Estaba
anocheciendo cuando entró ella. Era hermosa, alta, rubia, la melena sobre los
hombros, los ojos azules. Llevaba un vestido azul ceñido, que lucía alegre con
su excelso movimiento. Unas sandalias de tiras dejaban ver sus blancos pies. Llegó con un hombre, su
marido o amante, de aspecto repulsivo, lleno de anillos y pulseras de oro. Se
sentó en la mesa 3 y al momento fui a atenderlos con la mejor expresión que
pude. Ella sonrió de manera cortés. Era 23 de junio, víspera de San Juan,
recién estrenado el verano. No estaban alojados en el hotel.
El individuo pidió una jarra grande de cerveza; ella, un vino tinto y agua. Carne y ensalada para cenar. Nada
extraordinario, pensé yo, mientras dirigía mi desprecio hacia el hombre que
osaba acompañar a una mujer de tanta belleza. No le puede querer, me dije en
voz alta. El comentario lo oyó Antonio, mi compañero. “Está con él por dinero”,
me espetó sin miramiento. No hice aprecio de sus palabras.
Cuando les
serví la comida, aproveché para oler impunemente el aroma de la mujer. Ella se
dio cuenta, se hizo la disimulada y esbozó una risa cómplice mientras observaba
los platos sobre la mesa. Me sentí atractivo y seductor. Le pregunté si deseaba algo
más y entonces me miró fijamente a los ojos. Respondió muy, muy suave: “Por el
momento no gracias, le llamaremos después”. El gordo, mientras, masticaba ya
los primeros trozos del entrecot. “A sus órdenes, bella dama”, se me escapó. El
marido o amante torció el gesto y me obligó a añadir “…y distinguido
caballero”. La situación se normalizó y él volvió a enfrascarse en la carne.
Incliné levemente la cabeza hacia ella y me fui. Di algunos pasos y miré hacia
atrás. Me había seguido con la vista.
Atendí las
demás mesas sin entusiasmo y me centré compulsivamente en la 3, donde la pareja
degustaba la comanda. Cuanto más la observaba, más me encandilaba esa mujer,
tan mal acompañada. Al terminar la cena, el hombre pagó la cuenta en metálico,
alardeando del fajo de billetes que sacó del bolsillo, y salió en solitario. Me
acerqué a retirar los platos del postre y me atreví a comentarle: “¿cómo es que
dejan sola a una mujer tan bonita?” Ella repitió una dulce sonrisa y respondió
que él había salido a unos asuntos de negocio, y que le esperaría en el
restaurante. “¿Le traigo algún licor?”, pregunté. “Una ginebra, pero si me
acompaña”, me retó.
Esto no
sucede en la vida real. Uno está preparado para que lo rechacen, para que las
mujeres hermosas se hagan las inaccesibles y sean insensibles a los flirteos,
pero no se está listo para que te den oportunidades. Sólo atiné a balbucear
un tembloroso “con mucho gusto”. Preparé las copas entre nervios y procedí a sentarme en la mesa, frente a la dama más sugerente con
quien había estado en mi insulsa vida. Olvidé el trabajo. Me contó
que se llamaba Cristina, y que se había casado con el ‘señor de los anillos’
hacía un año. Sin decírmelo, adiviné que su amor no existía, que fue como la
niebla densa, que se desvanece en un momento, y es como si nunca hubiera
estado. No necesitaba pruebas. Sin más, le insinué que quien osara
despreciarla, no podía merecerla. Volvió a sonreír, como al principio de la
velada, y bajó los ojos avergonzada. Me sentí cruel e infame por despertar en
ella un sentimiento de amargura. No insistí. Hablamos durante unos minutos que
me parecieron celestiales.
La historia prosiguió en el jardín trasero del restaurante, al que fuimos
para sentir la brisa de una noche eterna. Sentados en un banco, con la luna y
las flores como únicos testigos, me dio un beso en los labios que me supo a
inicio de un inolvidable romance. Recostó la cabeza sobre mi hombro izquierdo y
yo la abracé con extrema delicadeza. No era momento más que de disfrutar. Lo
demás, el marido, mi empleo, las circunstancias, estaban fuera de sentido.
Regresamos al interior, sabedora ella de que el hombre estaría al llegar, y
efectivamente, la mala noticia se produjo. Él no sospechó nada. Cada uno volvió
a su papel original. Ellos, como clientes, yo como camarero a su servicio. Los
acompañé a la puerta del restaurante y los vi dirigirse al automóvil
estacionado frente a la puerta. Ella se giró antes de meterse en el coche y me
pareció ver una lágrima en una de sus mejillas. El vehículo dobló la esquina y
desapareció. Yo caminaba entre nubes cuando regresé al local y Antonio me esperaba para bajarme a la tierra. Durante meses, día y
noche, esperé que Cristina volviera. No se produjo. Sin ninguna pista sobre
ella, aguardé cada vez más inquieto una aparición imposible. Ayer
se cumplió un año de nuestro encuentro. Supuse que tal vez viniera y que de
nuevo se sentaría en la mesa 3 para cenar, esta vez conmigo. Pero allí había
una pareja de ancianos que celebraban su aniversario. No importa, porque el
recuerdo de aquel beso furtivo me mantiene vivo.

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