El centro comercial había quedado en
penumbra. El vigilante apagó todas las luces y decidió salir un rato a la
calle. Nunca lo hacía, pero esta vez sintió un impulso irrefrenable. Abrió la portezuela del
almacén y echó un vistazo al exterior. Se agachó ligeramente para traspasar el
umbral. Fuera hacía un frío de perros. No parecía marzo. La noche era clara y estrellada. Sacó
el cigarrillo con dos dedos y se lo puso en la boca. Buscó en el bolsillo el
mechero. No estaba. Qué raro, pensó. Juraría que lo llevaba. Desistió de fumar y colocó el cigarro de nuevo en la cajetilla.
No había un alma en los alrededores. Avanzó
unos pasos, pero se detuvo. Intentó localizar el sonido. Parecían gritos, tal
vez de un animal. Cesaron. Volvió a caminar. Otra vez los ruidos. Paró. Al
girarse, vio una sombra en el escaparate. La negra figura de una mujer, creyó.
Fue apenas un instante. Se sintió paralizado. Miró fijamente la escena. De repente surgió otra imagen en penumbra, un hombre con la cabeza cubierta.
Llevaba un cuchillo. Echó mano a la pistola y corrió hacia él. Al traspasar la
puerta, tropezó. El arma efectuó un disparo al caer. Ni rastro del individuo.
Se levantó y penetró en el centro comercial. Revisó el escaparate. Todo estaba
en orden. Ningún objeto extraño, ni una pista de la mujer.
Decidió buscar en otras secciones. Conforme
avanzaba, el lugar le pareció más extraño. Una sensación de angustia le embargaba y la oscuridad aumentaba sus dudas. Estaba asustado, muy
asustado, pero se propuso resolver solo el caso. Volvió sobre sus pasos, mientras apuntaba al techo y...
Gritó como un lobo herido de muerte. 30 segundos dramáticos. Después, el silencio. Resbaló hacia el suelo y
quedó tendido junto a su asesino. La sangre llegó hasta el maniquí vestido de cazador y rodeó el arma que aún portaba en la mano el vigilante.
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