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jueves, 6 de agosto de 2020

A donde llevan los sueños

Llegas temprano porque te pueden las prisas. Te consumen los nervios, incontrolables pese al transcurso de los años. Y te sientes mal. ¿Acaso es la primera vez? Siempre es como la primera vez, te respondes tú mismo, de ahí surge la inquietud. Has dormido poco o nada. Con este calor es imposible enlazar un par de sueños. Y eso que diste varias cabezadas en el sofá después de la cena. Sonríes por debajo de la mascarilla al recordarlo, consciente además de que nadie a tu alrededor sabrá que no te has afeitado, como si eso fuera importante. Los presentes parecéis personajes sacados de una novela de espionaje, un conjunto de ojos que miran de un lado para otro.

Como has llegado pronto, te da tiempo a serenarte —esta vez no se te escapa— y a echar a volar la imaginación. Y entonces piensas en la playa, o mejor aún, en el barco que te llevará a la isla donde aguarda la mejor playa del país. Sin agobios, sin extranjeros, sin riesgo. ¿Sin riesgo? ¡Bueno! Ves revolotear a las gaviotas a su alrededor como si se tratara de tu escolta personal. Escuchas la sirena del barco y te suena a música celestial. Te sientes flotar sobre un mar de espuma blanca que huele a salitre.  ¡Qué ganas de vacaciones!  

Regresas al presente cuando ves acercarse una luz que te resulta familiar y con el sonido incorporado, cada vez más agudo según se aproxima. Leíste alguna vez, no sabes dónde, que en ese momento el viajero siente una especie de hormigueo que le recorre el cuerpo de abajo a arriba y se mantiene hasta acceder al transporte. Entras y por un acto reflejo te contemplas en el cristal de la puerta. Son apenas unas décimas de segundo que te sirven para revisar tu aspecto. Todo en orden, te dices. Y prosigues en busca de asiento, como el resto de acompañantes. “Esto en mi descapotable no pasaría”, comentas por lo bajo tirando de ironía. Encuentras tu sitio y aguardas a que aquello se ponga en marcha. Tarda unos minutos que se hacen eternos, pero te sirven para pensar en positivo. Otro sueño.

Estás arriba y el corazón te arde. Te recuestas sobre el manillar y estiras los dedos enguantados y medio dormidos. Desde allí divisas un paisaje verde que cubre todo el valle. Te ha costado alcanzar la cima —el puerto se las trae— pero ha valido la pena. Te ves en forma, como el chaval, exageras, que se atreve con todo sin reparar en los peligros. “Ha sido buena idea esta escapada en bici”. Felicitas a tu cerebro, que te ha ayudado a coronar el alto, aunque te queda afrontar la vuelta, el descenso. Y amenaza lluvia, ojo, y entonces el firme se pondrá resbaladizo. Le dices al cerebro que adelante, que no hay tiempo que perder. Y comienzas a bajar con más miedo que vergüenza.

El ruido de las puertas al cerrarse te saca del atolladero —deberás inventarte un final más adelante— y todo indica que arranca la aventura. Sí, tu aventura diaria del viaje en metro. Miras el reloj. Son las seis y media de la mañana.   

#historiasdeviajes

 


martes, 5 de marzo de 2019

Toñi


Para armarse de valor, para afrontar el cara a cara, se ha grabado en la cabeza la misma frase. “De hoy no pasa, tengo que decírselo”, se repite Mª Antonia a sí misma una y otra vez.  Solo eso, que parece poco, representa un muro infranqueable. Porque lleva semanas inflamándosele el corazón y desistiendo en el último instante.
Mª Antonia es mi hija y todo el mundo le llama Toñi. En breve alcanzará los 40 y la gente la sigue llamando Toñi. Sabe que probablemente será así hasta que se muera, aunque yo no lo veré. Toñi es una mujer excepcional —qué va a decir un padre, aunque en este caso sea verdad— con un puñado de sueños en la cabeza, sueños que sigue alimentando porque no los ha cumplido. Sueña, por ejemplo, con un viaje a Egipto —lleva ahorrando toda la vida para ello— acompañada por alguien cercano. “Papá, tú te vienes conmigo”, me insiste. También le hubiera gustado tener una casa propia, pero desde que nos dejó Virtudes, creo que ha desistido de ello. ¡La echamos tanto de menos! Sé que adora a este viejo viudo achacoso y sospecho que por mí ha decidido quedarse soltera, aunque no lo diga.
Y así transcurre nuestro tiempo, con la ilusión intacta por un futuro mejor, cercenado por la cruda realidad. “Tienes que salir más, divertirte. Por mí no te preocupes, sé cuidarme solo. Y olvídate del trabajo de vez en cuando, por Dios”, le aconsejo cada mañana. Pero Toñi no contesta porque no quiere remover el tema tan temprano. “No sé si vendré a cenar, papá, no me esperes levantado”, zanja. Me da dos besos, agarra el bolso y se marcha con el semblante serio, preocupada, se lo noto.
“De hoy no pasa, tengo que decírselo”, se convence una y otra vez. Toñi entra a las ocho de la mañana y nunca sabe a qué hora saldrá. “Toñi, cariño, ¿te importa quedarte un rato más para cerrar el balance?”. Palabras que suenan a orden más que a favor. Y Toñi que calla y se queda hasta cerrar el dichoso balance mensual de la empresa, mientras mastica su malestar. Otro día será por el informe tal o cual, o el cuadrante de pagos... Y así acumula las horas extra sin cobrarlas.
Hoy me ha llamado durante el almuerzo. “No pasa nada, papá. Te cuento. He hablado con él”. Le pido pelos y señales de la conversación.
— Don Luis, ¿tiene un minuto para hablar?” —pregunta asomando la cabeza por la puerta del despacho.
Claro, cariño. Pasa y siéntate—, responde él empalagoso—. ¿De qué se trata?
Iré al grano, jefe —arranca nerviosa— Es injusto que cobre menos que mis compañeros hombres haciendo idéntico trabajo y quiero que lo resuelva.
El tipo, con una sonrisa burlona, no dice nada, sólo sonríe.
—Y en adelante, ni se le ocurra manosearme. ¿Le queda claro? Ni necesito sus piropos.
Toñi sale del despacho, respira hondo y arde en deseos de hablar conmigo. Antes de colgar, me llega al corazón.
—Papá, cuídate mucho, pues creo que el viaje a Egipto tendrá que esperar.
#hombresyalgunasmujeres.


jueves, 6 de julio de 2017

Detalles

De cría, mi madre cuidaba hasta el mínimo detalle. Me despertaba a la hora en punto, tenía listos el desayuno y la mochila, y juntas salíamos hacia la estación. Por el camino me daba consejos —tenía un amplio surtido— y en el andén me asía fuerte cuando el cercanías paraba. Subíamos al tercer vagón y aunque fuera idéntico trayecto, disfrutaba del paisaje mil veces dibujado. Todo era hermoso tras la ventanilla. “Pronto dejaré de acompañarte”, me sorprendió una mañana. No la creí. Pero ese día llegó. Ahora viajo con Tunante, mi perro lazarillo, y no lo veo igual.


 * Finalista del XI Certamen de Relatos Breves 'El tren y el viaje'