Cuando Cantalejo contempló el cadáver calcinado e
irreconocible que reposaba entre los neumáticos también chamuscados, comprendió
que se hallaba ante un nuevo caso para su colega Gerard. Lo había descubierto
un ciclista despistado de su ruta, al que sorprendió un aguacero de principios
de verano, de los que suele haber en esta época por acumulación de calor. El
hombre, algo aturullado, no supo dar detalles precisos del hallazgo durante el
interrogatorio del veterano policía.
Cuando Ana Simarrosa, que así se llamaba la
víctima, fue enterrada, tan sólo acudieron al acto tres personas: su madre,
Cantalejo y Gerard. Ni siquiera la esquela publicada en un periódico local tuvo
repercusión. ¡Y no quedaba tan lejos! Ana Simarrosa era una atractiva mujer sin
profesión concreta que servía copas en un bar de alterne, donde cada noche, de
martes a domingo, se congregaban personajes de baja estopa y diversa calaña.
Coincidieron los testigos que la trataron en que la camarera siempre iba muy
arreglada, incluso demasiado para el lugar. Ni alta ni baja. Ni rubia ni
morena. Eso sí, con carácter y simpática, dijeron. Ana se desenvolvía bien tras
la barra, manteniendo a raya a los pervertidos que intentaban acosarla. Le
sobraba genio. Uno de los clientes aportó la pista clave para avanzar en la
investigación. Su boca. “Tenía unos preciosos dientes nacarados”. Y muy risueña,
vino a detallar. Atando cabos, Cantalejo fue desgranando su curriculum hasta
tener casi completa la ficha.
La asesinaron un 24 de junio, festividad de San
Juan, aunque esto fuera lo de menos. Gerard, un eminente dentista forense no
sólo a juicio de Cantalejo, recurrió a sus capacidades para la identificación. Como
tantas otras veces, resultó infalible. Aquellos dos incisivos centrales
superiores contenían la verdad y le sirvieron para rastrear en los registros
dentales de las clínicas y hospitales más próximos. Cuando parecía que la
investigación se encallaba, saltó la liebre. Ana Simarrosa era paciente del
doctor Gutiérrez, en cuya clínica se guardaba el historial odontológico de la
fallecida. Pero había más. “También era su amante”, le reveló la auxiliar al
despedirse. Una relación secreta que derivaba las sospechas hacia la esposa,
con motivos para vengarse de la querida del marido por una infidelidad que era
conocida en su círculo.
Esa noche de junio, cuando la asesinaron, no hubo
lluvia, sólo hogueras. Bastó que el asesino rodeara su cuello con fuerza
desmedida y apretara hasta dejarla inconsciente. Luego procedió a quemar su
cuerpo, que se retorció hasta convertirse en un amasijo. Lo descubrieron lejos del
bar y la autopsia determinó que llevaría allí unas 72 horas. Identificada la
víctima por sus dientes, dar con el autor no se demoró. El día del funeral, el
doctor Gutiérrez se acercó a la madre para darle el pésame. Compungido, le dirigió
unas palabras que Cantalejo pudo oír.
—Siento mucho lo de su hija. Nunca olvidaré su preciosa
sonrisa.
Esa misma semana, la auxiliar del doctor fue
detenida y acus ada de perpetrar el crimen.
—No soportaba su sonrisa
mostrando los dientes— confesó. * 1º Premio Concurso de Relato Corto de Gaceta Dental 2019
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