No paran de
preguntar por mí los comerciales que ofrecen contratos de luz y gas con tarifas
de ganga. Mi mujer, todo un ejemplo de educación y paciencia, no sabe cómo
quitárselos de encima. Yo le hago gestos pidiéndole que sea más dura, pero ella
no se da cuenta. Les pone mil excusas que no les convencen de que desistan. Llaman
todos los días, a cualquier hora, siempre con la misma cantinela. Hoy, por fin,
he descolgado el teléfono y me he desahogado a gusto. Al acabar, he oído la voz
serena de mi suegra: “¿Se puede poner mi hija?”.
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