Abran paso. Aparece
el genio, un deportista singular, excelso, inmenso, que combina sus días entre el
planeta Tierra y el Olimpo, donde tiene sitio preferente. Escríbanlo
con letras de oro.
El puño derecho
en alto, muy apretado; la raqueta en la otra mano. Un grito contenido, escueto,
rabioso. La sonrisa amplia. Así expresa Roger
Federer la victoria sobre Gilles
Simon (7-6, 7-6) en la final del torneo de Shanghai. Un triunfo que va más allá, que significa la constatación
del regreso del campeón, para muchos el mejor tenista de la historia. Un
Federer que a sus 33 años y con cuatro hijos ocupa ya el número 2 del mundo
(desplazando a Rafa Nadal) y que tiene
a la vista acceder al lugar más alto de Novak
Djokovic, del que le separan poco más de dos mil puntos. El final de curso (Basilea, París-Berçy y Copa de los Maestros)
se presenta apasionante.
Un gigante que
suma 23 títulos de Masters 1000
después de estrenar palmarés en Shanghai –“tenía muchas ganas de vencer aquí”-,
comenta en la entrega de trofeos- y cerrar una semana intensa, que a punto está
de irse al traste en su primer partido. Recordemos que salva cinco bolas de
partido ante el argentino Leo Mayer,
contra el que necesita tres sets y una muerte súbita de infarto.
Federer es
leyenda, pero transita aún por el mundo del tenis. Y tiene hambre. Para
levantar este domingo de octubre el cuarto trofeo del año –Dubai, Halle, Cincinnati y Shanghai- debe adaptarse a un partido
distinto, sin ritmo, confuso, frente al francés Simon, un maestro del engaño.
Nada que ver con el duelo de un día antes frente a Djokovic, donde Federer
disfruta y dibuja un encuentro para enseñar en las escuelas.
Gilles juega con
las velocidades, alterna los tiros,
esconde los efectos. Tan pronto se defiende como ataca. Aprovecha los tiros del
rival para conectar los suyos, envueltos en dinamita. Simon ha regresado del
infierno de unos años sin resultados destacables, sometido también a los imponderables
de las lesiones, para discutir al campeón de 17 Grand Slams la conquista del torneo que cierra la gira asiática. Es
su segunda final de M1000 tras aquella de Madrid,
hace ya seis años, también perdida. En la central de Shanghai, cerrado el techo
por temor al viento huracanado que amenaza desde el exterior, el menudo jugador
de Niza, vencedor de Feliciano López en semifinales, aplica una estrategia
positiva. Arranca más tranquilo que su rival y avanza en el marcador gracias a la
rotura de saque inicial.
Roger acumula
más errores no forzados en los primeros juegos que en casi todo el partido ante
Djokovic. Errático, lento de piernas, sin toque limpio, se mantiene en el set
gracias a su experiencia para gestionar este tipo de compromisos. Desde la
tranquilidad, espera una oportunidad que llega cuando Simon saca para el set
con 5-4. Entonces se desdibuja el francés, al que abandona el primer saque y
concede el break que equilibra el resultado. Federer crece hasta el 6-5 y
dispone de dos bolas de set, neutralizados por su rival. En el tie break de
nuevo manda Gilles, que echa por la borda un punto de set. La clase del suizo
inclina la balanza.
Simon ha
perdido una ocasión dorada y debe pagar el precio. Requiere asistencia médica
en el vestuario y retorna con la duda escrita en su cabeza. Ofrece síntomas de
abatimiento, de haber agotado las reservas. Con el paso cansino, afronta la
segunda manga a un ritmo más lento, que induce a pensar en un desenlace
inexorable. No sucede así porque Federer no acierta a dar el paso. Conjuga
puntos brillantes con fallos inesperados, como dos voleas de derecha sencillas
que estrella en la red.
Es el Roger que negocia consigo mismo hasta
dónde puede llevar el partido. Y decide
que el tiempo le dará la razón, como tantas veces. Malgasta los puntos de
break, pero se aferra al servicio. Inclina los tiros hacia la derecha de Simon,
que se encuentra sin espacios para su revés a dos manos. El suizo le escatima su golpe preferido,
pero aún debe abrir la chistera para salvar dos puntos de set (15-40 con 5-6).
Llegados a la muerte súbita, las balas de Gilles se han agotado. Es el camino a
la gloria de Roger Federer, que sella el partido a la primera. Más allá de los números (17 Grand Slams, 23 Masters 1000, 984 victorias,
61 triunfos este curso, 81 títulos), Roger Federer es un ejemplo para las
futuras generaciones. Un tenista único, que ha sabido administrar su inmenso talento
para extenderlo a lo largo de 16 temporadas. Le falta ganar la Copa Davis, cuya final afrontará contra
Francia a finales de noviembre. Y se lo ha propuesto como gran objetivo del
año. Un genio anda suelto. Se llama Roger
Federer.
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