El acusado escuchó el veredicto con el gesto circunspecto.
En realidad, esperaba esa sentencia por su delito. Es más, la deseaba. La
triquiñuela jurídica urdida por su abogado fue desestimada en primera instancia
por el juez. El sueño de una condena benigna se confirmó en el momento de la
verdad. El jurado no se mostró demasiado implacable con él. La sentencia
entraba en los cálculos. El cuerpo encontrado en el yacimiento de cobre no presentaba
pruebas que pudieran inculparle de asesinato. Sabía que se había metido en un
laberinto con salida y por eso se mostró resignado a su suerte. Le aguardaba
otra vida entre rejas. Concluido el juicio, se levantó, ofreció las muñecas al
policía y aceptó que le pusiera las esposas. Entonces se giró hacia el público
y la vio. Pena de cárcel, con comida y cama asegurados. Un guiño cómplice le
alegró la mañana. ¿Hacia dónde vamos en este país?
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