Se levanta siempre a la misma hora y
sube la persiana de la cocina hasta bien arriba. Mientras prepara el desayuno,
tararea alguna canción, ajena a cualquier otra consideración. Desde mi ventana,
al otro lado del patio, la veo mojar las galletas en el café con parsimonia,
temblorosas las manos al sujetar la taza. Sus dientes blanquecinos se me
antojan postizos, una suposición como otra cualquiera. Me gusta su manera de
observar calmado, como si el tiempo no tuviera razón de ser para ella. Observa
con unos ojos desgastados pero vivaces, que indican los muchos años
transcurridos por su cuerpo. Eso me hace reflexionar sobre porqué a su edad no
caben las prisas ni en el quehacer ni en la soledad. Porque vive sola,
circunstancia que descubrí al principio de la pandemia, cuando las medidas de
confinamiento nos abrieron las puertas de los vecinos. No había hablado con
ella antes, distraída entre mis ocupaciones y mi desinterés por la comunidad a
la que he llegado hace poco más de un año. La ciudad nos alejó de lo que
tenemos tan próximo, razono ahora medio arrepentida, que ha tenido que aparecer
un virus para darnos cuenta.
Levanta la persiana y me digo que bien podría ser mi abuela, que
en paz descanse, o la abuela de Carlos, mi pareja, a la que tampoco pude
conocer. Una abuela como las de antaño, dedicada desde siempre a las labores de
ama de casa, o como las de épocas recientes, o sea cuidadora de nietos y sostén
de los hijos en paro gracias a una mísera pensión. ¡Ay, la crisis de 2008!
¡Cuánto dolor a golpe de pobreza! ¿Qué
clase de vida habrá llevado esa mujer? me pregunto. Se llama Juliana —lo he
visto en el buzón, donde aparece junto al nombre de Juan— y supongo que debe
ser viuda. Le calculo más de ochenta años, lleva el pelo teñido por donde
asoman las canas, recogido en un moño, y viste colores alegres, nada que se le
parezca a un luto.
Desde hace un par de semanas,
conversamos de ventana a ventana. El primer día me lanzó una sonrisa y yo se la
devolví. Como el que no quiere la cosa, comenzó a interrogarme por mi vida. Que
si estoy casada, algún hijo, qué profesión tengo, si me gusta cocinar, si salgo
a comprar… Es una mujer curiosa, desde luego, pero transmite confianza. Le respondí
a todo sin darme tiempo a yo preguntarle. Ahora ya sé más de ella. Juliana está
separada —asegura que hace años que no ve a su marido, que cree que vive en
otra ciudad— pero lo lleva bien. Su único hijo le trae comida y lo que necesita
una vez por semana. “Juanito es un buen muchacho, que conste, pero nunca me
gustó mi nuera”, confiesa bajando la voz, como si estuviera desvelando un
secreto.
No echa de menos la calle, aunque me
promete que saldrá a pasear un día de estos y me ofrezco a acompañarla. “Eres
un encanto”, responde agradecida. Ayer me contó que ha sido matrona durante
cuarenta años hasta la jubilación y que ha visto nacer a miles de niños. “De
todos los colores”, bromea. “Con estas manos que ahora no podrían sujetar un
bebé he ayudado a esas mujeres a dar a luz. Nada hay comparable a esos
momentos, te lo juro”, añade con la seguridad de muchos años de experiencia.
“Me va a hacer llorar, Juliana”, le reprendo con mi sonrisa más sincera. “Ni se
te ocurra, mi niña, espérate al parto”.
Y entonces me pregunto cómo sabe
Juliana que acabo de quedarme embarazada. Y yo misma me respondo: porque es una
extraordinaria matrona.
#NuestrosMayores
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