Tengo
un amigo que desborda imaginación. Por ejemplo, cuenta Daniel, que así se
llama, que vio a su madre desde el ventanal de la oficina donde aquel día
asistía a una reunión de trabajo. Tan lejos de casa, le extrañó la presencia en
aquel lugar de su progenitora. Intrigado, desatendió por momentos la cita y
concentró la mirada en ella. A punto de salir a su encuentro, la mujer se aproximó
a un individuo y lo besó. Juntos y abrazados, se perdieron entre la gente por
la calle peatonal. Parecían dos enamorados de la tercera edad. Dice mi amigo que
los volvió a ver al día siguiente, y al otro y al otro. Así, durante semanas,
Aguardaba escondido entre las sombras su llegada y se emocionaba con sus
gestos, las expresiones cariñosas, el amor que se profesaban. El asunto me cautivó,
no lo niego, y le comenté: “Será un romance sin trascendencia, ten presente que
los ancianos no soportan la soledad y buscan compañía entre los de su edad”. La
respuesta me dejó perplejo: “Sí, pero es que mi madre murió hace un año”.
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