Aunque parezca extraño, hay momentos en que echo de
menos el cajero. Un día más aquí, un día menos allí, me digo con añoranza. Y no
es porque nos traten mal, sino todo lo contrario. Ayer mismo hubo música y
baile para agradecer al personal lo que está haciendo por nosotros, los sin
techo, en este amplio pabellón que a ratos, en mi desvarío, me recuerda a un
campo de concentración o de exterminio. No quiero ponerme pesimista, pero
comprenderán que cuesta.
Echo en falta los cartones, mi par de mantas del
pasado invierno, las litronas y hasta el humo de los coches circulando a unos
pocos metros. Aquí no pasamos frío ni falta comida, pero noto en las miradas de
los colegas un aire triste. Flota en el ambiente una sensación de nostalgia de
la calle que se contagia. Yo, sin ir más lejos, llevo siete años deambulando de
aquí para allá por la ciudad. ¡Puta crisis! Me he alojado en soportales, bajo
escaparates, en parques públicos y la pandemia me ha pillado en un banco nacionalizado.
Acostumbrado a la soledad, a escatimar palabras, a desconfiar del compañero de
fatigas que te quiere birlar el hueco, aquí me encuentro desubicado, pese a las
semanas transcurridas.
No hay disputas por la comida ni por el aseo. Nadie se
queja en voz alta, tal vez sólo para sus adentros. Nunca asistí a tanta
camaradería en mi desdichada existencia. En realidad, pienso que es el miedo el
que provoca esta plaga de solidaridad entre el gremio de los sin techo. Miedo a
caer, miedo a ser el próximo, miedo, en suma, a perder lo único valioso que nos
queda: la vida. Una vida que, por muy asquerosa que sea, no queremos dejar.
Nunca me perdonaría, bromeo conmigo mismo, que un virus te venza. “Tú no has
nacido para esto”.
A diario salimos a las ocho a aplaudir a los
sanitarios, a los policías, a las limpiadoras, los transportistas, las cajeras
de supermercados, los reponedores, los cocineros y todas esas personas que
están trabajando para nosotros. Y en especial, a nuestros cuidadores. El otro
día, uno de ellos, un médico jubilado, se dirigió a mí. “Tú también eres un
héroe”, me dijo con la voz temblorosa a punto de la lágrima. “Hago lo que
puedo, doctor”, farfullé. Poco faltó para besarle.
Es todo tan distinto. Anoche vi en la televisión a un chico que decía estar
viviendo en la Plaza Mayor de Madrid. Explicaba que le han despedido y no tiene
ni para el alquiler, así que ha decidido instalarse allí, en esa emblemática
plaza. Lo escuché embobado cuando afirmaba que poco a poco se está haciendo al
lugar, un lugar que la cámara mostraba completamente vacío. Me dieron ganas de pegarme al aparato y
decirle: “Me voy contigo ahora mismo, chaval, hazme sitio en el soportal”. Pero
no lo hice. Callé y me cobijé en la silla renegando de mi cobardía.
Es la hora de la cena.
#NuestrosHéroes
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