El
cementerio se me antoja un espacio acogedor. Me cuelo por un hueco entre los
barrotes oxidados de la parte trasera de la valla y me empapo del aroma que
allí se respira. Huele a velas recién apagadas, a incienso, a perfume rancio de
flores secas. Camino entre las tumbas, despacio, observado por la inconcreta
mirada de los búhos, ocultos entre las ramas de unos árboles que parecen darme
la bienvenida. Me detengo frente al gran panteón, extiendo los brazos y cierro
los ojos para permitir que el viento envuelva mis párpados.
Dejo
que mi pelo se estire, permito que las sombras rodeen mi cuerpo, acepto que la
hojarasca cosquillee mis mejillas con una melodía quebradiza e hipnótica. Todo
suena armónico. Y aparece la luna, que también baña mi piel, roza mis labios
entreabiertos e inyecta vida en ese espacio profundo en el que nos hallamos. La
oscuridad cede al impulso de su reflejo. Cuando surge la aurora, emprendo el
camino de regreso.
No
siento tristeza, sólo el deseo imperioso de que el tiempo pase y me regale,
veloz, otra madrugada de luna llena. Y de nuevo me deslizaré sobre la tumba,
sigiloso y temerario, en busca del recuerdo que le hizo famoso ante la
humanidad. Romántico, eterno, criticado, perdedor. Sí, soy
yo, tu hacedor. No estamos muertos.
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