Una lluvia fina heló
la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa. Media hora más tarde, con
pocas ganas, salían en coche para visitar la famosa bodega que les habían
recomendado. Aquella visita cambió sus vidas.
Las luces se apagaron
y sólo una lámpara iluminó el pasillo de acceso. Al fondo, el tintineo de los
vasos hacía intuir que no se habían confundido. La pareja avanzó con pasos
torpes, agarrados de la mano, evitando tropezar con cualquier obstáculo
imprevisto. El hombre les recibió con una leve inclinación de cabeza e insistió
en que se dirigieran al salón contiguo. Una vez allí, la silueta de dos
personas se acercó a ellos, hasta situarse enfrente. La penumbra impedía
distinguirlos con detalle. Al unísono, extendieron sus manos en señal de
ofrenda y deslizaron sobre ellas sendas rosas de un color indescifrable en esa
oscuridad.
Un camarero apareció
con una bandeja en la que había sólo dos copas. Sintiéndose obligados, tomaron
ambas y bebieron unos pequeños sorbos. De inmediato, un ligero sopor invadió
sus cuerpos, que se desplomaron al cabo de unos segundos cual sacos de arena.
Al despertar, la mujer se encontró ante una ventana. Una luna inacabada de
color sepia la observaba mientras se reponía de aquel trance misterioso. Una
soga la mantenía asida a una silla. Junto a ella, el marido seguía sumido en un
profundo sueño.
Quiso gritar, pero se
contuvo. Comprobó que la cuerda no estaba demasiado oprimida y poco a poco se
afanó en desatarse, hasta que lo consiguió. Se acercó al hombre y verificó que
estaba vivo. Un hilo de emoción recorrió su cuerpo, al tiempo que pensaba en la
mejor alternativa para escapar del drama. Entonces vio al monstruo, que dirigía
sus pasos hacia ella con idea de estrangularla. Percibió su corpachón amoratado
y unos brazos gruesos y duros como leños, rematados por unas manos deformes y
nudosas como raíces de árbol, esas manos que rodearon su cuello y empezaron a
apretar y apretar. Mientras se le iba la vida, recordó de nuevo aquel cielo
infinito, donde miles de estrellas, luminosas como las bengalas, parecían darle
la bienvenida.
De repente, la escena
se tiñó de negro, como si el telón bajara al final de la obra. Entonces, un
suave perfume masculino le devolvió la consciencia. Abrió levemente los ojos y
se descubrió en aquella cama, reconocible y confortable, su cama de matrimonio.
Alguien se acercó a su oído y le susurró: “Buenos días, querida. Recuerda que
hoy cenamos en aquella vieja bodega de la que te hablé”. Un escalofrío recorrió
su cuerpo de arriba a abajo.
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