Nos
fuimos cuando las yedras tapaban las fachadas abandonadas y las piedras se ennegrecían
de tristeza. Dejamos el lugar de la niñez, de los ardores de juventud, de decenas
de manos encallecidas, mientras se agrandaban los surcos de una tierra yerma y
estéril, a la que el hombre de la edad moderna niega el sudor. Dejamos el lugar
para escapar del silencio que hiere y mancilla sin piedad. Partimos antes de
borrarse el recuerdo de un pasado escrito sobre las lápidas del cementerio,
donde descansarán nuestros huesos de regreso el día menos pensado.
Dejamos
las calles donde transitan ahora los fantasmas del orgullo campesino, donde los
pasos se pierden entre rincones desconchados, donde no quedan sonrisas en este
siglo. Salimos con la mente ofuscada y el corazón inundado de dolor, dolor por
un pueblo que clamaba auxilio sin que nadie atendiera su súplica. Buscábamos el
futuro lejos de aquí.
Marchamos
acompañados por la añoranza de un pasado mejor, de una infancia sin estigmas. Éramos
ingenuos, éramos inocentes, demasiado inocentes. Éramos felices… a nuestra
manera.
Y al
contemplar el cartel de letras desgastadas, casi borradas, con la línea roja cruzándolo
de parte a parte —la frontera que separaba el ayer del hoy—, un baño de
lágrimas resbaló al unísono por las mejillas. Ni siquiera miramos atrás,
sintiéndonos prisioneros de una traición.
Sólo
dijimos “adiós, pueblo amado”, vacío de sus gentes, vacío de esperanza. Sólo
dijimos adiós.
