Gana otra vez Nadal a Ferrer y prefiero más hablar de Ferru que de Rafa, al que le sobran
adjetivos. El coliseo romano es el escenario de la octava derrota consecutiva
en tierra del alicantino frente a este ogro. Sucede un 17 de mayo, justo una
semana después de machacarse ambos en la Caja Mágica de Madrid. Vuelve a haber
chorros de sudor, cientos de kilómetros recorridos, situaciones al límite,
ocasiones perdidas. Drama sobre la arcilla. Ferrer no varía el signo de los
dioses. El pulgar hacia abajo le condena de nuevo en el Masters de Roma.
Atrás queda otro partido maratoniano, casi tres horas de brega. Un
suplicio para ellos, un regalo para los espectadores. Se desangran los dos
‘hermanos’ en una batalla sin ritmo, de alternancias e igualdad máxima, hasta
que alcanzan el tercer set. Allí explota Nadal, puro instinto depredador. Le
duele no haber culminado la remontada del periodo anterior –de 0-4 sacó para el
5-5, pero se lo llevó Ferrer por 6-4- y se transforma en un Hércules indomable.
La historia que se repite. Lo anterior no cuenta, sólo vale el presente, que
pasa por devorar a la presa con restos a la línea, martillazos de derecha,
saques ganadores y subidas precisas a la red. Ferrer asiste a la crecida y cede
poco a poco, pero sin pedir rendición, si acaso un imposible. Tiene carácter y
lo expulsa. Grita, perjura, se queja amargamente de una bola mal vista. Un
lamento sin eco. Al cabo, el partido se inclina hacia el número 5 –dejará de
serlo si gana el Masters romano-, que resopla mientras camina, exhausto, para
despedir, y homenajear, a su víctima. Gloria al perdedor.
Ferrer le ha tenido contra las cuerdas, le ha obligado a sacar lo mejor.
Hasta el último aliento. No es suficiente, ni ahora ni hace siete días. Vuelve
a fallarle el último paso, esa diosa Fortuna que haga doblar las rodillas de su
enemigo íntimo. No le debe importar ni obsesionarse. Su mérito no es menor.
Estamos ante un deportista de raza, un gladiador. La edad le ha mejorado.
Rebasada la treintena, han venido los mejores resultados y ya puede presumir de
tener un Masters 1000 de París, amén de otros 19 títulos individuales. Un
palmarés engordado sobre todo en 2012, con siete torneos conquistados. Este año
ya van dos: Auckland y Buenos Aires. Él más que nadie sostuvo al tenis español
durante la convalecencia de siete meses de Rafa.
Así es David, un tenista que nunca tira la toalla. Sufre, pelea, compite.
Ha aprendido a contenerse. Controla más sus impulsos. Y tiene armas para la
batalla. Ha ampliado sus golpes y lee mejor los partidos. La mano de Javier
Piles también cuenta. Físicamente es un portento. Cualquier maratón le resulta
corto. De Roma a París, queda saber qué ranking ocupará, a criterio de los
organizadores. Una polémica que la lesión de Murray puede esquivar. Mientras
abandona la Centrale, la cabeza de Ferrer ya está en Roland Garros.

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