Paperblog

miércoles, 6 de mayo de 2020

Juliana


Se levanta siempre a la misma hora y sube la persiana de la cocina hasta bien arriba. Mientras prepara el desayuno, tararea alguna canción, ajena a cualquier otra consideración. Desde mi ventana, al otro lado del patio, la veo mojar las galletas en el café con parsimonia, temblorosas las manos al sujetar la taza. Sus dientes blanquecinos se me antojan postizos, una suposición como otra cualquiera. Me gusta su manera de observar calmado, como si el tiempo no tuviera razón de ser para ella. Observa con unos ojos desgastados pero vivaces, que indican los muchos años transcurridos por su cuerpo. Eso me hace reflexionar sobre porqué a su edad no caben las prisas ni en el quehacer ni en la soledad. Porque vive sola, circunstancia que descubrí al principio de la pandemia, cuando las medidas de confinamiento nos abrieron las puertas de los vecinos. No había hablado con ella antes, distraída entre mis ocupaciones y mi desinterés por la comunidad a la que he llegado hace poco más de un año. La ciudad nos alejó de lo que tenemos tan próximo, razono ahora medio arrepentida, que ha tenido que aparecer un virus para darnos cuenta.
Levanta la persiana  y me digo que bien podría ser mi abuela, que en paz descanse, o la abuela de Carlos, mi pareja, a la que tampoco pude conocer. Una abuela como las de antaño, dedicada desde siempre a las labores de ama de casa, o como las de épocas recientes, o sea cuidadora de nietos y sostén de los hijos en paro gracias a una mísera pensión. ¡Ay, la crisis de 2008! ¡Cuánto dolor a golpe de pobreza!  ¿Qué clase de vida habrá llevado esa mujer? me pregunto. Se llama Juliana —lo he visto en el buzón, donde aparece junto al nombre de Juan— y supongo que debe ser viuda. Le calculo más de ochenta años, lleva el pelo teñido por donde asoman las canas, recogido en un moño, y viste colores alegres, nada que se le parezca a un luto.
Desde hace un par de semanas, conversamos de ventana a ventana. El primer día me lanzó una sonrisa y yo se la devolví. Como el que no quiere la cosa, comenzó a interrogarme por mi vida. Que si estoy casada, algún hijo, qué profesión tengo, si me gusta cocinar, si salgo a comprar… Es una mujer curiosa, desde luego, pero transmite confianza. Le respondí a todo sin darme tiempo a yo preguntarle. Ahora ya sé más de ella. Juliana está separada —asegura que hace años que no ve a su marido, que cree que vive en otra ciudad— pero lo lleva bien. Su único hijo le trae comida y lo que necesita una vez por semana. “Juanito es un buen muchacho, que conste, pero nunca me gustó mi nuera”, confiesa bajando la voz, como si estuviera desvelando un secreto.
No echa de menos la calle, aunque me promete que saldrá a pasear un día de estos y me ofrezco a acompañarla. “Eres un encanto”, responde agradecida. Ayer me contó que ha sido matrona durante cuarenta años hasta la jubilación y que ha visto nacer a miles de niños. “De todos los colores”, bromea. “Con estas manos que ahora no podrían sujetar un bebé he ayudado a esas mujeres a dar a luz. Nada hay comparable a esos momentos, te lo juro”, añade con la seguridad de muchos años de experiencia. “Me va a hacer llorar, Juliana”, le reprendo con mi sonrisa más sincera. “Ni se te ocurra, mi niña, espérate al parto”.
Y entonces me pregunto cómo sabe Juliana que acabo de quedarme embarazada. Y yo misma me respondo: porque es una extraordinaria matrona. 
#NuestrosMayores



sábado, 18 de abril de 2020

Santa Justa


“Ya ha sido suficiente”, fue mi reacción inesperada. ¿Podría así convencerme de que el destino había dicho basta para escribir esta historia? Una historia que arranca cuando obtuve plaza de profesora en un instituto de Sevilla y alquilé un piso con vistas al parque de María Luisa. Un piso pequeñito, con un solo dormitorio, pero luminoso. Acostumbrada al pueblo, me costaba adaptarme a tan reducido espacio, así que cada tarde, al salir del trabajo, adquirí la costumbre de acercarme a la estación de Santa Justa dando un paseo para hacer tiempo.
El trasiego de viajeros con sus equipajes de un lado a otro, la megafonía anunciando la salida y llegada de trenes y la presencia agobiante de carteles publicitarios debieron trastocar mi cerebro, pues me dio por sustraer maletines a ejecutivos despistados, proseguí con maletas de menor tamaño y continué con maletas para largos recorridos. ¡Cielos, cómo disfrutaba con el riesgo y la impunidad de vuelta a casa! Cuando se llenó el dormitorio pasé a ponerlas en la cocina, el baño y el salón.
Ahora apenas queda espacio para moverme y el confinamiento me mantiene encerrada entre estas cuatro paredes. Y he comenzado a creer que llevo el virus dentro. 
* Relato presentado al blog Esta Noche Te Cuento Tema: coleccionismo
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viernes, 10 de abril de 2020

Entre cartones


Aunque parezca extraño, hay momentos en que echo de menos el cajero. Un día más aquí, un día menos allí, me digo con añoranza. Y no es porque nos traten mal, sino todo lo contrario. Ayer mismo hubo música y baile para agradecer al personal lo que está haciendo por nosotros, los sin techo, en este amplio pabellón que a ratos, en mi desvarío, me recuerda a un campo de concentración o de exterminio. No quiero ponerme pesimista, pero comprenderán que cuesta.
Echo en falta los cartones, mi par de mantas del pasado invierno, las litronas y hasta el humo de los coches circulando a unos pocos metros. Aquí no pasamos frío ni falta comida, pero noto en las miradas de los colegas un aire triste. Flota en el ambiente una sensación de nostalgia de la calle que se contagia. Yo, sin ir más lejos, llevo siete años deambulando de aquí para allá por la ciudad. ¡Puta crisis! Me he alojado en soportales, bajo escaparates, en parques públicos y la pandemia me ha pillado en un banco nacionalizado. Acostumbrado a la soledad, a escatimar palabras, a desconfiar del compañero de fatigas que te quiere birlar el hueco, aquí me encuentro desubicado, pese a las semanas transcurridas. 
No hay disputas por la comida ni por el aseo. Nadie se queja en voz alta, tal vez sólo para sus adentros. Nunca asistí a tanta camaradería en mi desdichada existencia. En realidad, pienso que es el miedo el que provoca esta plaga de solidaridad entre el gremio de los sin techo. Miedo a caer, miedo a ser el próximo, miedo, en suma, a perder lo único valioso que nos queda: la vida. Una vida que, por muy asquerosa que sea, no queremos dejar. Nunca me perdonaría, bromeo conmigo mismo, que un virus te venza. “Tú no has nacido para esto”.
A diario salimos a las ocho a aplaudir a los sanitarios, a los policías, a las limpiadoras, los transportistas, las cajeras de supermercados, los reponedores, los cocineros y todas esas personas que están trabajando para nosotros. Y en especial, a nuestros cuidadores. El otro día, uno de ellos, un médico jubilado, se dirigió a mí. “Tú también eres un héroe”, me dijo con la voz temblorosa a punto de la lágrima. “Hago lo que puedo, doctor”, farfullé. Poco faltó para besarle.    
Es todo tan distinto. Anoche vi en la televisión a un chico que decía estar viviendo en la Plaza Mayor de Madrid. Explicaba que le han despedido y no tiene ni para el alquiler, así que ha decidido instalarse allí, en esa emblemática plaza. Lo escuché embobado cuando afirmaba que poco a poco se está haciendo al lugar, un lugar que la cámara mostraba completamente vacío.  Me dieron ganas de pegarme al aparato y decirle: “Me voy contigo ahora mismo, chaval, hazme sitio en el soportal”. Pero no lo hice. Callé y me cobijé en la silla renegando de mi cobardía.
Es la hora de la cena.
#NuestrosHéroes


lunes, 6 de abril de 2020

Una vida nueva


Se llama Esperanza. Tiene los ojos grandes, el cabello negro, aunque escaso, y las manos diminutas. Es una valiente, pues sólo los valientes se abren paso en circunstancias adversas. Ella lo ha conseguido, salvando dificultades, con la ayuda de unos profesionales que se esfuerzan a diario en los hospitales. Ojalá pudiera estar a su lado, abrazarla y besarla. Ver sus ojos grandes, su poco pelo negro y estrechar sus manos diminutas. Conocerla.
Ha nacido cuando el mundo sufre, cuando la gente llora y aplaude, cuando un virus —ya sabrá lo que es dentro de unos años —nos tiene confinados en casa y todo es distinto desde hace nada, apenas dos meses. Esperanza ha nacido cuando el miedo se cuela por las ventanas, cuando salir a comprar es una aventura, cuando la población se queda sin trabajo, cuando las abuelas como yo se mueren solas. Cuando el futuro pinta oscuro.
Está aquí y lo celebro hasta emocionarme a moco tendido. Los viejos somos así, tenemos la lágrima fácil. Es una heroína, es mi nieta. Como lo es también su madre, hija mía, a la que estoy deseando mandarle un millón de besos por el teléfono. Como leí el otro día, a lo mejor Esperanza ha llegado para que todo sea menos malo.
#NuestrosHéroes



lunes, 30 de marzo de 2020

Testigo


Prometo renacer entre las ascuas cuando la noche dibuje destellos imprecisos y las llamas apuren sus últimas esperanzas. No existen las heridas, no existe el dolor, sólo hay imágenes envueltas en rojo y pasión. Siento cómo el calor desaparece de mi cuerpo, percibo una sensación placentera que no acierto a saber de dónde procede. Da igual.
Me siento vivo, feliz, trascendente, y eso me colma de energía. Veo más fuegos, cánticos, alborozo. Escucho risas contagiosas, besos sumergidos en la arena, brazos salpicando el agua. Palpitan los corazones, mientras rompe el mar sobre la abarrotada orilla.
Es noche de luces centelleantes, luces que se cobijan entre las sombras y los claroscuros. Noche de San Juan, la gran noche. Sí, noche de San Juan. La más larga, la más festiva. Y al amanecer, cumpliendo la promesa, renacido, me veréis partir con la sonrisa amplia, la mirada sincera y el sueño aplazado. Y volverá el silencio.    


* 3º Premio del VII Concurso de Microrrelatos Fogueres de Sant Joan Port D'Alacant 2020

domingo, 29 de marzo de 2020

Solteros

Él ya estaría tomándose un daiquiri en el Malecón, esperando el amanecer junto a una bella mulata, mientras suena una y otra vez el estribillo en la vieja radio: “Hasta que se seque el Malecón, hasta que se seque el Malecón”.
Lo imaginaba con los ojos encendidos, rodeándola por la cintura y una sonrisa cómplice de satisfacción en la foto que nos enviaría a los compañeros. A saber cuándo vuelve.
Y pensar que yo, soltero y sin compromiso, tendría que haber viajado en su lugar. ¡En qué hora se me ocurriría coger el coronavirus!
* Concurso microrrelatos 'Viajes encadenados' del Club de Escritura Fuentetaja

sábado, 28 de marzo de 2020

Desengaño

El veintidós ya es historia desde hace exactamente cinco segundos, justos los que he necesitado para lanzar tu maleta por el balcón. Supongo que la tendrías preparada para largarte con él, ese tipo de pelo teñido al que asoman las canas por el pescuezo y modales refinados que me presentaste como tu nuevo jefe. Imagino que vuestro destino será París, la ciudad del amor, alojados a orillas del Sena. No siento rencor, ni siquiera odio, sólo me culpo de no haberme dado cuenta antes. Veintidós años de matrimonio, sí, para que tu marido se líe con un francés.

* Concurso de microrrelatos 'Viajes encadenados' del Club de Escritura de Fuentetaja