconfiada y le niega
el favor.
Benigno, sesenta recién
cumplidos, se aloja en un mundo de miseria arrastrado por las circunstancias
adversas. Un mundo que no siempre fue así. En estos días festivos, de
guirnaldas, villancicos y buenas intenciones, de mensajes azucarados deseando
felicidad, Benigno observa su envejecido rostro reflejado en cualquier
escaparate y se pregunta qué hizo mal, y, sobre todo, hasta cuándo durará el
castigo del destino. Benigno no quiere estar triste —siempre fue de sonrisa
fácil— y tararea la misma canción, la que enamoró a su esposa, su difunta
Carmen, mientras se afana en la búsqueda de sustento.
Cuando la madrugada progresa
y las luces de la ciudad palidecen, vuelve al punto de partida, ordena con mimo
las cajas de cartón donde expone su pobreza y se acurruca en ellas obviando el
frío. Engaña al estómago con lo adquirido y al poco se deja vencer por el
cansancio, mientras piensa en las vueltas que da la vida y en los regalos de
Reyes para sus hijos no nacidos.
Y entre sueños, sin
perder la sonrisa, Benigno dibuja un nuevo día.
#cuentosdeNavidad
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