Yo era su alumno favorito. Ha pasado tanto tiempo, que me cuesta recordar ciertos detalles de su rostro, pero nunca olvidaré la mirada sincera que desprendían sus ojos. Una mirada que inspiraba confianza. Lo supe desde el primer día. Pura intuición. Ese día, como todos los demás días, pasó lista. “Miguel Moreno”. Presente. A continuación se hizo el silencio. Sus labios callaron durante unos instantes, unos segundos dedicados a observarme. En ese momento pensé que aquel hombre era una buena persona. Un pensamiento descrito desde la más tierna infancia. No me equivoqué.
Don
Casimiro me cogió cariño, de eso no tengo duda. Desconozco las razones. Quizá fuera
por recordarle a algún familiar o por simple afecto. Antes que nada, he de
decir que su comportamiento fue siempre correcto, lejos de cualquier
proposición deshonesta. Al contrario, fui yo quien abusó de él. Abusé de su
confianza, aclaro, para procurarme sus favores y buenas notas. Yo le decía: “Don
Casimiro, no entiendo esto”. Y él me lo explicaba con la paciencia de un santo.
Hablaba bajo y pausado, utilizando los términos precisos. "¿Lo has entendido ya? Si no, te lo explico de nuevo". Nunca le advertí un
mal gesto, pese a las burlas de muchos compañeros respecto a su nombre. Él lo
sabía, pero hacía como si nada. De niños podemos ser crueles sin darnos cuenta.
“Miguelito, ¿qué se te ha olvidado hoy?”, me preguntaba a menudo en tono conciliador. “Nada,
don Casimiro”, le mentía a sabiendas de que no me creería. Cuando regreso a los
años de escuela, lo evoco a él, a su legado… a sus lecciones de humanidad. Cómo
no hacerlo, si fueron los dos mejores años, sólo dos, antes de abandonar la
escuela primaria. Con él aprendí que si te lo propones, puedes alcanzar las
estrellas, que por encima de las nubes cabalgan cupidos a lomos de ponys alados
o que más allá del horizonte se escucha cantar a las sirenas. Fantasías que conjugan
mal con la realidad. Ojalá pudiera retornar a esa edad en la que te tomas la
vida como un juego.
Hoy andará por los ochenta y pico, si es que aún vive. Le vi hace ya unos años, caminando solo, apoyándose en un bastón, con aire despistado. Envejecido, desaliñado, triste, no me reconoció ni yo le dije nada al cruzarnos. Le seguí hasta el banco del parque donde dejó caer su desgastado cuerpo y, a una distancia prudencial, le observé durante un buen rato. Le vi sacar un pequeño libro de un bolsillo, colocarse unas lentes a mitad de la nariz y leer. ¡Ay, don Casimiro, qué ciego estaba! Me hubiera gustado saber el título de aquel minúsculo ejemplar que sujetaba entre sus manos y que de vez en cuando dejaba para meditar sobre lo leído. Antes de irme, le di las gracias. No pudo oírme, sólo fue un susurro. Y ni siquiera sé si fue verdad o lo he soñado.
#MiMejorMaestro
