Despertó empapado en sudor. Como siempre
que la primavera daba paso al verano. No recordaba si esta vez se debía a una
pesadilla o al agobiante calor que se instalaba en esas noches de finales de
junio. Por la ventana entreabierta apenas entraba la tenue luz de una luna
llena más pequeña de lo habitual. Ni un soplo de brisa, ni una pizca de aire
que presagiara la tormenta que el conserje le anunciara para esa noche de
viernes.
Se incorporó levemente, encendió la
lámpara de la mesilla y cogió el libro que comenzó hacía no más de dos horas.
Lo abrió por la página marcada y se adentró en su mundo, ajeno a la realidad,
acompañado por los personajes e historias que relataba el grueso volumen. Sin
remisión, se sumió otra vez en un sueño de fantasía.
Le sobresaltó el sonido de un terrible
trueno que hizo temblar los cristales abiertos de los ventanales de su
habitación. A éste le siguieron otros, junto a multitud de rayos que iluminaban
la oscura noche, cubierta ya la luna por negras nubes y percibiéndose en el
ambiente un frío temporal que agitaba las altas ramas de los chopos de
alrededor. Empezó a llover con fuerza. Se levantó para cerrar la ventana,
cuando de repente se apagaron todas las luces. Al instante, otro rayo cayó a
pocos metros de la estancia.
El agua arreciaba, acompañada de unas
bolas de granizo que aumentaban poco a poco su tamaño, cuando le pareció ver a
alguien en la calle. Era una mujer. Intentaba apresurarse para hallar algún
refugio. Empapada y sometida a la fuerza del granizo, apenas podía mantenerse
en pie. La oscuridad la envolvía. Creyó verla tropezar cuando de improviso el
relámpago alumbró la escena. Allí estaba ella. Tumbada en el suelo, magullada y
perdida. Levantó la cabeza y miró hacia donde él se encontraba. Sus miradas se
cruzaron, la de ella pidiendo ayuda, la suya sintiendo lástima. Sin pensarlo,
corrió hacia la calle. Debía auxiliar a aquella persona, quería hacerlo, se
dijo.
Abrió la puerta de la habitación y bajó a
la carrera los cuatro pisos, sin esperar al ascensor. Al salir del hotel, la
luna se abrió paso entre las nubes y enfocó la calle encharcada con un pequeño
haz. No había nadie. La lluvia remitía levemente y decidió inspeccionar las
calles de alrededor en busca de la anónima figura. Decepcionado, regresó por
donde había caminado y entró en el único bar abierto a esas horas, enfrente del
hotel. La luz tenue de las velas suplía temporalmente la carencia de
electricidad. Se acomodó en la barra y pidió un bloody mary. Observó al
camarero cómo lo preparaba. Desde que aquel barman le recomendara calmar las
borracheras con este cóctel, siempre estaba dispuesto a combatir así la resaca.
Eso sí, insistía en prescindir de la rama de apio y echar sólo dos gotas de
tabasco. El hombre agitó los ingredientes y vertió la mezcla sobre el vaso bien
cubierto de hielo. Lo situó frente a él y esperó a que diera el primer sorbo.
El rojo intenso del zumo de tomate invitaba a no demorarse. Le pareció exquisito
y así se lo dijo. El camarero se retiró al otro extremo de la barra. El segundo
trago, más prolongado, le dejó el regusto del vodka atravesando la garganta.
Por suerte, estaba acostumbrado y no le afectó que tuviera el estómago vacío
desde hacía varias horas.
“¿Sabes de dónde procede el nombre de
Bloody Mary?”. Se giró para ver a su interlocutor. Era una mujer de aspecto
misterioso. La penumbra le impedía ver su rostro y tan sólo pudo apreciar la
figura sinuosa de un cuerpo sugerente. “No tengo ni idea”, acertó a responder.
“De María Tudor, que durante su reinado
en Inglaterra mandó a la hoguera a todo el que se cruzara en su camino”, añadió
ella.
“Interesante historia”, interrumpió.
“María la sanguinaria. Por eso el color rojo. De todas formas, no es
más que una leyenda. Más auténtica me parece la idea de que naciera en el
Harrys Bar de París, allá por los años veinte”, dijo la dama, aún oculta por las
sombras.
“¿Y usted con cuál se queda?”, le
inquirió él.
“Me encanta París”, respondió mientras le
arrebataba la copa y bebía de aquel cóctel.
“¿Puedo invitarle a uno?”, señaló con voz
segura, mientras se imaginaba una velada romántica con ese regalo surgido de la
noche. “Por favor, camarero, dos bloody mary”.
Pero al girarse para desvelar al fin el
secreto de aquel rostro, se vio solo, otra vez el cliente perdido de aquel
tugurio. Sin más, apuró la bebida y
regresó a la habitación. Antes de acostarse, su vista se posó en el libro,
abierto al azar. Leyó:
“Volveré con la próxima tormenta, para que sepas que no eres tú el único que está sufriendo. Podrás verme, pero no ayudarme, al igual que yo a ti, pues tú también vendrás a mí. Volveré con la próxima tormenta para que dejes en ella tus lágrimas, como hemos hecho todos. Volveré con la próxima tormenta para que sepas que no estás solo. Para que sepas que ese día me encontrarás. Y yo a ti”. Y los ojos se le llenaron de esperanza.
“Volveré con la próxima tormenta, para que sepas que no eres tú el único que está sufriendo. Podrás verme, pero no ayudarme, al igual que yo a ti, pues tú también vendrás a mí. Volveré con la próxima tormenta para que dejes en ella tus lágrimas, como hemos hecho todos. Volveré con la próxima tormenta para que sepas que no estás solo. Para que sepas que ese día me encontrarás. Y yo a ti”. Y los ojos se le llenaron de esperanza.
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